La compañía empezó a hacer las instalaciones en la sala de gimnasia una hora antes de la función. Afuera aún había claridad, pero por los sucios ventanales que llegaban casi hasta el techo, protegidos por rejas metálicas, apenas si se filtraba una opaca luz a la vez grisácea y azulosa. Prendieron las lámparas de negras cubiertas, que colgaban del techo de inverosímil altura. La compañía trabajaba en medio de esa rala y dispersa luz. Cada quien había encontrado alguna actividad a realizar, inclusive el director, únicamente el mago se mantuvo sentado solo en el centro de la sala, sobre una desvencijada y manchada silla, fumando, pensativo, mientras exhalaba el humo y en su delgada cara repentinas vibraciones musculares y arrugas que irrumpían de vez en cuando, obstinadamente, daban señal de la tensión que sentía. A los demás aparentemente no les llamaba la atención que el mago no tomara parte del trabajo colectivo; es más, ni siquiera decían palabra acerca del hecho de que estaba sentado en el peor de los sitios posibles, en el centro de la sala; en silencio daban un rodeo mientras cargaban, encorvados, los trapecios, y también los miembros del grupo que acarreaban las tarimas rodeaban la silla sin hacer observación alguna, doblados bajo su pesada carga.

Ya prácticamente estaban listos con todos los preparativos que exigía la función. Las cuerdas por las que irían a trepar las introdujeron detrás de las barras adosadas a la pared, y a las dos anillas que colgaban largamente hasta abajo, un acróbata, con una habilidad que cortaba la respiración, las amarró y las izó, con su propia persona incluida, hasta lo alto, por encima del nivel de las lámparas de sombrero negro. Desde la altura de varios metros saltó luego a tierra blandamente, como un gato.

En la parte de atrás de la sala el director revisó los modestos pero excelentes reflectores portátiles. Contempló satisfecho la tarima, que brillaba en medio de la luz que la bañaba. Uno de los encargados de la iluminación, que estaba llamado a seguir con su reflector manual los acontecimientos que iban a tener lugar sobre la tarima, probando la articulación de la lámpara lanzó un haz de luz irregular sobre la pared, dejando ver las fantasmales figuras brumosas del techo, productos quizás de la humedad.

El mago alzó la cabeza, fijó su atención en la mancha amarillenta de la luz que recorría la pared y, de pronto, lanzó un grito. Todo el mundo se detuvo, incluyendo al iluminista que estaba probando el reflector, y miraron con atención al mago. Algunos, como para anticiparse a sus deseos, se aproximaron más a él. El reflector justo estaba iluminando una de las esquinas de la sala, por encima de la tarima, lugar hacia el cual levantaron la mirada todos, siguiendo la señal que partía del dedo del mago, aunque no llegaron a ver nada notable.

– La tela de araña – dijo entonces el hombre en voz baja, indecisa, y se puso de pie.

No era alto. En correspondencia con su rostro ascético, su cuerpo era delgado y lo cubría un traje gris demasiado amplio, de aspecto barato, todo lo cual le otorgaba un aspecto lamentable, insignificante. Para algún espectador externo seguramente resultaría inexplicable el hecho de que los demás se mantuvieran inmóviles alrededor de él, con humildad, esperando sus órdenes, aunque quizás entre los miembros de la compañía habría alguno que solo le prestaba atención al mago por costumbre.

Realmente, en la esquina flotaba una tela de araña rota, negra a causa del polvo que la cubría. El mago caminó hasta colocarse debajo de las anillas amarradas en lo alto, y señaló hacia arriba:

  • ¿No se podría?

El liviano artista que unos instantes antes había subido las anillas puso el pie en las manos entrelazadas de dos colosos de talla gigantesca, que vestían camisetas de atleta. Lo lanzaron al aire como si fuera una pluma, pero el primer lanzamiento no tuvo éxito, el acróbata emitió un leve grito, los de las camisetas de atleta saltaron a un lado y el muchacho de nuevo llegó al suelo del gimnasio blandamente, sin ruido y sin sufrir golpe alguno. Al segundo intento logró atrapar las anillas, a las que soltó de su amarre con hábiles y rápidos movimientos. Las anillas se columpiaron por encima de las cabezas, entrechocándose a veces la una con la otra y dibujando, en medio de la luz, extrañas sombras en la pared que se hallaba encima de la tarima.

El mago tomó una escoba en su mano derecha, con la izquierda se agarró de una de las anillas – así sus pies no alcanzaban el suelo – y, con el impulso de su cintura, comenzó a columpiarse. Colgaba sin fuerzas, guindando, pero el arco de su balanceo se hizo cada vez más amplio, y al final ya volaba con una considerable velocidad debajo del techo que se esfumaba en medio de la bruma. Los miembros de la compañía seguían su vuelo haciendo girar sus ojos o sus cuellos, como si estuvieran viendo la trayectoria de una pelota de pingpong, y observaron aguantando la respiración el momento en que el mago levantó la escoba.

El mago tomó una escoba en su mano derecha, con la izquierda se agarró de una de las anillas - así sus pies no alcanzaban el suelo – y, con el impulso de su cintura, comenzó a columpiarse.

El balanceo lo acercó cada vez más a la esquina de la tela de araña, y ya parecía que, tras de unos cuantos impulsos más, alcanzaría con la escoba a la negra tela de araña que estaba guindando ahí. A causa del esfuerzo su cara se deformó, y resultó evidente que su brazo izquierdo ya casi no podía soportar el peso que sobre él se recargaba. El balanceo alcanzó ahora la altura óptima, el mago lanzó hacia adelante la escoba, los miembros de la compañía, que observaban, tensos y excitados, emitieron una especie de quejido, pero la tela de araña siguió flotando sin haber sido rozada siquiera. El instrumento pasó a dos milímetros de ella.

El mago frenó su impulso, decepcionado, a la escoba ya la había dejado caer aún en medio del balanceo, luego soltó la anilla y, desmañadamente, cayó al suelo. Los que estaban más cerca creyeron que se iría a tropezar – a pesar de ello no dieron ni un solo paso hacia él -, pero finalmente el mago logró recuperar el equilibrio y se volvió a sentar en la silla. El liviano acróbata le preguntó, servicial:

  • ¿La quito?

El mago, cansado, hizo una seña negativa, y entonces, inesperadamente, un silencio más profundo aún que el anterior se asentó sobre la compañía. Todos miraron la esquina iluminada con la luz enceguecedora del reflector. La tela de araña no estaba ahí, y a algunos les pareció, sin lugar a dudas, que en esa esquina nunca hubo una tela de araña – aunque ante el fracasado balanceo también ellos, excitados, habían emitido sonidos de lamento.

El mecanismo se puso de pronto de nuevo en acción, porque los primeros espectadores ya estaban entrando por la puerta. Colocaron en su sitio las últimas sillas, el acróbata volvió a amarrar las anillas, y el iluminista apagó los reflectores, los cuales solo se prendieron de nuevo al iniciarse el espectáculo, cuando el director, vestido con un frac desgastado y de mangas deshilachadas, hizo su aparición para saludar al público. La representación se hizo de acuerdo a lo usual –todo era solamente un marco, hasta algunos números especialmente logrados del joven acróbata: el público esperaba la aparición del mago.

También ese instante llegó, por fin: el mago, nervioso, se paró detrás de una mesita colocada en el centro de la tarima y cubierta por un mantel que llegaba casi hasta el suelo. El hecho mismo de que el mago, entre número y número, apenas si dijera alguna palabra, resultaba extraño. Realizaba los actos más sorprendentes sin comentario alguno. El público de la pequeña ciudad, cada quien vestido con su traje dominguero, contempló con la boca abierta transformaciones nunca antes vistas, las desapariciones y las apariciones, y solo de vez en cuando lanzaban algún grito, admirados, y de vez en cuando los aplausos atronaban con salvaje fuerza.

Sin embargo, los números iniciales apenas si podían compararse con lo que era la cumbre del espectáculo, cuando el mago transformó un conejo en tigre. Eso era lo que esperaba todo el mundo y, aunque el mago no dijo qué era lo que venía a continuación, un profundo silencio se asentó sobre la sala y entonces ya los miembros de la compañía también se aglomeraban, todos temblando y sudando, en la puerta, observando al mago, el cual en ese momento colocaba un manto negro sobre el mantel que cubría la mesa vacía, para luego arrancar el manto con un veloz gesto: entonces ya sobre la mesa un momento antes vacía se hallaba sentado un conejo. Comenzaron a estallar las risas y los aplausos, pero no tuvieron tiempo de desplegarse, porque el mago continuó con sus actividades. Además, se notaba que los aplausos no le interesaban, nunca se había inclinado delante de público alguno. Tapó al conejo con el mismo manto negro y de inmediato, como continuando el gesto de taparlo, se lo arrancó – pero entonces ya no era un conejo el que estaba sentado sobre la mesa, sino un tigre de gran tamaño, que mostraba los dientes. En las primeras filas la gente chilló, ya que al público sentado a pocos metros nada lo protegía de la fiera, pero el mago de repente tapó al tigre, y el manto, obediente, se alisó sobre la mesa. Luego el mago lo quitó, y entonces de nuevo sobre la mesa no había más nada que el mantel, al cual también arrancó: solo se veía una simple mesa sin pintar, de tres patas.

Tapó al conejo con el mismo manto negro y de inmediato, como continuando el gesto de taparlo, se lo arrancó – pero entonces ya no era un conejo el que estaba sentado sobre la mesa, sino un tigre de gran tamaño, que mostraba los dientes.

Tal como sucedía siempre en estos casos, el público inició un aplauso salvaje, que no parecía tener fin. El mago tapó la mesa, para repetir el número.

En medio de las filas cuchicheaban, tratando de adivinar con qué truco trabajaba el mago, pero ninguna solución parecía verosímil, puesto que el conejo aún podía caber detrás del largo mantel que cubría a la mesa, pero el tigre no, eso era imposible. Sin embargo, a la mayoría era esto lo que le parecía más probable, aunque también después de eso quedó en el misterio el lugar por el cual habían desaparecido los dos animales luego del número, cuando el mago quitó de la mesa de un tirón el largo mantel que casi llegaba al suelo. El cuchicheo solo se apagó cuando el conejo –moviendo de forma divertida sus largas orejas – estuvo sentado de nuevo sobre la mesa. Luego de la repetición del número entre el público se produjo un escándalo increíble, que solo se atenuó cuando en la primera fila se levantó un hombre alto, de aspecto decidido, vestido de forma muy elegante. Expuso, con excesivos detalles, minuciosamente, que él era el profesor de física del liceo de la ciudad –el mismo en cuya sala de gimnasia estaba teniendo lugar el espectáculo- y que solamente autorizaron la presentación en el local de la institución porque habían oído hablar mucho del maestro (así lo dijo: ¡del maestro!) y que prácticamente toda la ciudad, unánimemente, incluyéndolo a él como hombre que se ocupa de las ciencias de la naturaleza y de la filosofía, sentía curiosidad por el secreto, a él en especial le interesaba particularmente el asunto, no lo guiaba una simple y corriente curiosidad, sino también puntos de vista de mayor alcance, lo cual, sin lugar a dudas, al maestro tan respetado por todos nosotros, no hace falta explicárselo. El develamiento del truco – ante esta palabra, truco, el mago se estremeció, como si se sintiera mal -, naturalmente, no aspiraban que se hiciera gratis. Con la incorporación de los organismos sociales y de diversas instituciones de la ciudad, habían logrado reunir una suma considerable, la cual, sin más preámbulos, estaban dispuestos a pagarle al mago, si revelaba el truco.

El director, entonces, subió corriendo a la tarima, pidió silencio con amplios gestos, y empezó a explicar que eso era inadmisible, el mago de ninguna manera podía levantar el velo que cubría el secreto de su espectáculo. El mago se mantuvo pensativo al lado del director, su pálida cara se ruborizó, y bajo la luz de los reflectores se vio que su frente se hallaba perlada de sudor. Echó a un lado al director, que continuaba gritando y gesticulando, y dijo:

  • Puedo revelarlo gratis.

El director se volvió hacia él, y sin tomar en cuenta la presencia del público, al principio le suplicó y luego lo amenazó, le habló del futuro de la compañía y se refirió a diversos asuntos poco comprensibles para los presentes, seguramente referencias a relaciones internas, y habló del inconmensurable daño que ocasionaría el mago con la revelación de su truco.

Pero el mago no le hizo mucho caso y el público pitó al director. Todavía ensayó algunos movimientos de protesta y dijo algo que nadie oyó, debido a los gritos y a los silbidos. Finalmente se vio obligado a retirarse de la tarima como un perro apaleado.

El público vio, con profundo asombro, que la cara bañada en sudor del mago se iluminó por completo. De pronto se hizo el silencio, y el hombre de rostro resplandeciente, vestido con su holgado traje gris, dijo:

  • No tengo ningún truco.
  • ¿Cómo que no? – preguntó el profesor de física.
  • Simplemente no hay. De verdad transformo en tigre al conejo.

El público recibió con estruendosa satisfacción esta información. – Tiene sentido del humor – afirmó alguien – y esperaron que también el mago se sonriera. Pero no sonrió. Repitió el número sobre la mesa sin mantel, pero el públicó siguió sin creerle. Entonces el mago hizo un gesto con mano temblorosa y dijo:

  • ¡Entonces véanlo sin manto!

Cada cual se deslizó hacia adelante, al borde de su silla, estirando sus cuellos, y a algunos les recorrió la espalda un escalofrío, mientras que otros se prometieron a sí mismos que, fuese lo que fuese, ahora descubrirían cuál era el secreto.

El mago, parado a dos o tres metros de la mesa desnuda de todo, cerró los ojos, como si se estuviera concentrando, y unos segundos después ya estaba sentado el conejo sobre la mesa. Luego nadie notó la transformación, solo vieron que ahí donde momentos antes aún estaba sentado un conejo, ahora había un tigre.

Se produjo un pesado silencio, hasta que el profesor de física habló de nuevo:

  • ¡Es una sugestión!
  • ¡Sí, una sugestión colectiva! – repitieron, aliviados, los demás.

El mago, con expresión de dolor y con los dientes apretados, se mantuvo de pie sobre la tarima, levantó sus brazos al cielo y gritó:

  • ¡Entiéndanlo, no es trampa! ¡Yo esto sé hacerlo!

Su voz sonó desesperada, como pidiendo auxilio.

  • Es igual que el truco de los faquires – dijo alguien.

Varios se interesaron por saber en qué consistía el truco de los faquires, y el individuo, hablando rápido y atropelladamente, contó (luego de algunas palabras, toda la sala lo escuchó a él) que en la India algunos faquires lanzan al aire una cuerda, la cuerda se pone rígida, entonces un niño trepa sobre ella, luego el faquir, con un cuchillo en la boca allá arriba descuartiza al niño y lanza los pedazos en una canasta, después, ante el estupefacto público, desciende, la cuerda cae al suelo y el niño, vivo y entero, salta fuera de la canasta. Algunos han filmado la escena, pero en la película no sucede nada. El niño y el faquir, tomados de la mano, están parados al lado de la canasta, de frente al público.

El profesor de física gritó:

– ¡Filmémoslo! – y luego se volvió hacia el mago y le preguntó, con cortesía: – ¿Nos permite filmarlo?

- ¡Filmémoslo! – y luego se volvió hacia el mago y le preguntó, con cortesía: - ¿Nos permite filmarlo?

El mago asintió con la cabeza. Algunos de los integrantes del Club de Cine del liceo salieron coriendo a buscar una filmadora, mientras el hombre de cara ascética, agotado y desgonzado, se mantuvo de pie en la tarima, con expresión de tristeza.

Repitió el número delante de la cámara, y mientras los muchachos revelaban la película en el laboratorio, por petición del público lo volvió a repetir, esta vez no en la tarima, sino abajo, en medio de los asientos, entre el alterado círculo de los espectadores.

Los muchachos volvieron con la película.

– Está ahí, está ahí – decían, y nadie quería creerlo, pero entonces ya los oprimía una sensación de rechazo, y cuando proyectaron la película, en la cual se veía perfectamente cada uno de los aspectos del número, la gente se puso de pie de un salto y afluyó hacia la puerta, desencantados y un poco aterrados, y solo en la calle se atrevieron a decir, despectivamente: “¡Qué sinvergüenza!”.

El director estaba parado delante de la puerta, tratando de retener al público, ya que faltaban todavía dos números, pero nadie le hizo caso, ni lo tomaron en cuenta.

El mago de nuevo se sentó en el centro de la sala, balanceando, cansado, sus brazos. Parecía un conjunto de trapos tirado ahí. Se llevaron de su lado las sillas, y el iluminista – quizás a propósito, quizás sin querer- iluminó la esquina donde, antes de la función, el mago había querido quitar la tela de araña. Todos vieron que ésta colgaba de nuevo ahí, pero entonces el iluminista desenchufó rápidamente los reflectores.

Después de la intensa luz, la sala, iluminada ahora con las lámparas colgantes, se mostró pasmosamente brumosa. Ya hasta la última de las sillas fue retirada cuando sujetaron las tarimas y, con considerable esfuerzo, las cargaron hacia la salida. Pero ahora no dieron un rodeo para evitar el mago, al que el director, irritado, le llamó la atención, diciéndole que desapareciese de ahí. El mago, obediente, se levantó y, desvencijado, arrastró la silla, como si tuviera que cargar un peso muy grande, hasta las barras adosadas a la pared, donde se acurrucó sobre ella.

(Traducción del húngaro de Judit Gerendas)


Esta entrega la componen los siguientes escritos: