No sé por qué diablos se me ocurrió aventurarme por lo desconocido. Pero ahora, claro, ya da lo mismo. Había decidido establecer un vínculo más íntimo con el tranvía número 47. Ya que viajo en él tan frecuentemente entre la Plaza Deák y la Plazuela Zsigmond Móricz, me pareció de buena educación saber por dónde más andaba, en su vía junto a los jardines. Pensé que, en verdad, no podría afirmar que lo conocía bien hasta no haber llegado con él a su estación terminal, ahí en el Promontorio de Buda.

Tomada la decisión, vino la acción. Fui. Me paseé un rato por la calle principal, la cual se hallaba a medias entre lo rural y lo urbano, le eché una ojeada al mercado, y luego, de una vez, caí en la trampa: entré a una zapatería. Ya no más al pasar la puerta me invadió un mal presentimiento, al ver al adusto vigilante privado parado junto a ese ingenioso artefacto, la puerta captaladrones, evidentemente para estar cerca y poder atrapar con facilidad, si sonaba el pito, al ladrón en cuestión. Después de mirar brevemente el interior del negocio me dirigí hacia afuera. La puerta de los ladrones lanzó su señal con un estridente silbido y el adusto vigilante tronó, dirigiéndose a mi: -¡Regrese!- Como no llevaba maletín, su penetrante mirada se fijó en mis zapatos. De inmediato tuvo que notar que, si acaso los había robado, había cometido el robo hacía tiempo, o ya eran usados en aquel momento; en todo caso, el delito no se había producido aquí. Pero también vendían en ese lugar soportes para pies planos. ¡Quizás se trataba de eso! De alguna manera taimada había logrado colocarlos dentro de mis deteriorados zapatos, y … ¡ajajá! Me conminó a quitarme los zapatos. Los clientes me miraban con ojos asombrados: de modo que es así como es un ladrón. Un corpulento viejo vestido con ropa raída. Puede que alguno hasta me tuviese lástima. Quizás yo era delincuente solo por necesidad. Un pobre desempleado, un tipo lamentable que debería recibir asistencia, al cual no le alcanza el dinero, no ya para comprar zapatos, sino ni siquiera para adquirir unos soportes para pies planos. Fue en ese momento que debí de haber expuesto que a estos zapatos los había comprado hacía año y medio, en la zapatería del Bulevar Vámház. Como podían ver, se trataba de zapatos negros. No me gusta usar zapatos negros, pero fue preciso comprarlos porque otros zapatos negros no tenía, y yo quería ir vestido adecuadamente para recibir el Premio Kossuth. Pero no faltaría más que eso. Estallarían las estruendosas risotadas. No solo es un ladrón sino también un perturbado mental. Me callo, pues, la boca, como corresponde a un ladrón educado. Los zapatos negros habían sido acogidos con afecto por mi corazón, puesto que era con ellos con los que menos me dolían mis pies planos y varicosos. Por eso están tan desgastados. Ahora manoseo, avergonzado, los cordones, y me voy quitando los zapatos. Sé que podría negarme, que no tienen derecho a registrarme, que podría llamar a la policía, aunque, es verdad, mientras tanto podría recibir también un par de buenas bofetadas … no, mejor voy desvistiéndome, humillado, con la esperanza de no haberme puesto esa mañana unas medias agujereadas. Eso sí que completaría el espectáculo. Pero no, las medias están enteras. El hombre agarra mis zapatos, que cuelgan en sus manos como dos ratas muertas, y observa mis soportes para pies planos. Antiguallas de bordes andrajosos. Evidentemente tampoco a ellos los robé aquí. Después de titubear un poco, se acerca a la caja registradora, hace pasar mis zapatos por una especie de mecanismo, y entonces se oye un chirriante sonido metálico. Me devuelven mis zapatos. Musito algo acerca de la dignidad humana y de otras cosas así, pero me abuchean violentamente. Debería estar contento de que los desactivaran. Pero no estoy contento, mientras me largo, humillado. Un anciano desactivado calzando unos zapatos desactivados.-¡Vente ya, mi querido 47, llévame lo más lejos posible de aquí! ¿Para qué demonios quise yo ver tu estación terminal?- ¿Cuán lejos te llevo? –pregunta el 47. –Pues a otro país, a otra frontera, ahí donde … -Solo puedo llevarte hasta la Plaza Deák – me contesta, objetivo. Y me lleva. Vamos traqueteando sobre los desgastados rieles.

(1998)

-Solo puedo llevarte hasta la Plaza Deák – me contesta, objetivo. Y me lleva. Vamos traqueteando sobre los desgastados rieles.

Comentario

Conocí a Ervin Lázár (1936-2006) a comienzos de los años 70, la primera vez que regresé a Hungría en lo que entonces era un pueblito, llamado Pécel, a media hora de Budapest, donde vivió entre 1971 y 1980, con su esposa, la también escritora Zsuzsa Vathy. En ese pueblito, que ahora ya es una ciudad, vivían mi abuela Elza y mi tía Noemí, las cuales ya han fallecido.

A veces me reunía con Ervin y Zsuzsa en casa de ellos, éramos jóvenes los tres, tomábamos vino y hablábamos. Ervin era un hombre gordo, de abundante y alborotada cabellera. Comenzaba entonces a escribir sus cuentos para niños, con un lenguaje endemoniadamente difícil, puros juegos de palabras, poéticos, rítmicos, lúdicos, una fantasía desbordada.

– ¿Cómo se te ocurren esas cosas? – le pregunté un día, admirada.

– No se me ocurren – me contestó, huraño -. Me paso días enteros con la página en blanco, hasta que de pronto salen una línea o dos.

Pero sí se le ocurrían. Si no, no hubiera dejado una obra tan vasta y exitosa como la que dejó, la cual lo llevó a obtener una impresionante cantidad de premios: el Premio Attila József, el Premio Literario de la Fundación del Arte, el del Libro del Año en tres oportunidades, el Premio al Libro Infantil del año, también en tres oportunidades, el Premio Tibor Déry, el Premio Soros a la obra de la vida, el Premio Kossuth, el Pro Literatura, el Diploma Andersen (Premio Internacional) y el Premio Primissima, entre otros. Sus obras han sido llevadas al teatro, al cine y al teatro de títeres. Está considerado uno de los mejores autores de literatura infantil y juvenil húngaro de todos los tiempos.

Los relatos que aquí ofrezco no son característicos del Ervin Lázár cuentista infantil, cuyo universo narrativo es alegre, lúdico, un mundo mágico para niños. Sus obras para adultos son diferentes.

Después se mudaron a Budapest y perdí el contacto con ellos. Reencontré su nombre gracias a Internet, a través del cual me enteré de su notable trayectoria, del homenaje que le hicieron en mayo de 2006, cuando cumplió 70 años, y de la conmoción que produjo en Hungría su muerte, el 22 de diciembre de ese mismo año. En menos de 24 horas hubo una avalancha de comentarios en el blog informativo que dio la noticia, de representantes de varias generaciones que leyeron sus cuentos infantiles, y que se los siguen leyendo a sus hijos.

Ervin Lázár
Ervin Lázár

El cuento breve “Zapatos”, tan logrado, parece tener sus propios impulsos. No lo llegué a ver nunca en pantalla, pero salió de mi ordenador, aparentemente sin yo tocar tecla alguna, mucho menos la de la impresora, de donde emergió como por voluntad propia. Se impuso por sí mismo, como desearía todo escritor que hiciesen sus obras. Solo que en este caso fue en el sentido estrictamente material del término, y para una sola lectora, yo. El suceso parece tal cual un cuento de él.

El texto es la representación de una realidad en la que se producen la incomprensión y la exclusión, un lugar del cual el narrador o los personajes de muchos de sus relatos se han apartado, para crear un mundo paralelo, imaginario, fantástico, que no debe confundirse con un refugio, puesto que es un espacio construido por la literatura. En el mundo mágico de la literatura los valores entran en juego, sin idealizaciones y sin triunfar necesariamente, pero están ahí, confrontándose, no como en la mediocre realidad representada, la cual se ha vaciado de los valores y del debate que podría surgir a partir de ellos.

Escrito con un acre humor y una melancólica ironía, en el cuento “Zapatos” el escritor aparece no solo como una figura marginal, sino como un ser “sospechoso”.

La humillación del individuo por el que detenta el poder, un poder muy pequeño en este caso, pero poder al fin, que el que lo ejerce sabe emplearlo no solo muy bien, sino con placer, es, una vez más, el tema central de un logrado texto de la narrativa húngara.

La humillación del individuo por el que detenta el poder, un poder muy pequeño en este caso, pero poder al fin, que el que lo ejerce sabe emplearlo no solo muy bien, sino con placer, es, una vez más, el tema central de un logrado texto de la narrativa húngara.

El narrador está vestido con ropa raída. El gran escritor que ha recibido el galardón más importante del país, el Premio Kossuth, no forma parte de la sociedad consumista que vive de apariencias, la cual, por lo mismo, no solo que no lo entiende sino que lo rechaza. Es el otro, el extranjero. Mal vestido, marginal, igual que el mago del cuento del mismo título que aquí se ofrece, pero capaz de producir los mismos milagros que él, aunque la literatura, como la obra del mago, hoy en día ya poca influencia ejerce en el público.

En la realidad representada hay una evidente carencia de derechos del ciudadano, con lo cual notoriamente están de acuerdo los clientes de la zapatería, y no hay lugar para algo que debería ser más importante que los zapatos: la dignidad humana.

También en “El mago” la realidad representada es brumosa, grisácea, mediocre. El mago, a su vez, es un ser marginal, mal vestido, aunque capaz de realizar los mayores prodigios que se puedan imaginar. Vive en una gran tensión interior, como la mayoría de los escritores cuando están entregados al proceso creador. El logrado subtexto que recorre el relato, el de la aparición/desaparición de la tela de araña, muestra la oscilación de la realidad, su ambigüedad, así como el vacilante poder de la ficción, la cual solo por momentos es capaz de transformar el mundo, el cual, a la final, en nada cambia.

Se trata de un trágico cuento acerca del auge y la caída del acto de la creación, que nos trae a la memoria a dos brillantes cuentos de Kafka, “Un artista del hambre”, en el cual el Ayunador carece de todo interés para la masa de público que pasa de largo y solo se detiene ante la jaula de la magnífica y espectacular fiera que ahí se exhibe, no ante el poco vistoso e incomprensible artista que ha apostado su vida para realizar su acto. El otro texto de Kafka que ofrece la misma perspectiva es “Josefina, la cantora”, la ratoncita que canta convencida de que con ello va a salvar a su pueblo, aunque nadie comparte semejante idea, es más, ni siquiera se dan cuenta de ella.

El público de “El mago” acepta el truco, lo inesencial, lo comercial, pero no soporta la verdad del arte, no cree en ella. Ese milagro resulta inaguantable: la creación no tiene cabida en ese mundo. Solo alguna explicación racional podría producirles a los seres que ahí se han reunido algún alivio y, ante la desesperación del artista, la pronunciación de su frase, “es algo que yo sé hacer”, solo indignación general produce, y la desbandada subsiguiente. Y entonces también aquí se cumple la realidad del arte del artista: este es excluido definitivamente, ya no solo por parte del público, sino por la misma compañía del circo, que tanto lo respetaba, aunque no lo comprendía.

Ervin Lázár murió por una mala praxis médica, luego de seis meses de hospitalización y de ocho operaciones, tal como lo describió, de una forma dramática y con una objetividad casi insoportable, su compañera de toda la vida, Zsuzsa Vathy, en el largo e inolvidable (desgraciadamente, inolvidable) relato titulado “Nuestras vidas, nuestras muertes”94. Como ya mencioné, la conmoción fue general en Hungría. Se escribieron numerosos textos de despedida, entre ellos uno denominado “Berzsián se fue”, de Gabriella Komáromi95:

Sus historias nacieron en el Redondo Bosque Cuadrado,en un

mundo que realmente era “cuadrado” y “redondo”, así como

también en la República Masokó. De cualquier manera que lo

llamara, se hizo escritor en un mundo absurdo, en el cual se

podía lograr una libertad interior, en cuyos rincones podía

reinar también el afecto y la tolerancia, donde ya uno hasta

podía sentirse libre, como Berzsián (…)

Han quedado huérfanos los habitantes del Redondo Bosque

Cuadrado. Berzsián se ha ido, tras de él va su tigre –brillante

y blanco.

Berzsián es un nombre masculino inventado por Ervin Lázár, para el protagonista de Berzsián és Dideki (Berzsián y Dideki), poeta que silba, danza y parece ser feliz. El cuento tiene una dedicatoria: “A mi hija Fruzsina, quien inventó a Berzsián y a Dideki”. En ese entonces, hoy en día ya una mujer, la hija tenía dos años y, recitando un poema para niños muy popular en Hungría, cambió de lugar una letra y, de dos palabras que tenían significado propio, nació otra, pura sonoridad, que resultó Dideki.

El escritor declaró una vez, en una entrevista: “para mí, la escritura de cuentos siempre depende de cuántos niños tengo alrededor. Ya mis propios hijos se han hecho adultos y nietos aún no tengo, así que me quedé sin ayuda en el campo de la escritura de cuentos infantiles”96

El lenguaje de Ervin Lázár es inventado, las sílabas se intercambian dentro de las palabras, o nacen palabras nuevas, sonoridades. Es un lenguaje original y juguetón. La magia que se produce es la magia de la literatura, y lo fantástico se vuelve un hecho cotidiano.

El escritor publicó su primer relato en en la revista Jelenkor (Actualidad), en 1958. Según la crítica húngara, las fuentes de su escritura pertenecen, mayormente, a su propia infancia. Sus textos fueron transcritos con frecuencia para diálogos radiales y sus obras siguen gozando de una gran popularidad, tanto entre el público infantil como entre los adultos. Su novela infantil A kisfiú meg az oroszlánok (El niño y los leones), que se publicó en 1964, fue ilustrado por László Réber (1920-2001), quien desde entonces fue su ilustrador permanente. Su única novela para adultos es A fehér tigris (El tigre blanco), publicado en 1971.

Tal como lo dice Gabriella Komáromi, “Así como lo escribió Balázs Lengyel, el verdadero cuento infantil es realmente ‘una expresión lírica’. Además, en nuestra época se modificaron los vínculos entre los géneros litarios. En la obra de Lázár son muy notables las imbricaciones entre poesía y prosa” (Ob. cit.).

Pero la tragedia que narró Zsuzsa Vathy continúa atormentándonos, porque la muerte del escritor no se debió a una enfermedad incurable, sino a una serie de decisiones y de omisiones médicas que hubieran podido evitarse :“El transcurrir del día –en casa- lo alivió el que aquellos que llamaron para preguntar por E, todos sin excepción se echaron a llorar. O lloraron largamente” ( Zsuzsa Vathy, Ob.cit.).

La escritora se atormentó por culpas que no fueron de ella, sino de un sistema de salud deshumanizado: “¿Si te hago caso, y de verdad no hubiéramos vuelto al hospital tan famoso? ¿Si acaso hubiéramos ido, quizás, a la clínica que queda a diez minutos de nuestra casa?” (p. 158). No hay respuesta para estas terribles preguntas. Lo único que cabe es volver a tomar los libros de Ervin Lázár, en los cuales continúa vivo el espíritu del autor, renace una y otra vez a partir de nuestra lectura, en medio de sus míticos personajes.

9494 Zsuzsa Vathy. “Életünk, halálunk” [“Nuestras vidas, nuestras muertes”]. En: Életünk, halálunk. Budapest, Helikon, 2006.

9595 Gabriella Komáromi. “Berzsián elment (A mesemondó Lázár Ervinröl)” [Berzsián se ha ido (Acerca del contador de cuentos infantiles Ervin Lázár)]. En: Országos Széchenyi Könyvtár – Magyar Elektronikus Könyvtár Osztály. In: http://mel.oszk.hu [ßiblioteca Nacional Széchenyi – Departamento de Biblioteca Húngara Electrónica].

9696 “Lázár Ervin: Egyszer csak író lettem”. [“De pronto me convertí en escritor”], 21 de enero de 2004. En: “Origo: Vendégszoba” (Origo:Cuarto de huéspedes). In: http://www.origo.hu/vendegszoba


Esta entrega la componen los siguientes escritos: