Rodeado de sus papeles, cambió de posición, miró hacia afuera y anheló poder escribir ahí, con la ventana abierta, hasta el final de su vida, meditando, conversando con Juan de Mairena y con Abel Martín y creando sus poemas, que tenían un sutil aire a canción, muchos por eso se llamaban simplemente cantos.

Prefiguró el dolor de cabeza que seguramente ya se estaba gestando, aunque no se hacía sentir todavía.

En las inmediaciones iba y venía, a lo largo de la avenida, una gran cantidad de gente ruidosa. Consideró que un momento de silencio en el grato mediodía podría quizás llevarlo a conquistar de nuevo esa simplicidad tan difícil de lograr que tanto le gustaba a sus lectores.

Volvió a mirar por la ventana y vio que se acercaban por el sendero Rafael Alberti y León Felipe. Los dejó entrar. Juan de Mairena y Abel Martín ya no estaban ahí. Ese día de finales de noviembre de 1936 vinieron los dos recién llegados a transmitirle la oferta que había aprobado la Alianza de Intelectuales, la de ayudarlo a salir de Madrid, en donde permanecer ahora resultaba demasiado peligroso.

Don Antonio se negó. No se marcharía. Trataron de convencerlo, pero no lograron llegar a ningún acuerdo. Era una persona que parecía muy humilde, pero cuando decía que no, no había manera de hacerle cambiar de opinión. A ningún otro lugar los seguiría, de su propia casa no saldría. Así les dijo.

Así que apenas entraron, Alberti y León Felipe se volvieron a ir. Cuando informaron de la decisión de Machado a los miembros de la Alianza, la idea de que había que actuar a la mayor velocidad posible se afianzó en todos ellos. Los dos emisarios recibieron consejos y argumentos a usar al día siguiente temprano para convencer al poeta, sin aceptar negativa alguna, de la necesidad de abandonar a Madrid.

León Felipe y Alberti volvieron a la casa de Antonio e insistieron con todos los recursos humanos y lingüísticos que poseían, que no eran pocos. Machado finalmente aceptó, pero puso una condición: que sus hermanos José y Joaquín, con sus esposas e hijos fueran también, así como su madre, Ana Ruiz, ya de ochenta y cuatro años. La condición fue aceptada.

Por alguna razón sin aclarar, Joaquín y su familia no pudieron sumarse a la emigración en ese momento, aunque posteriormente, en 1940 –ya muertos Antonio y la madre- se trasladaron a Chile en un barco que había fletado el poeta Pablo Neruda para traer a un considerable número de republicanos exilados. Ya para entonces José, que era pintor y dibujante, estaba ahí. Tanto él como Joaquín, periodista, se radicarían, junto con sus familias, en el país austral.

A León Felipe, Rafael Alberti y a Pablo Neruda, entre otros, los hemos mencionado: que nadie diga que los poetas solo viven de sus sueños. En este caso demostraron capacidad organizativa, espíritu práctico y, sobre todo, una condición solidaria que se materializó en actos.

Antonio Machado supo con seguridad que ya no podría seguir en medio de sus papeles. Nada se podía hacer en contra de los que llegaban portando armas y estaban dispuestos a usarlas. Todo se había perdido, eso se podía leer en la realidad claramente. Tras la intensificación de los ataques a Madrid, ante la insistencia de sus amigos abandonó la ciudad, junto con su madre. Se trasladaron a Valencia, donde fueron recibidos por la Casa de la Cultura de la ciudad, la cual puso a su disposición un chalet en la localidad de Rocafort, donde permanecieron desde finales de noviembre de 1936. Machado ahí pudo escribir, finalmente, y no solo poemas, sino artículos, discursos y textos de opinión. Pero la guerra les seguía los pasos, y ya también Valencia corría el riesgo de quedar aislada. En abril de 1938 sus amigos y el gobierno republicano los evacuaron a Barcelona. Ahí fueron instalados en la finca de Torre Castañer a finales de mayo. La situación era grave, la escasez de alimentos hacía sentir sus efectos.

El 22 de enero de 1939 Barcelona estaba a punto de caer. Un vehículo recogió a la familia Machado y, acompañados de ambulancias, otros coches y cientos de miles de personas a pie, se pusieron en marcha. Huían hacia los Pirineos, en dirección a la frontera con Francia, al exilio. A los Machado los acompañaron, para cuidarlos, varios intelectuales importantes, entre ellos Tomás Navarro Tomás, miembro de la Academia de la Lengua española desde 1935, el cual en el exilio se radicó en Estados Unidos, donde desarrolló importantes investigaciones en filología y publicó numerosos libros que se han convertido en clásicos en ese campo. También iban, en la misma ambulancia en la que fue ubicada la familia Machado, el humanista Carles Riba, el poeta, narrador, ensayista y periodista Corpus Barga, quien se instalaría luego en el Perú, y Joaquín Xirau Palau, filósofo y pedagogo, quien continuó su labor en México hasta 1946, cuando murió arrollado por un tranvía. Junto a Antonio Machado iban también Juan de Mairena y Abel Martín.

El grupo que constituían los Machado llegó a Girona el 23 de enero de 1939, y de ahí siguió hasta Figueres. El último lugar español por el que pasaron fue el municipio de Viladsens, el más remoto punto de la península en la frontera con Francia, prácticamente ubicado sobre el límite mismo entre los dos países. Era la noche del 26 al 27 de enero. Pero los vehículos no lograron cubrir los quinientos metros que los separaban de la frontera, debido al gigantesco caos que se constituyó con el embotellamiento de los medios de transporte y las centenares de miles de personas que se esforzaban por huir. Los choferes con sus vehículos se retiraron. Ahí quedó el poeta –y todos los demás – desnudo de maletas, como había escrito una vez, premonitoriamente, en uno de sus poemas. A pie subieron una larga cuesta, cuando ya la noche estaba comenzando a caer. Caminaron bajo la luz de las estrellas, que iluminaban el lugar. Era como andar en medio de una niebla. Desde el fondo de la confusión que los envolvía, a cada paso creían estar llegando ya a la frontera. Soñaban con una cama muelle, con un café caliente, con quitarse los zapatos y las medias mojadas. Quisieron creer que era mentira que hubieran tenido que abandonar sus maletas, fantasearon con que alguien se las traería.

En medio de la multitud va caminando el poeta, uno de los más grandes de España. Va hacia el exilio, al igual que los demás, en medio de los cuales marcha. Ni Juan de Mairena ni Abel Martín lo acompañan ya. El poeta, de 62 años, va agotado: junto a él va su madre, más agotada aún, de 84. El frío y la lluvia los maltratan sin cesar. Conforman ahora un grupo de cuarenta personas.

A lo lejos se escucharon disparos, y por dentro cada quien sintió su ansiedad. La aviación alemana y la italiana hacían vuelos rasantes sobre ellos. En cierto momento se escondieron en cuevas, hasta que por fin los aviones desaparecieron en el horizonte.

Empezó a llover. En la soledad que se siente en medio de una multitudinaria caravana resulta muy difícil moverse. A causa de los charcos insalvables, los pies se encontraban ya por completo mojados.

Alternativas no había, solo seguir hacia adelante. Consumidos por el hambre, con los abrigos de invierno –los que los tuvieran- empapados, que pesaban el doble de lo usual, iban como alucinados, sobre las huellas de los bombardeos recientes. En el suelo estaban extendidos los cadáveres aún reconocibles de algunos animales del monte.

Gracias a la intervención de Corpus Barga, que tenía documento de residencia en Francia, finalmente pudieron cruzar la frontera y llegar al municipio de Cerbère, en los Pirineos Orientales. En un punto de la frontera se encuentra el municipio español de Portbou. Algo más de un año después, el filósofo alemán Walter Benjamin, en una escalofriante e invertida puesta en escena de la tragedia de Antonio Machado, quien moriría en Collioure el 22 de febrero de 1939, trató de pasar, infructuosamente, la frontera de Francia a España en Portbou, donde se suicidó el 27 de septiembre de 1940. Menos de 30 kilómetros separan a las dos pequeñas ciudades, solo que una pertenece a un país y la otra a un país distinto. Apenas una mínima frontera separa a Collioure de Portbou. Evidentemente, ni Antonio Machado ni Walter Benjamin se conocían el uno al otro, ni mucho menos supieron del inverosímil cruce de sus historias.

Los escritores van de un sitio a otro, empujados por la historia. La tristeza nos invade, sus lectores los amamos.

En Cerbère, por intervención de Xirau, les permitieron pasar la noche en un vagón de tren estacionado.

De Cerbère Machado y su familia llegaron a Collioure en tren, el 28 de enero de 1939. Lograron ser recibidos en el Hotel Bougnol-Quintana, a la espera de una ayuda que terminó por no llegar. Ahí se encuentra la aduana francesa, en donde no los quisieron dejar pasar.

Antonio descubre dentro de sí el mismo temblor de cuando murió Leonor, su novia niña, ya hace más de veinticinco años, con la que se casó cuando ella tenía apenas quince, y la que murió justo tres años después, de tuberculosis, dejando en el poeta una tristeza infinita para siempre.

Su madre agonizante debía sentir un temblor igual, aunque en el de ella se mezclaba una pizca de esperanza, porque de las pocas palabras que pronunció se entendió que creía estar yendo hacia Sevilla, lugar de nacimiento de ella y de todos sus hijos, hogar en el que fue feliz con su marido y con su numerosa descendencia.

Antonio Machado murió a las tres y media de la tarde del 22 de febrero de 1939, a causa de una pulmonía que adquirió durante la larga caminata bajo la lluvia, y por el frío que pasó en el tren estacionado en el que durmió una noche.

José Machado relataría luego que, su madre, saliendo por unos instantes del estado de semi-inconsciencia en el que la habían sumido las penalidades del viaje, al ver vacía la cama de su hijo, junto a la suya, preguntó por él con ansiedad. No creyó las piadosas mentiras que le dijeron y comenzó a llorar. Murió el 25 de febrero, a los 85 años de edad. 1

Su hijo había escrito una vez: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Pero ahora fueron tantos los bloqueos con los que se encontraron, que ni camino había, ni andar se podía para hacer el propio camino, que ya estaba cerrado por las fronteras. El éxodo había significado instalarse en una medida humana diferente a la que él había construido con sus papeles, sus libros y sus plumas, era quedar en la desnudez de la intemperie, en un mundo al que él no pertenecía, ni ese mundo le pertenecía a él. Fue como haber quedado encerrado en una grieta, de la cual escapatoria no había.

Por la carretera había arrastrado a su cuerpo.

Antes de morir, recordó la pregunta que le había hecho su madre: ¿Vamos a nuestra casa? Él no supo qué contestarle.

El territorio es el mismo. La formación del suelo, el tipo de vegetación, nada hay que produzca una sensación de diferencia. No hay trazada ninguna raya en ningún lugar. Pero es una frontera, así se llama. No hay libre paso de un lado a otro, por más que el corazón de alguien así lo desee. En el mundo de las cancillerías esa raya invisible se vislumbra como un muro alto y largo, o como una alambrada llena de púas. Y con esa realidad virtual se encontró el filósofo Walter Benjamin, que había llegado a ese lugar, Portbou, luego de una larga marcha que ahí concluyó. Era el 25 de septiembre de 1940. Por fuera de la frontera, el filósofo alemán, que vivía exclusivamente para la literatura y la cultura, se encontró con la realidad europea, acerca de la cual tanto había escrito, y sobre la cual, una vez más, había caído la noche de los tiempos.

Unos países y otros habían producido fronteras con tanques, con ejércitos multitudinarios y con aviones estacionados cargados de bombas, los cuales solo esperaban una señal para ponerse en movimiento.

Pero ya Benjamin se había encontrado antes también con esa realidad. Quizás fue uno de los primeros que, cuando el 27 de febrero de 1933 se produjo el incendio del Reichstag, donde funcionaba el parlamento alemán, cuatro semanas después de haberse juramentado Hitler como Canciller de Alemania, intuyó con toda lucidez el fin de una época y de una cultura y consideró la alta probabilidad de que ese incendio hubiese sido provocado por los nazis como duro pretexto para la persecución y la matanza de sus opositores políticos.

Durante el tiempo que permaneció todavía en Berlín se valió de seudónimos para poder seguir publicando sus artículos, puesto que las leyes antijudías aprobadas le impedían prácticamente hacer cualquier cosa. Abandonó a su amada ciudad, para siempre, en la primavera de 1933. La historia comenzaba a arrollarlo, y se iniciaba la trágica huida que siete años después terminaría en la frontera de Portbou.

En esos siete años que todavía le quedaban de vida, a salto de mata y en medio de la inseguridad y la incertidumbre, escribió sus más importantes textos, algunos de los cuales están recogidos en el volumen Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos, publicado por la Editorial Monte Ávila de Caracas, en 1970; otros en Imaginación y sociedad. Iluminaciones I, publicado por la Editorial Taurus, de Madrid, en 1980 y reimpreso varias veces. Crónica de Berlín, escrito en 1932, fue publicado en castellano por Abada Editores, en un gran proyecto de las obras completas de Benjamin, que contará de once volúmenes.

Libro de los pasajes fue escrito a lo largo de trece años. Desde 1927 hasta su muerte en 1940 trabajó en la obra capital que iba a ser el libro sobre París y una filosofía de la historia del siglo XIX. Buena parte de los textos mayores que escribió durante estos últimos años de su vida –el ensayo sobre la obra de arte, los trabajos dedicados a Baudelaire y las tesis “Sobre el concepto de la historia” – surgieron de los Pasajes. Todo lo que se conserva de este enorme trabajo –miles de apuntes y fragmentos- se publicó por primera vez en el volumen quinto de sus obras completas, en el original alemán de Suhrkamp Verlag, a cargo de Rolf Tiedemann y Hermann Schweppenhäuser, con la colaboración de Theodor Adorno y de Gershom Scholem, quienes fueron amigos de Benjamin.

El Libro de los Pasajes fue publicado por Planeta-Agostini en 1980, luego por Akal Editores en 2005, en un magno volumen de 1104 páginas; más recientemente, en 2016, esta misma editorial publicó Infancia en Berlín hacia 1900. Crónica de Berlín.

Origen del drama barroco alemán, de 1925, fue publicado por Taurus Humanidades en 1990.

Los pasajes de París, París, la capital del siglo XIX, Sobre algunos temas de Baudelaire (de 1938), fueron publicados en el original alemán por Rolf Tiedemann, en Frankfurt, en 1982; en castellano por Akal en 2004. Es un libro inconcluso. Los fragmentos fueron recogidos y organizados para su publicación por Tiedemann. El póstumo Parque Central, serie de aforismos, fue editado en 1955. En castellano por Ediciones Metales Pesados, Santiago de Chile, en 2005.

La mayor parte de la obra de Walter Benjamin nunca fue redactada en forma orgánica como libro. “Durante trece años, comprendidos entre 1927 y 1940 (…), Benjamin acumuló los materiales de lo que más tarde sería un enorme rompecabezas, objeto de infinitas especulaciones, un mapa inconcluso de los fenómenos sociales del mundo moderno” 2.

El presunto desorden de Benjamin, su igualmente presunta torpeza y, más grave aún, la explicación de su conducta como efecto de una radical melancolía que marcaría su carácter, generan indignación y asombro ante la incapacidad de los que hacen estas afirmaciones de imaginarse lo que fueron los hechos históricos durante los escasos años con los que contó Walter Benjamin para hacer su vasta obra –que ya llevaba en la cabeza, y en alguna famosa y mítica maleta.

Dos destacados intelectuales que caracterizaron de esta manera a Benjamin fueron su amigo Theodor Adorno y su amiga Hannah Arendt. Siendo voces tan autorizadas, quizás no sea de extrañar que numerosos estudiosos repitieran, sin pensarlo mucho, las difamatorias palabras. Palabras de las cuales vamos a olvidarnos, para remitirnos a los hechos.

A finales de febrero de 1939 la Gestapo retiró la nacionalidad alemana a Benjamin.

No se requiere ser melancólico para sentirse golpeado ante la novedad de ser despojado de papeles y de identidad, en medio del horror que se estaba desatando.

El 22 de ese mes el Gabinete francés firmó la rendición ante Alemania, es decir, se ha producido la caída de Francia, algo que ningún francés creyó que podría suceder, confiados como estaban en la grandeza y la fortaleza de su país.

El primer impulso de Benjamin, instintivo, fue volver a Berlín, algo del todo imposible, puesto que ya el ejército alemán estaba invadiendo París y posibilidad de huir hacia atrás no había. El 19 de junio el gobierno francés abandonó París, a la que declaró ciudad abierta.

Las tropas nazis tuvieron ocupada Francia entre el 22 de junio de 1940 y diciembre de 1944.

Sin papeles, sin gobierno, en medio de un ejército que se acerca y cuya prioridad es exterminar judíos, el 14 de junio Benjamin huyó de París, un acto lógico y de estricta supervivencia, para llevar a cabo el cual se requería capacidad de decisión y energía. Antes de salir de París, sin melancolía pero con espíritu práctico, Benjamin le entregó los papeles manuscritos del Libro de los Pasajes, así como las partes no publicadas del trabajo sobre Baudelaire, a Georges Bataille, quien los escondió en la Biblioteca Nacional, del cual era director en ese momento, y quien en 1948 los hizo llegar a manos de Adorno.

Se ha dicho que no había necesidad de escapar de París, que todo estaba tranquilo, que el temor de Benjamin a un bombardeo era, obviamente, efecto de su permanente melancolía.

Solo cabe recordar que, con alrededor de 75.000 civiles muertos y 550.000 toneladas de bombas arrojadas, Francia fue, tras la Alemania nazi, el segundo país del Frente Occidental más dañado por los bombardeos.

Entretanto Adorno y Horkheimer, sus amigos de la Escuela de Frankfurt, habían logrado llegar a Estados Unidos.

Adorno se moviliza y le consigue a Benjamin una visa a España y un visado de emergencia que los Estados Unidos estaba otorgando para los refugiados. Estos documentos fueron enviados por Adorno a Marsella, que era donde se encontraba establecida la oficina que los administraba. Evidentemente hacia allá se tenía que dirigir Benjamin y, en efecto, hacia allá marchó.

Los críticos, desde sus gabinetes universitarios, sin investigar la devastadora realidad, dictaminan: ¿qué tenía que hacer Benjamin en Marsella, por qué se lanza al sur de Francia, plagado de nazis, sin motivo alguno, cuando en París todo está tranquilo? La melancolía, claro, la torpeza . . .

Benjamin va con seguridad a Marsella, a sus oídos no llegan las voces del futuro, al menos esas insignificantes no, aunque era él el que más sabía del futuro, lo llevaba en la cabeza, lo había iluminado, nada le sorprendería. También sabe muy bien de las oscuras alimañas que se desplazan por suelos europeos, no huye como animal ciego y acorralado, va buscando los documentos que le han dicho que van a salvarlo. Después de muchas dificultades burocráticas se las entregan.

Y de ahí va a la frontera con España, porque otra opción no tiene, Marsella está bloqueada por las fuerzas navales y aéreas de Alemania. Además, él tiene la visa para entrar al país hispánico, Adorno y Horkheimer se la han mandado y él las ha recogido. También tiene la visa de refugiado para Estados Unidos.

Va a cruzar los Pirineos, entrar a España y de ahí pasar a Portugal, que no ponía ninguna restricción ni a la entrada ni a la salida de los que venían huyendo. Y de ahí a Estados Unidos, para reunirse con sus amigos de la Escuela de Frankfurt. Era un plan coherente, aunque sujeto a grandes penurias. Va con un pequeño grupo de intelectuales, hombres y mujeres, que se le han unido en Marsella y que tienen el mismo proyecto.

Se ha dicho que Benjamin arrastraba un gran baúl, en el que llevaba todos sus manuscritos inéditos, menos los que le había entregado a Bataille. Otras versiones no hablan de baúl, sino de una maleta. Vacila la historia, comienza el mito. El escritor, que tiene problemas cardíacos y 48 años, jamás se separa de ese equipaje, por más pesado que sea. Así se dice. Que es más valioso para él que su vida misma.

Llegan a la frontera en Portbou. El escritor extiende sus papeles, en los que está el visado español de tránsito. Pero la policía lo rechaza: el visado de entrada (toda la vida para eso han sido los visados) no es suficiente, falta el “visado” de salida de Francia.

Benjamin no se sorprende. Lleva años viviendo bajo las leyes antijudías. Sabe que si es devuelto a Francia será entregado a los alemanes, quienes lo remitirán a un campo de exterminio. Su dignidad humana –y no su melancolía- lo llevan a la decisión del suicidio.

Interceptado por la policía española en Portbou el 25 de septiembre de 1940, logra que lo dejen pasar la noche en un hotel en plena frontera, el cual, cruel ironía, se denomina Hotel Francia.

Ahí escribe su última carta, serena, escueta y firme, a la que entregó a la fotógrafa Henny Gurland, que iba con él en el pequeño grupo que intentó pasar a España y que, de alguna manera, logró llegar a Portugal:

En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse. Le ruego que transmita mis pensamientos a mi amigo Adorno y que le explique la situación a la cual me he visto conducido. No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir.3

¿Se trata de melancolía, de neurosis? No. Se trata de salvarse de la shoah, del holocausto, el cual rodea a Benjamin y ante el cual prefiere dar el paso hacia la muerte.

Lo sabía desde hacía tiempo. Siempre llevaba consigo suficientes pastillas de morfina. Ningún momento de debilidad lo había impulsado hasta ahora a hacer uso de ellas. Tampoco ahora es la debilidad: es la frontera. La cual no le permiten cruzar hacia la vida y por la cual pretenden empujarlo de regreso a un lugar donde con toda probabilidad será exterminado de una manera cruel e ignominiosa.

El 26 de septiembre de 1940 se toma las pastillas.

De Collioure a Portbou solo hay 29 kilómetros de distancia, menos de media hora en automóvil. Sobre el suelo, como quedó dicho, no se nota ninguna señal. Pero si uno mira un mapa, un dibujo no hecho por la naturaleza sino por los seres humanos, se observa una raya recta que va derecho de un sitio a otro, de un punto del mapa al otro.

Los mapas no son obras de arte, no connotan, no metaforizan, no simbolizan. Están ahí, denotan su virtual presencia. Solo nosotros, los escritores y los lectores, a partir de las palabras que narran los hechos, miramos fascinados ese aparentemente insignificante lugar, que tanto significado tiene. Y entonces pensamos en las nuevas fronteras que están emergiendo, los nuevos bloqueos de paso, las prohibiciones de salir y las de entrar. Eso es lo que vamos viendo. Casi ochenta años han pasado de los acontecimientos descritos, pero la situación solo ha empeorado.

distancia de Collioure a Portbou (clic para ver en detalle)

Los huesos que se hallan en Collioure en una tumba y los que se perdieron en una fosa común en Portbou son lo único que queda de todo cuanto ocurrió: una frontera que un poeta trató de cruzar en un sentido y un filósofo en otro, y eso fue todo. No hemos aprendido nada.

El sol sigue saliendo todos los días, y la lluvia cae cuando le toca. Ahora los niños corren de un lado a otro, no saben que ahí hay una frontera ni les importa. Un hombre intenta hacerles comprender que hay dos países, pero contra la realidad que ellos ven nada puede, los niños se deslizan por una colina cuesta abajo.

Pero en otros lugares surgen otras dimensiones y los paisajes se erizan como si estuvieran denunciando algo, por medio de sus muros, sus alambradas y sus costas de mar inalcanzables.

Por un momento los niños y el hombre sintieron el frío que se apoderó de la escena, escucharon el ulular del viento que parecía estarse lamentando y los que estaban ahí creyeron ver levantarse una pared para cerrarle el paso al viento y obstruir su libre vuelo.


1 www.catacultural.com
2 Sergio Raúl Arroyo. “Libro de los pasajes, de Walter Benjamin”. En: Letras Libres. www.letraslibres.com
3 https://dejenmevivir.wordpress.com

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