FICHA
La balada del bajista
Judit Gerendas
Editorial Monte Ávila
Colección Continentes
Año: 2006
ISBN: 9789800114001
460 páginas

Su arraigado sentido ético se rebelaba ante la propuesta que le acababan de hacer por teléfono, a la cual, por distintas circunstancias, no fue capaz de decir que no de frente, tal como hubiera debido hacerlo, se recriminaba ahora. Se había limitado a expresar ciertas dudas, a pensar sobre la alternativa propuesta, sin rechazarla de una vez ni explicar claramente las razones por las cuales debía hacerlo, para que la situación se aclarase desde un comienzo. Pero no lo había hecho, y ello ahora le producía una desazón tan insoportable, que ya le fue imposible seguir dejándose llevar por el ritmo de la música que había estado escuchando antes de recibir la llamada.

Le hubiera gustado poseer la flexibilidad que algunos otros directores de teatro que conocía lograban desarrollar en relación con los encargos comerciales que les hacían, y justificarse, como ellos, con las obligaciones económicas que tenían con la familia, con las exigencias de la realidad o con la necesidad de tener que ser prácticos. No te enrolles tanto, Philippe, le decían, mientras le recordaban que hasta Bergman y Fellini habían tenido que llegar a compromisos y aceptar encargos que nada tenían que ver con sus propuestas, y que incluso lo hacían a conciencia, en aras de la propia obra, para obtener los recursos necesarios y garantizarse la libertad que requerían como creadores. Lástima que él no pudiera ser así, que sus características personales, contra las cuales había dejado ya de pelear hacía tiempo y con las cuales convivía de una manera razonablemente resignada y risueña, lo impulsaran casi de una forma natural y espontánea, prácticamente automática, a cuestionar todos sus actos y a someterlos a una evaluación permanente, obligándose a tener que justificar cada elección, analizándola una y otra vez, persistente y continuamente, sin darse sosiego.

Con seguridad a eso se debía el que, a pesar de pertenecer al ambiente teatral desde hacía tanto tiempo, hubiera montado relativamente pocas obras. Para cuando llegaban a cada una de esas prodigiosas y miserables noches en las cuales se estrenaba una pieza, no solo había tenido que coordinar el proceso de la puesta en escena, manejar todos los hilos y servir de apoyo a cada uno de los integrantes del equipo, sino resolver internamente sus propios conflictos personales, sus dudas éticas y sus cuestionamientos intelectuales, sin cargar a ningún otro miembro del grupo con ellos, y además ir afinando el montaje, desesperante y pacientemente, hasta lograr el altísimo nivel estético que era su meta irrenunciable

Solo se permitía consultar estos problemas con Camila, con quien tenía una afinidad tan especial que ya prácticamente se entendían sin necesidad de hablarse, y revisaban cada gesto y cada movimiento e iban diseñando juntos las características de los personajes y la manera de enfocar la dinámica interna de la puesta en escena. Ella había actuado en casi todas las obras de él, primero en papeles secundarios y luego como protagonista, desde aquella vez, hacía ya tantos años, en la que, siendo aún muy joven, hizo de Katrin en Madre Coraje y sus hijos, cuando él tuvo su época brechtiana, como la habían tenido todos. Curioso que estuviese recordando esto ahora, ese primer papel que habían trabajado juntos, en el que Camila hacía de muda, difícil por el mismo hecho de no poder recurrir a las palabras ni al sonido de su voz, que siempre había sido tan expresiva; recordar eso justo ahora, cuando estaban diseñando otro papel aún mucho más difícil, por complejo y protagónico. El de una ciega que todavía no vislumbraban bien cómo la construirían. Recordó a la Camila joven tocando el tambor con vehemencia en lo alto del techo, como una presencia salvaje y dramática, golpeando el instrumento cada vez con más ímpetu y ritmo, batiendo el tambor y llorando, girando allá arriba en el techo y llenando todo el escenario con su silueta.

Los unía la complicidad de saber que estaban participando en el mejor juego del mundo, y se divertían escogiendo los trajes y las pelucas, buscando los colores del maquillaje, dibujando las distintas versiones del decorado, probando las variantes de las luces y de las sombras, contemplando la belleza de los gestos, de los rostros, de los movimientos y de los cuerpos, y percibiendo cómo se iba gestando el hechizo y el magnetismo que los iba envolviendo.

El individuo que lo había llamado, Vladimir Núñez, había sido un destacado dirigente estudiantil en la época en la que él estuvo a cargo del teatro universitario. Ya antes de eso lo había conocido en el Liceo Andrés Bello. Mucho tiempo había transcurrido desde entonces, y sin embargo lo sorprendió constatar, una vez más, la falta de continuidad entre la imagen que guardaba de una persona, en su memoria, y la presencia real en la actualidad de ese mismo individuo.

En medio del silencio de la noche, de pronto lo sobresaltó el inesperado sonido del timbre. No era usual que alguien viniera a esta hora, y menos aún que lo hiciese sin anunciarse previamente, puesto que todos sus amigos y relacionados sabían que una parte de él continuaba perteneciendo a la cultura europea, en particular en lo que atañía a la puntualidad y a la intempestiva aparición de personas inesperadas. De una manera totalmente irracional pensó que sería ese cretino de Núñez con el que acababa de hablar, para continuarlo presionando, y demoró en levantarse, para posponer el hecho de tener que sumergirse en el profundo disgusto que el personaje le producía. Por eso, cuando al atisbar por la mirilla vislumbró la figura de un muchacho al que no conocía, en lugar de irritarse por esa presencia normalmente indeseable a esta hora absurda, sintió un verdadero alivio y hasta se mostró cordial en el momento de abrir la puerta de madera y desde detrás de la reja preguntarle al desconocido visitante qué deseaba.

El chico se veía tremendamente confundido y se notaba que estaba haciendo un esfuerzo para lograr pronunciar las primeras palabras. Su aspecto generaba un efecto contradictorio, algo así como una imagen de colores fríos que al mismo tiempo fuese capaz también de suscitar una especie de sentimiento de ternura. Sus cabellos eran largos y enmarañados, de un rubio cobrizo, llevaba un bluejeans desteñido y una franela color verde agua, encima de la cual tenía una chaqueta de tela gruesa de un verde un poco más oscuro, como esos suntuosos verdes que él tanto amaba en los maestros flamencos del siglo XV. Su tez tenía una coloración amarillenta y en las manos llevaba, curiosamente, un ramo de flores de cardo.

Parecía salir de uno de esos sfumatos de Leonardo, una imagen de un titilar trémulo y tembloroso, algo así como alguien que solo está de paso, después de haber llegado con unas pisadas ligeras, de esas que ni siquiera dejan huella, para seguidamente desaparecer del mismo modo liviano y oscilante, una figura parpadeante y fugaz, la cual, sin embargo, era capaz de producir, simultáneamente, la impresión de una concentrada presencia de vida.

En la penumbra del pasillo y de las escaleras la silueta del muchacho se delienaba nítida, casi luminosa. De una forma bastante incongruente, en la cabeza llevaba una desflecada gorra roja y, a pesar de su evidente timidez, ahora lo estaba mirando de frente, con una mirada altiva que parecía traspasar sin dificultad la oscuridad reinante. Él, metido ya dentro de lo absurdo del instante, recordó en ese momento, de una manera totalmente inverosímil, los inconfundibles compases del tango A media luz. La inflexión particular de esa música que habían escuchado juntos tantas veces Camila y él, en otros tiempos que ahora ya parecían prehistóricos, esa música que lloraba por un sufrimiento de amor, con un sonido desgarrado y asordinado, la aspereza de lo auténtico entremezclada con la cursilería de estados anímicos igual de auténticos. Y todo a media luz, resonaba ahora la melodía inolvidable dentro de él, atrapado por ese sentimiento de nostalgia que tanto detestaba y contra el cual estaba manteniendo una lucha encarnizada en sus clases de estética en la Escuela Superior de Teatro, en combate con las ideas de moda, traspasadas por la superficial búsqueda de un ayer que los que la proponían solo conocían de una manera trivial e inconsistente. Pero ahora la canción volvía irreprimiblemente dentro de él, con estos tangos de mi flor, chabacanos e inmortales, cantados en la media luz de amor y recordados en este momento difuso y extraño que se estaba haciendo del todo insoportable, al cual interrumpió con una violencia impaciente, ya superado el alivio surgido por la milagrosa no-aparición de Núñez:

La escueta frase en nada podía ayudar al indefenso interlocutor, al cual realmente no se le podía otorgar aún esa denominación, si es que en algún momento iría a llegar a serlo efectivamente. Se compadeció un poco de su evidente desamparo, aunque al mismo tiempo comenzó a percibir dentro de sí ese sentimiento de irritación que le nacía con tanta facilidad, y que podía crecer hasta alcanzar magnitudes insospechadas. De manera que agregó unas mínimas palabras más para ayudarlo, hasta donde le fuera posible a él, en particular en estas circunstancias:

  • Dime, qué deseas.

El muchacho por fin logró sobreponerse a su timidez y se decidió a hablar, al principio tan bajito que casi no lo entendió, pero luego cada vez con más seguridad:

– Señor Philippe, disculpe la hora. Pero … este … el autobús se accidentó en la carretera … Yo vengo de Mérida … y entonces, como el autobús se accidentó, llegué así tan tarde, por eso. Discúlpeme, por favor. Me dijo el profesor Jorge López que lo buscara, él fue el que me dio su dirección. Ahora me doy cuenta de que no he debido venir tan tarde …, que debí haber esperado ahí en el terminal hasta mañana.

Lo dejó pasar. El muchacho le tendió una hoja de papel, con las palabras de recomendación de su amigo Jorge López, que se había refugiado allá en Mérida hacía ya varios años, para hacer teatro. Le ofreció asiento en una de las butacas y él se sentó en otra, enfrente. Percibió cómo el cuerpo del chico, maltratado por el largo viaje y por las infames condiciones de los autobuses de ruta, se acomodaba con placer al blando y amplio espacio de la butaca, y cómo sus miembros agarrotados se aflojaban, en una expresión de alivio. Se condolió de él, y aunque ya internamente había decidido no ofrecerle nada, para castigarlo por su invasiva y extemporánea presencia, se encontró de pronto diciéndole que le traería algo de comer y tomar. El muchacho, de quien para ese momento ya sabía que se llamaba Alberto Durán, solo le pidió agua. Se tomó un vaso tras otro, desesperado, deshidratado, y luego suspiró largamente, en una nueva demostración de alivio. Él le trajo entonces algo de la empanada gallega que le había quedado en el horno, y cuando lo vio devorarla con avidez regresó a la cocina y le trajo todo el resto, del cual el muchacho también dio cuenta vorazmente. Él se volvió a sentar enfrente, y apretó automáticamente el botón de su equipo de sonido, en el cual siempre había algún cidí, de acuerdo a su gusto del momento, que ciertamente variaba de época en época. No recordaba qué había colocado, pero desde el disco inmediatamente se alzó la voz de otro muchacho, traspasando el tiempo ya transcurrido, solitaria, desnuda, con su canto que era como una apelación, ese Hey, jude que siempre le pareció dirigido especialmente a él, desde la primera vez que lo escuchó, hacía ya de eso unos treinta años, maldita sea, quién lo diría. Volvió de nuevo su mirada irónica sobre sí mismo, para constatar que decididamente esta noche era la de la nostalgia, la gran cuestionada, la cual se había colado aparentemente sin ser llamada, al igual que este muchacho, de modo que durante este breve lapso nocturno podía considerarse invadido doblemente.

La ensoñadora voz contribuyó a hacer aún más irreal la atmósfera que se había ido gestando, con la presencia absurda del muchacho instalado ya de una forma tan natural en la sala de su casa, en un acto que, sin embargo, no podía decidirse a calificar de frescura, por lo que, a fin de cuentas, el elemento más absurdo terminaba siendo él, el hombre que normalmente jamás permitiría invasiones de esta índole, ni siquiera de parte de sus amigos más apreciados, y del cual mucho menos hubiera podido suponerse que lo soportaría de tan buen talante de parte de un chico de aspecto tan estrafalario como éste. Solo Camila tenía derecho a llegar a cualquier hora y en cualquier circunstancia, pero últimamente, constató una vez más con cierta melancolía, cada vez hacía menos uso de este privilegio.

De pronto el muchacho se levantó y se acercó a él, y de una manera del todo inopinada le tendió el pequeño ramo de flores de cardo con el que había llegado, al que quién sabe dónde había estado guardando hasta ese momento. Pensó que se estaba burlando de él, pero no, el muchacho lo miraba con seriedad, con sus ojos almendrados, de los que había ya desaparecido toda timidez, y en los que se expresaba un gesto orgulloso y altivo. Remember, cantaba la voz solitaria del disco, como conminándolo, y desde algún profundo rincón de su memoria se abrió paso el recuerdo de que en una mitología popular, que en este momento no sabía cuál era, esa flor tan modesta simbolizaba la fidelidad. Ahora del disco surgía una loca gritería, un estruendo escandaloso que a su vez parecía una burla, pero que quizás más bien era como una fiesta, una alegría envolvente, el sentimiento de ser aceptado. En medio de esa algarabía solo se entendía la incesante repetición de la palabra jude-jude-jude-jude chillado, vociferado, jadeado y reído en medio de un escándalo desenfrenado. Sin saber por qué lo estaba haciendo, extendió la mano y aceptó el ramo de flores, en el mismo momento en que la canción llegaba a su final. Con la otra mano apretó el botón, imponiendo silencio.

Contempló absorto el pequeño ramo que sostenía, y de nuevo empezó a nacer en él, esta vez con más fuerza, un sentimiento de irritación por estar siendo envuelto en tanta sensiblería barata, impropia de su espíritu sobrio y escéptico. Sintió la perentoria necesidad de deshacerse de ese malhadado ramo, aunque al fin terminó por hacerlo de la manera más domesticada posible, colocándolo en un florero y hasta tomándose la molestia de verter en él un poco de agua. Ubicó el recipiente sobre el televisor, debajo de un cuadro que apreciaba especialmente, la reproducción de un Degas en el que el pintor había atrapado uno de esos instantes anteriores al del alzamiento del telón, en el teatro, cuando la costurera le da los últimos toques al vestido de la actriz, un vestido de un verde excepcionalmente bello, como el de la chaqueta de Alberto, solo que el de la artista era más lujoso y oscuro, como de una tela más pesada. Las dos mujeres aparecían sentadas sobre una alfombra, y en el regazo de la actriz se hallaban sus guantes, a la espera de que se iniciara el movimiento, el gesto de colocárselos en la mano una vez que la modista terminase de ajustar la caída exacta que debía tener el vestido, para producir el efecto de belleza y de grandiosidad requerido. Para que la actriz pudiera salir al escenario y dar comienzo al hechizo inmemorial que pertinazmente se reproducía, desde el comienzo de los tiempos, cada vez que un hombre o una mujer iniciaban la escenificación de alguna representación y de esta manera lograban conmover el ánimo de los espectadores, dejándolos estremecidos, afligidos o alegres, pero en todo caso alterados y diferentes, intensamente involucrados en el juego que se gestaba allá arriba en las tablas.

Ahora era aquí abajo, en la sala de su casa, donde se estaba escenificando un juego extraño e imprevisto, entre su persona y este joven que había irrumpido sin previo aviso en el espacio cuidadosamente diseñado por él, en el cual normalmente presencias de esta índole no tenían cabida, gente así, que traía sus propios verdes, ajenos a los que él había seleccionado y aceptado, y blancas flores de cardo que transgredían y perturbaban el mundo del cual él era soberano, mundo que bajo ningún concepto había sido pensado como albergue para acoger visitantes tan singulares como este forastero, que ahora estaba conversando con él con toda naturalidad, como si durante su vida entera hubiera habitado en esta casa, la cual, parecía, a su vez, estar comenzando a tejer una complicidad casi palpable con el muchacho, acogiéndolo en sus ámbitos por su propia iniciativa, indpendizada de la voluntad de él, y convirtiéndose ella misma en anfitriona, en morada que estaba admitiendo en su seno a este muchacho que venía de Mérida, pero que igual hubiera podido haber venido del espacio sideral o de alguna galería subterránea.

Percibió el agotamiento en la cara juvenil, lo mucho que le estaba costando al chico mantener los ojos abiertos, y cómo los párpados se le estaban cerrando, por más esfuerzos que hacía para evitarlo. Le señaló con un gesto el sofá y salió a buscar una almohada y una cobija, pero para cuando regresó, ya Alberto se había tirado boca abajo en el sofá, así vertido como estaba, y se hallaba durmiendo profundamente. Solo se había quitado unas botas depauperadas que parecían pregonar con su presencia el largo camino que su propietario había recorrido. La gorra roja estaba a un lado, en el suelo, echada ahí de cualquier manera.

Él se sentó de nuevo en su habitual butaca, y a su vez cerró los ojos. Como solía hacer casi inconscientemente con todo lo que leía o escuchaba, empezó a visualizar lo relatado, a través de imágenes que lo fueron invadiendo sin él proponérselo. Se imaginó al muchacho desorientado y aturdido en el terminal de autobuses del Nuevo Circo, rodeado de gente que gritaba y corría de un lado a otro, y también por seres que solo parecían sombras, agazapados y estragados, cercándolo en silencio. Lo intuyó acobardado y desmoralizado, quizás arrepentido de haber emprendido este viaje, parado ahí en medio de la atmósfera rancia, envuelto por olores ácidos, de orina y de moho, titubeante y tropezando con la gente, sin saber hacia dónde dirigirse, buscando la salida hacia la oscuridad de la ciudad nocturna, intentando encontrar un rumbo y emprender la marcha hacia una dirección desconocida, dudando, girando a un lado y a otro para descifrar los nombres de las calles y de las esquinas, tratando de encontrar las claves que le habían indicado allá en Mérida a fin de no perderse, y sin embargo ya perdido desde un principio, sintiéndose derrotado en medio de la avalancha de gente cuyo fluir no se detenía nunca, ni de día ni de noche, entre el torrente de automóviles cuya masa tampoco disminuía a ninguna hora, abalanzándose los unos sobe los otros y cruzando sin ningún orden ni concierto, pero moviéndose todos con desenvoltura en medio de los semáforos que no funcionaban, los conductores tirándoles los vehículos encima a los peatones, los cuales no se inmutaban y se lanzaban al torrente, el cual seguía precipitándose sin cesar e indeteniblemente, mientras los que andaban de a pie sorteaban los autos con garbo y elegancia, con un espíritu competitivo y deportivo, precisos y eficaces, del todo inconscientes en medio de ese juego irresponsable.

Se lo imaginó caminar titubeante en ese contexto tan natural para los demás, pero al cual él evidentemente no dominaría, ajeno a ese mundo de aceras rotas y de bolsas de basura acumulándose en todas pares, de autos estacionados amontonándose también de cualquier manera, casi que unos encima de los otros, sintiéndolo cercado por el grito incesante de los ciegos y su oferta de la telefónica, la telefónica, la tarjeta magnética que ellos vendían, así como por gente tomando cerveza en todas partes, en medio de los autobuses de colores chillones; lo vislumbró enfrentado a la rueda gigante ubicada en el parque de atracciones del terreno que estaba al lado del terminal de autobuses, la cual seguramente se encontraría detenida, como siempre, símbolo devaluado de una rueda de la fortuna paralizada, que recibe al viajero sin girar, clausurada a la posibilidad de ofrecer opción alguna en cuanto a estar arriba o abajo.

Seguramente las sirenas de las patrullas de policía no habrían dejado de aullar ni un momento, entremezcladas con los alaridos de las ambulancias, que tampoco dejarían de pasar a toda velocidad a toda hora, siempre y cuando a los conductores de los otros vehículos les diera por cederles el paso, claro, lo cual nunca dejaba de ser una probabilidad incierta. Se fue imaginando todo eso como una película que él estuviese dirigiendo y montando, y entonces vio al muchacho decidirse a hacer todo el largo camino a pie, incapaz de adivinar qué autobús o qué camioneta tomar, y mucho menos orientarse en dirección al metro.

Puso en escena mentalmente la vía que tuvo que haber recorrido el chico, en esa Caracas nocturna con las calles abarrotadas de gaveras con botellas de cerveza y de refrescos vacías, y empezó a rodar para sí esa película imaginaria que comenzó a fluis sin mayores dificultades. Alberto pasaba delante de un gran cartel que ofrecía certificados psicológicos para porte de armas, al lado del cual se hallaba sentada una mujer con dos niños pequeños, vendiendo cigarrillos. De debajo de un quiosco de periódicos ya cerrado se asomaban dos pies de hombre descalzos, sucios, sugiriendo al individuo que seguramente no tendría otro espacio más adecuado para pasar la noche. Le molestó un poco el cariz neorrealista que empezaba a tomar su imaginaria película, pero no halló manera de matizarla o suavizarla. Puso a su personaje a recorrer la avenida Universidad, que en verdad de universitaria no tenía absolutamente nada, amenos que uno se estuviese refiriendo a lo que el lugar común denomina la universidad de la vida, en donde en vez de clases se imparten balazos, aunque no sujetos a horarios de ningún tipo. Alberto miraría inquieto los nombres de las esquinas, tratando de ubicarse en medio de esa extraña nomenclatura, como Sur 5, por ejemplo, para ir luego subiendo por la esquina de Perico, y continuar por Manduca y por Ferrenquín, soslayando a los grupos de borrachos que pululaban en medio de las aguas podridas chorreantes, junto a los vendedores de perros calientes y hamburguesas que todavía retaban el destino, a esa hora de la noche, en medio de sus frascos de salsas de dudosos colores y de los cartones llenos de huevos, que constituían una innovación local dentro de la cultura universal del fast food. Se lo imaginó tratando de revisar un viejísimo plano de Caracas, ya totalmente desdibujado y cubierto por un vidrio manchado y sucio, convertido así en algo del todo inútil, y presintió su miedo al ver a gente tirada en la calle, durmiendo sobre periódicos, a policías marchando con determinación, pero haciéndose los desentendidos ante la desembozada venta de droga al menudeo, barata y en pequeñas dosis. Lo vio caminar titubeante frente a las nuevas edificaciones que se levantaban una tras otra, resplandecientes y opacas, brillando como espejos que se niegan a devolver la imagen de la ciudad, y pasar luego delante de un cilindro azul incrustado en la proa de un barco rojo. Anheló que al menos se hubiese encontrado con algo que humanizase tanta estructura absurda y le ofreciese amparo ante ese mundo inconexo que parecía trazado por la mano de un ebrio; que se hubiera encontrado con la presencia de un algo infantil, quizás, aunque no fuese más que el chasquido de la perinola de uno de esos niños que venden baratijas de esa índole en medio de la noche, o incluso menos aún, solo el esbozo de la presencia de otros seres humanos, de los hombres que todavía a esa hora arrastran carritos de refrescos o cajas de madera, algo que contrarrestara, aunque fuese mínimamente, el aviso sobre el techo del taxi que afirmaba, arbitraria y agresivamente, que Tú y Maggi como siempre, como siempre qué, pudo haberse preguntado, al ver el conocido amarillo chillón de fondo, antes de llegar al Toys City Import y a las ventas de lotto, o al anuncio que ofrecía los servicios de un ojalador industrial, como si sepudieran industriaizar los anhelos, los suspiros en los que se expresa la ancestral idea de que ojalá suceda aquello que tanto deseamos.

Vería las brillantes e inmensas motos BMW o Yamaha estacionados frente a las areperas, pasaría delante de la tasca El Barco de Colón, con su sempiterno portero vertido de marinero, llegaría a nuevos puestos de lotto y de kino, asegurando impúdicamente ganancias por valor de cientos de millones de bolívares, seguiría por las esquinas de La Cruz y Alcabala, para encontrarse con nuevas discordancias, tales como una Cervecería Self Service o los libros que se vendían hasta de noche, los Misterios develados de Conny Méndez o El arte de ser feliz, quién iba a negarse a comprarlo con ese título que prometía tanto. Lo vio apurar el paso por Puente Anauco y vislumbrar la alta silueta de los edificios bancarios, esas nuevas catedrales, junto a un MacDonald’s, claro está, otro lugar común, en frente de otro más aún, Arturo’s, el del pollo más crujiente y más sabroso, al lado de la gigantesca mole del edificio Centro Parque Caracas.

Quizás con un poco de suerte su personaje habría visto algo bonito también, algo que a lo mejor todavía podía ofrecer la ciudad nocturna, como a un muchacho acariciando el cabello de una chica, por ejemplo, antes de llegar a la esquina de Cervecería, donde se reiteraría aquello de la Cervecería Self Service, en ese sitio en el que antes, hacía ya tantos años, existió el inolvidable Cine Caracas en el cual él, a su vez un muchacho entonces, vio tantas películas que lo dejaron deslumbrado, cada vez que lograba escabullirse del Liceo Andrés Bello, que quedaba, y todavía queda, aunque para nada es ya el mismo, un poco más atrás de donde estaba el cine. Recordó que ahí vio ese Paths of glory al que aquí dieron con el absurdo título de La patrulla infernal, de Stanley Kubrick, cuando Kubrick aún no estaba reconocido como el incuestionable maestro que fue considerado después, y una vez más se sorprendió de lo mucho que lo había afectado esa película que vio a los dieciocho años, y la cual lo seguía atormentando aún hoy día, pasado ya tanto tiempo, esa historia en la que el destino de algunos seres desvalidos e inermes era despiadadamente manipulado para hacer trizas el concepto de justicia. Cuarenta años habían pasado desde entonces, y por más que la había buscado, nunca había vuelto a encontrar esa película, la cual, aparentemente, había sido secuestrada por el gobierno de Francia.

Posó la vista sobre el apagado televisor de la sala, encima del cual, desde su modestia e insignificancia, el pequeño ramo de flores de cardo parecía desprender una luminosidad insospechada, y luego volvió a seguir rodando mentalmente la larguísima caminata que debió de haber tenido que hacer el muchacho, hasta finalmente llegar, después de todo, a la puerta de su casa, a la dirección precisa que había buscado. Lo imaginó remontando la esquina de Barrilito, para de pronto ver desde ahí, en la lejanía, deslumbrante, la inesperada imagen de la mezquita, alzando su elevada y delgada figura, tal cual una sostenida plegaria subiendo en dirección al cielo, con sus minaretes y sus ojivas, una presencia que parecía del todo incompatible con las fachadas de las construcciones que estaban ahí, de Paradero a Venus, y luego ya en plena Quebrada Honda y en Santa Rosa, donde ciertamente vería de más cerca a la mezquita, con sus grandes letras de oro. Allá arriba se delineaba nítidamente una media luna pura y limpia, mientras que la miseria circundante se expresaba a través de las ropas que guindaban de las ventanas de los edificios y de las casuchas. Frente a las fachadas rotas y desportilladas deambulaban seres buñuelescos, mezclados con policías que parecían especies novedosas de Aliens, con sus lentes oscuros, sus uniformes negros, sus chalecos antibalas y sus peinillas colgándoles del cinto como si fueran espadas, otra de esas incongruencias irreales que ofrecía con tanta frecuencia la realidad.

Tal vez ahí el muchacho, cansado y desesperanzado, se concedería una tregua y cometería la imprudencia de sentarse en alguno de los bancos cercanos, en medio de las sombras amenazantes de la noche, junto a la mezquita, o un poco más allá, en la Plaza Colón. En el centro de la cual se levantaba la estatua con el infaltable dedo descubridor, señalando a algún lugar tan indefinido como lo era en ese momento para Alberto Durán la dirección a la cual pretendía llegar. Jugueteó con la idea de que el banco sería el mismo en el que un día él leyó una frase, tan sinceramente ingenua, patética y sensiblera, que quizás por eso mismo resultaba tan dramáticamente verdadera, una frase que alguien había grabado sobre la piedra, dándole rigor a la afirmación solemne: Juro por mis hijos que voy a lograr el éxito. Al juramento, como para darle aún mayor validez a la tremenda frase, lo habían acompañado de una rúbrica, de una firma ilegible, con la cual de esta manera se sellaba el pacto. Quiso creer que a esos hijos –niños, probablemente. Ninguna desgracia les había sucedido, y que el empecinado y apasionado individuo que había dejado ahí ese testimonio tan rotundo de su voluntad, había logrado alcanzar efectivamente aquello que él consideraba el éxito, ese algo tan vago y azaroso que solo una vez obtenido deja traslucir que el esfuerzo realizado para alcanzarlo no había valido la pena realmente, mucho menos al extremo de apostar por él la salud, o la vida misma, de los propios hijos, a través de ese ancestral recurso de un juramento.

Mentalmente desenchufó la película que estaba proyectando y, cerrando los ojos, reclinó la cabeza en el espaldar de la butaca en la cual estaba sentado.

Nuevamente, a lo largo de la extraña noche, se sintió inesperadamente invadido por una melodía no convocada, perdido el habitual control racional que ejercía sobre este tipo de apariciones involuntarias. Con los ojos cerrados escuchó dentro de sí, una vez más durante este breve período de tiempo que se había iniciado con el sonido desapacible del timbre, una voz desnuda y ascendente, cantando ahora aquel bolero tan remoto en el tiempo, aunque tan cercano en el recuerdo, en el que alguien suplica y reclama al mismo tiempo: Júrame, que aunque pase mucho tiempo, no olvidarás el momento en que yo te conocí . . . Era el famoso bolero de María Grever, en el cual un ser humano trémulo pedía, desde su desamparo, nada más y nada menos que lo imposible, un juramento que garantizara sólidamente las quimeras y le otorgara confiabilidad a los sueños: Júrame, que no hay nada más profundo, ni más grande en este mundo, que el cariño que te di. La voz se embelesaba, embriagada y desmesurada, en la solicitud única y perenne, irrepetible, aunque continuamente renovada: Bésame, con un beso enamorado, como nadie me ha besado, desde el día en que nací . . .

Se quedó un rato así, con los ojos cerrados, saboreando desde adentro la belleza de la canción. Pero luego los abrió, irritado una vez más, y se los frotó, como tratando de ahuyentar hasta el último residuo de esa pegajosa y dulzona melodía, la cual ninguna relación podía tener con este momento especial que él estaba viviendo. Paseó la mirada por su casa, en medio de la cual se había instalado con tanto desparpajo este muchacho, y la sintió cálida y apacible, cómplice de todas las presencias no convocadas que habían irrumpido aquí esta noche, generando una vibración especial en el ambiente, disociando de cierta manera las partículas de luz, de modo que los objetos todos parecían haber perdido un poco su peso, su contorno y sus límites, difuminándose y fusionándose entre sí, como en una pintura en la que lo importante no fuera el dibujo, sino los trazos de pastel apenas sugiriendo una cierta luminosidad oscilante.

Ahora lamentó que el muchacho se hubiese quedado dormido. Le hubiera gustado poder entablar con él un verdadero diálogo y pulsar su ingenio y su capacidad para la réplica, jugar a ese tenis mental que tanto disfrutaba, y para el cual le costaba cada vez más encontrar contrincantes dignos de ser tenidos en cuenta. Formular preguntas, a partir de las cuales ir luego derivando, hacia otras y otras más, abordando los asuntos desde una perspectiva y otra, ejercitando una especie de mayéutica irónica y amorosa, juntándose y separándose en el juego del intelecto, como en esa música de tango que lo sugestionó desde el momento mismo en que vislumbró al muchacho en medio de la penumbra, esa danza en la que se arrincona a la pareja, para luego dejarse arrinconar por ella, escenificando simultáneamente un combate encarnizado y una aceptación rendida y conmovida.

Y entonces, una vez más a lo largo de esa noche, volvió a cuestionarse por ésa su forma de ser que exorbitaba todas las cosas, sacándoles demasiado filo, exagerando los detalles y llevando el análisis hasta sutilezas de una índole que para nada estaba de acuerdo con los tiempos actuales.

Miró el reloj y constató que eran las tres de la mañana. Ya era hora de desintoxicarse, se dijo a sí mismo. Deshacerse de todas las imágenes y sonidos que lo invadieron en contra de su voluntad, desde el momento mismo en que el muchacho, con su leve presencia, se instaló en su casa, haciendo dispararse la desmesura que estaba en el origen de todas sus creaciones.