Traducción del húngaro y comentario de Judit Gerendas

A veces me encontraba echado sobre la colchoneta, vuelto contra la pared, y en esos casos le costaba mucho lograr hacerme volver a la vida.

Me acuerdo de que la primera vez se asustó muchísimo.

La segunda ya lo sabía. Ese día no pude escribir nada, o lo que escribí era muy malo.

Ya tomará forma, trataba de consolarme.

A veces leía lo que a mí me parecía infame y decía que, como primer esbozo (o segundo, o tercero) no era tan malo.

Yo sabía que no decía la verdad, pero sus palabras, de cierta manera, me ayudaban a recuperarme.

Una vez regresó de dar clases con un dolor de cabeza infernal. No le hicieron efecto ni los antineurálgicos ni nada. Le puse un disco de Bichevskaya, pero tampoco eso la ayudó. Ese día, al menos así lo sentí yo, en uno de los capítulos más importantes había logrado inventar algo muy bello; se lo enseñé. Concentrándose heroicamente, lo leyó, le gustó y se alegró, pero su dolor de cabeza no se alivió, se tumbó en la colchoneta (otro artefacto para dormir no cabía en el cuarto) y se quedó ahí, sufriendo.

Por la noche pasaban una película de Fellini en la televisión, Ocho y medio, ella todavía no la había visto, así que la invité a que la miráramos.

Teníamos un televisor pequeño, en blanco y negro, nos lo regalaron nuestros amigos cuando nos casamos (se opuso tenazmente al matrimonio, al que le tenía miedo, por más que argumenté que se trataba solo de un papel, que le serviría para obtener alojamiento en el balneario de Szigliget, no tendría que seguir andando ilegalmente de una casa a otra, algo ante lo cual, por lo demás, el administrador de Szigliget se hacía de la vista gorda, era un hombre de criterio amplio). No era mucho lo que se podía ver de la película en la pequeña pantalla, pero ya cuando íbamos por la mitad se le había quitado el dolor de cabeza.

Entoces dijo: eso es arte, lo que le quita a uno el dolor de cabeza, escríbeme algo que sea como esto.

Me entraron unos celos infernales de Fellini, y me esmeré en el trabajo.

Ya estaban listas las varias centenares de páginas del manuscrito de la primera versión cuando fuimos a ver a Amarcord en el cine.

Luego se descubrió que el proyectista del cine quería llegar a su casa temprano, de manera que se ahorraba algunos trozos de la película, por ejemplo la escena de la niebla, pero así y todo nos sentimos trastornados. Como debe ser, se nos aguaron los ojos al final, y ella dijo, entremos a algún café antes de ir a casa.

Nos sentamos en uno. Se tomó su café y prendió un cigarrillo tras otro.

Analizó largamente la película, y luego, inesperadamente, dijo: tu novela no es así, no lo hace llorar a uno, es una mierda.

Le dije: es solo la primera versión completa, espera la segunda, y la tercera, hasta que esté lista, ese solo es un esqueleto, después se encarna. Pero ella, quizás por primera vez en su vida, no me creyó. Defendió con vehemencia a Fellini, como si yo lo hubiera atacado, como si hubiera hablado mal de Amarcord, la cual me había conmovido tanto como a ella.

Vimos juntos a Amarcord por lo menos tres veces más, hasta que poco a poco se ajustó todo, porque los que la proyectaban siempre dejaban fuera alguna otra escena, ya nos la sabíamos de memoria, y yo mientras tanto me esmeraba en escribir una obra que le quitara el dolor de cabeza.

Fellini murió justamente cuarenta días después que ella. Fellini era ya viejo, ella aún joven. Estas dos muertes, así, una tras otra, fue como demasiado para mí. A Fellini, el hombre, no lo había visto nunca. Sabía dónde vivía en Roma, una de mis colegas de la Editorial Corvina le escribió al Maestro, en italiano, y el Maestro, milagro de los milagros, le contestó, y luego la recibió en Roma, en su apartamento. Fellini estaba en la cocina, en ropa de casa, fue simpático y le gustaba bromear, y cuando con mi esposa logré viajar a Roma y casualmente llegamos a esa calle, le dije, aquí vive Fellini, quizás podríamos visitarlo. Pero a ella el Fellini vivo no le interesaba y, además, íbamos en una gran carrera, entre un Michelangelo y el Foro.

Gradisca, Gradisca, Gradisca, murmuro ahora para mí, porque al principio vimos a Amarcord subtitulada, no doblada, y murmuro también lo mismo que el larguirucho loco sobre el árbol: Io voglio una donna, io voglio una donna.

Hace tiempo que he dejado de ser vanidoso, pero desde entonces he escrito algunos capítulos dignos de Fellini, cuando ya a ella le estaban hurgando el cerebro con toda clase de bisturíes. Trató todavía de leerlos, pero no pudo. Gradisca, Gradisca, Gradisca, murmuro para mí, y emerge en mi mente un sueño que tuve hace unas semanas. Voy junto a la ladera de una enorme montaña, la han arrasado, han excavado una enorme cantidad de tierra, como si se estuvieran preparando para colocar las amplias bases de un rascacielos, y entonces por un camino en la pradera viene Ella, y dice, orgullosa, que esa es su tumba, lo dice un poco envanecida, insolente, como si todavía también ahora quisiera llevarme la contraria, como si también ahora se rebelara contra mí; después se suaviza, en sus manos aparecen unas fotos, en las que nos encontramos nosotros, ella y yo. Miro las fotos asombrado, nunca las había visto antes, pero ella, en cambio, dice: ¿sabes cuándo nos las tomaron? ¡Dos días antes de mi muerte! ¡Verdad que somos una pareja muy guapa! Asiento con la cabeza, realmente somos una pareja guapa.

Y en mi sueño ignoro que en los meses anteriores a su muerte yo ya no la visitaba.

Aunque en verdad también en mi sueño lo sé, más intensamente que en la realidad.

Y espero que en mi sueño me visite de nuevo, pero desde entonces no viene, porque me ha perdonado, para qué vendría de nuevo.

Gradisca, Gradisca… Gradisca …

(1987)

Comentario 

György Spiró (1946), nació en Budapest. Es especialista en literatura húngara, rusa y serbocroata. Novelista, dramaturgo, cuentista, ensayista, autor de monografías académicas y de numerosas traducciones, en los años ochenta obtuvo un clamoroso éxito con sus obras de teatro, Az imposztor (El impostor), y con Csirkefej (Cabeza de pollo).

En los años noventa fue director de teatro y profesor de la Escuela Superior de las Artes del Teatro. Actualmente es profesor de la cátedra de Estética de la Universidad Eötvös Loránd, de Budapest. Ha sido historiador de la literatura y es conocedor a profundidad de las lenguas y las literaturas eslavas. En el año 2005 recibió la Cruz de la orden del mérito de la República de Hungría y en 2006 el Premio Kossuth. Es miembro fundador de la Academia Literaria Digital. Ha recibido también el Premio Attila József, el Premio Milán Füst, el Premio Tibor Déry y el Premio Pro Urbe Budapest, entre otros.

De la obra de Spiró se ha dicho que es revulsiva y desagradable y que genera una sensación penosa. No acepta el canon literario vigente y, según Iván Bächer “Su visión del mundo es simple: el mundo ha llegado a su final, Europa ha llegado a su final, la cultura ha llegado a su final. Los jóvenes son incultos e ignorantes, condiciones de las cuales se enorgullecen”65.

Álmodtam neked [Soñé para ti] se publicó en 1987 con treinta y un cuentos, y en 2000 se amplió hasta cuarenta y cuatro; esta última versión se reimprimió en 2007. A él pertenece el cuento que se reproduce aquí, un texto a la vez intenso y despojado, al mismo tiempo lleno de sentimientos y de anhelos y de expresiones de indiferencia y de crueldad, todo concentrado en un cuento que parece una poesía.

En este brillante microcuento se vivencian, en forma de diálogos, complejas reflexiones sobre la literatura, el arte y el proceso creador. Al mismo tiempo, se imbrica con otro tema central, el del sueño y la muerte, hermanados como en la mitología. Asistimos, en el final sorpresivo, al duro reconocimiento de que la protagonista femenina ha muerto y de que el narrador ha dejado de visitarla durante su agonía, a esa mujer bella e inteligente que fue su esposa y que amaba las películas de Fellini. Yo la visualizo, en mi imaginario particular, como a Anouk Aimée, tal como aparece en Ocho y medio, alta y delgada, elegante, erótica y distante.

Pero la película de Fellini que ocupa un lugar central en el cuento es Amarcord, esa obra maestra que es una exaltación a la vida, a la vez que una crítica política y social, un drama en tono festivo, con una fuerte presencia de lo irónico. Y el nombre que pronuncia el narrador, al final del cuento, es el de “la Gradisca”, que en la película es una mujer erótica, fabulosa y muy humana, sexy y romántica, interpretada brillantemente por la actriz Magali Noël. La Gradisca, en Amarcord, es soñada por los personajes adolescentes, y dentro del sueño de uno de los muchachos ella aparece mirando una película.

Problematización del proceso creador (el Marcello de Ocho y medio), muerte y sueño, incomunicación y erotismo: son los grandes temas de Fellini. Es un tour de force de György Spiró haber logrado condensar todo ello en un cuento tan breve. Al mismo tiempo, nada de esto se dice directamente en el texto, el cual apuesta por la cultura del lector, por su complicidad en el reconocimiento de los elementos que se esconden detrás del único significante al respecto que aparece en el texto: “Gradisca, Gradisca, Gradisca”, que es lo que murmura el hombre luego de la muerte de la mujer y de haber soñado con ella.

La niebla, el segundo elemento del título, es también un elemento omnipresente en Amarcord. El abuelo se pierde en la niebla, sin percibir que está justo al lado de su casa, y cree haber muerto. ¿Es así la muerte? se pregunta, y de esta manera se continúa escribiendo el cuento-poema de Spiró, elusivo, indirecto, que nos habla de otra cosa cuando en verdad nos está hablando de la mujer, de su esposa, que se ha internado en la espesa niebla y se ha perdido en ella, tal como el abuelo de la película, que piensa que quizás aquello sea la muerte, que la muerte es así, que todo desaparece y uno se encuentra solo.

La niebla envuelve la ciudad donde transcurre Amarcord y le da un toque mortecino y húmedo, en oposición al cuento, seco y duro, con un soterrado y profundo dolor oculto detrás de su textura, dándole cuerpo al texto. 

 

65 Iván Bächer . “Spiró” En: Népszabadság [Libertad Popular, J. G.], 2006, március 19. Iván Bächer (1957) es un escritor y periodista húngaro, poseedor de numerosos premios.