Judit Gerendas Kiss

Narradora, ensayista, crítica literaria y profesora universitaria venezolana

Sándor Márai : Magia

Espera un momento, te lo ruego – dijo el escritor -, te voy a contar algo de lo que hasta ahora nunca he hablado. Durante un tiempo creí que podría escribirlo. Pero luego siempre, en el último momento, me echaba para atrás: había un no sé qué atemorizante en este descubrimiento, era como cuando alguien busca una nueva combinación secreta para hacer refresco de frambuesa, y entonces, de pronto, así como un derivado, descubre la nitroglicerina.

Se trata de que … espera, acércate un poco más … hay mucha gente en este café … En fin, se trata de que descubrí que la escritura es magia.

No me mires así, tan espantado, como sin creerme. No me volví loco, al menos no más de lo necesario como para comprender la vida, verla con perfecta lucidez, y luego lograr soportarla.

2

Sí, sí –dijo, y se mantuvo sentado, con los brazos cruzados, junto a la mesa del café, con expresión seria y preocupada. – La escritura es magia. ¿Qué es la magia? … Hechizo, encantamiento. Es una mezcla de palabras, de sueños, de símbolos, de sentimientos, una mezcla desordenada de signos fascinantes, que ejercen su influencia sobre la vida, al igual que la vida tiene también la capacidad de crear palabras y de llenar de fuerza vital a los símbolos. La vida no solo produce materia y energía sin cesar, sino también sueños y signos, así como cifras sagradas que solo tienen sentido en sí mismas, palabras que carecen de valor en una fábrica o en una oficina, pero son profundamente decisivas en la configuración de una vida, de un carácter … La escritura es magia, por si no lo sabías.

Aparte de eso, naturalmente, es también algo más. Es oficio, experiencia, educación, delirio, felicidad, diversión, vocación para la grandeza, para la ampulosidad, expresión del éxtasis patológico, algo que resuena y gruñe, y, al mismo tiempo, es algo completamente despojado de palabras, silencioso y fatal, como cuando alguien en el lugar de la ejecución dice: “Sí” o “Así es”. Todo esto es la escritura, todo junto. No saben nada los seres humanos acerca de la escritura. Se compran un libro por un par de monedas, se lo leen, y deciden si les gusta o no, y cuentan que el libro nuevo fue interesante o conmovedor, o que fue dicho con palabras auténticas, aunque sencillas … No saben, no podrían saber, qué es lo que hay detrás de todo eso, con qué materiales se han elaborado, y qué clase de magia es la que al escritor y a la escritura vincula con la vida. El millón de posibilidades de la expresión las hace corresponder con el millón de posibilidades de la existencia. No saben que todo lo que está latente en torno al tema marca el destino del escritor y del libro, se mantiene todo el tiempo latente, merodeando, y a veces irrumpe y adquiere vida. Tampoco yo lo sabía, durante mucho tiempo. Ahora ya tengo algunas intuiciones. ¿Te lo cuento? … Te lo contaré, porque de todas maneras nunca podré escribirlo.

He aquí, por ejemplo, este asunto con Valér. Sí, sí, con Valér, el que se pegó un tiro en la cabeza la semana pasada. ¿Me atiendes? … También yo comencé a poner atención cuando leí la noticia de la muerte de Valér en los periódicos.

3

Creo que podemos estar de acuerdo en afirmar que Valér fue un escritor.

Estamos entre pares, es inútil hablar demasiado. La valorización del mundo es indiferente para nosotros. El mundo conoce escritores “buenos” y escritores “menores”, escritores buenos y divertidos, sublimes y aburridos. Nosotros solo conocemos una categoría, la de los escritores. O alguien es escritor o no lo es. A tanto alcanza nuestro rango. Todo lo demás es mentira, estropajo y comedia.

Valér era escritor, sin lugar a dudas. ¿A ti te gustan sus obras? A mí sus escritos me aburrían y me fascinaban al mismo tiempo. Leía cada una de sus líneas como si estuviera resolviendo un crucigrama chino, aunque ni siquiera sé chino … Me inquietaba un poco que no me diera a conocer por completo sus temas, como si yo, el lector, no estuviera suficientemente preparado, o no tuviera el corazón puro o heroico para enfrentar aquello que él estaba obligado a contar para mí. En esta relación, en la relación entre las obras de Valér, y en la relación con el lector, había algo así como un elemento que no permitía abrigar esperanzas. Naturalmente, también escribió muchas obras malas, bazofia suficiente para llenar una carretilla. Solo los aficionados escriben con cuidado y sin defectos obras perfectas. Del escritor, del verdadero, fluyen las palabras, como de los salvajes ríos de América del Sur: esa corriente arrastra muchos fragmentos y basuras, techos de casas, cadáveres de fieras, balsas con seres humanos desnudos y platos de aluminio desportillados. Se trata del todo, y el todo siempre es informe. Ya empiezo a creer que uno como mucho solo puede escribir unas cuantas líneas así, como un todo, verdaderas y perfectas. El género literario siempre se interpone entre el escritor y lo que aspira a decir, hay que ponerse a su servicio … pero esto tú lo entiendes mejor que yo. Como te dije, Valér era escritor.

El año pasado, durante el verano, vino a verme una noche. Ya la visita en sí me produjo inquietud. Los escritores no buscan la compañía los unos de los otros. El escritor está lleno de sospechas, de celos, de acusaciones, de inquietud, y al mismo tiempo es un puro deseo de comprender al mundo y darlo todo, para que el mundo lo comprenda a él. No somos seres sociables, sobre todo no lo somos con nuestros pares. También Valér llegó como si le hubieran robado algo, un reloj de bolsillo o un sentimiento, y ahora deseara hacer una inspección ocular en las casas de sus amigos, a ver si encuentra en alguna gaveta el sentimiento o el objeto perdidos …

Se sentó debajo del reloj de pared, en un sillón, balanceando las piernas, y permaneció en silencio un largo rato. Luego dijo: “Ahora llegan ya objetos también” –y se quedó en silencio de nuevo. No lo molesté con preguntas superfluas. No me dijo de dónde llegaban los objetos, si de la Tierra del Fuego o de Lisboa, y si permanecían retenidos en la aduana –no lo dijo, pero yo tampoco carezco del todo de oído, también yo entiendo algo de magia, y supe de inmediato que los objetos que “llegan” caen desde el mundo real al mundo de las obras de Valér; los dos contenidos, el mundo y el del libro, comienzan a entremezclarse y por eso es que está tan inquieto Valér. Sabía que llevaba tres años trabajando en esa gran saga familiar, que no tiene principio y nunca tendrá final del todo, como todas las grandes novelas en general, carece de comienzo y de final –más exactamente, su final será cuando la vida de Valér llegue a su final de algún modo, quizás porque ya no quiera escribir más, o se muera, o se calle, todo lo cual para un escritor es exactamente lo mismo. El escritor vive hasta que escribe. El que esto no lo sabe, que escriba operetas y visite Karlsbad cada verano, eso es muy saludable. También así se puede vivir, es más, hasta escribir. Pero no se trata de eso.

Valér balanceaba las piernas y miraba ante sí con indiferencia:

– De lo que se trata –dijo, como si respondiera a una muda pregunta, con voz nasal, un poco ofendido -, es de que la escritura le da vida a ciertas personas que pertenecen al mundo de la novela, moviliza figuras que hasta entonces vivieron simplemente en alguna parte y fundían cobre, o eran tías, o hermosas mujeres, o generales, y lo ignoraban todo acerca de su destino. Cuando uno empieza a escribir sobre algo, los seres humanos que forman parte de la temática empiezan de pronto a ponerse inquietos y, de alguna manera, se aparecen. Alguno manda una carta. Otro me invita a un encuentro. El tercero envía algún regalo, como suplicando piedad, quiere sobornarme. Del libro no sabe todavía nadie nada, solo ellos, el libro no se ha editado todavía, está metido en una gaveta, no lo conozco sino yo, el escritor, y la señora de la limpieza, la cual a veces le echa una ojeada, pero luego se aburre de leerlo, y ellos, los seres humanos, los que no han leído aún ni una sola línea de la novela, pero esa enigmática, fina y cruel llamada que es la escritura, comienza a ejercer su influencia sobre ellos, en la lejanía, o en la casa de al lado, o en la ciudad de algún territorio vecino, y entonces su destino comienza a tomar forma y de pronto salen de sus casas o hacen algo que no se puede comprender. Y yo todo esto lo sé y, al mismo tiempo, no lo sé. También yo soy solo un personaje, tanto en la novela como en la vida, llevo a cabo algo, soy uno de los creadores orgánicos de la magia, al mismo tiempo escritor, tema y personaje, diseñador de destinos, ejecutor de condenas y hechicero … Por eso es que el mundo que el escritor toca se vuelve intranquilo. Sabes, como cuando una luz ilumina las aguas profundas y los animales de cuerpos resbalosos empiezan a deslizarse y a zigzaguear sobre sus vientres y sus aletas colgantes. Es a estas aguas profundas, al oscuro y hechicero submundo a lo que roza la magia. Ahora tengo miedo.

  • ¿Por qué? – le pregunté.

–   Porque Tamás se comporta de una forma tan extraña – dijo Valér. Ocultó su cabeza entre las manos y se quedó callado de nuevo.

4

Luego agregó:

Como dije, escriben cartas. Algunas son anónimas. Otros escriben con cualquier pretexto. Hay quien me pide dinero, otro solo aspira a que lo libere de su destino adverso, el tercero se ofrece a viajar conmigo a América del Sur, para empezar ahí una vida nueva. Todos están inquietos, al igual que yo, porque la magia de la escritura ha atrapado nuestras vidas. Uno nunca sabe qué clase de material roza en el mundo cuando le da vida a un destino, cuando escribe una frase. Tamás –debes acordarte, al final del segundo tomo, el que se publicó el otoño pasado- deja olvidado un revólver en la gaveta cuando abandona la casa paterna. Bueno, yo a este revólver ayer lo encontré.

– ¿Dónde? – le pregunté, estupefacto.

– En una gaveta – me contestó, serio. – En una gaveta que no abría desde hace diez años. En un escaparate con gavetas que me dejó un tío mío … ya sabes, Ervin, el que se fue a Perú, hace veinte años. Nunca se me ocurrió revisar ese escaparate. Nunca tuve revólver, ni ninguna otra arma. ¿Para qué necesito yo un arma? Mi arma es la pluma, como suelen decir las editorales de los periódicos. Era una pistola belga, antigua, de una calidad como las de antes de la guerra. Este hallazgo me asustó un poco. Busqué la novela y comencé a leerla. En general, no acostumbro a leer mis obras. Uno regresa a su propia novela como el criminal retorna al lugar de los hechos. Hay ahí tiradas toda clase de víctimas … Cada página es ominosamente conocida. A cada línea se le ha quedado pegado algún trozo de vida… la línea primero fue vida, luego se convirtió en línea, y es posible que algún día se transforme de nuevo en vida … El público esto no lo puede entender. Uno siente náuseas cuando abre alguno de sus antiguos libros; se trata de un acto confianzudo, más profundo y más enigmático, más provocativo y más repugnante que cualquier otro acto confianzudo del cuerpo o del alma. Pero ahora tuve que abrir la novela, y me enteré de que Tamás dejó olvidada la pistola –una pistola belga, así lo leí en la novela -, que le dejó su tío, que viajó al exterior. ¿Qué te parece esto …?

Le contesté que no había en esto nada de particular. Las modalidades del pensamiento del escritor a veces le dan vida, en medio del trabajo, a recuerdos de este tipo, ya casi olvidados. Valér sabía del tío, del escaparate con gavetas y de la pistola, y en medio de la escritura decidió colocar en la novela estos elementos, porque tenía necesidad de ellos.

– Sí – dijo inquieto-. Pero la pistola era para una carga de seis balas, y faltaba una de ellas.

En ese momento también yo empecé a inquietarme.

  • Entiendo – dije -. ¿Y tú eso no lo sabías?
  • No –dijo -, te doy mi palabra de honor de que no lo sabía.

Ahora también yo me acordé de la novela. Sí, al final de ella Tamás, el protagonista, olvida una pistola en una de las gavetas del escaparate; una pistola de la cual falta una bala. Y esa bala faltante es la clave y la explicación de toda la novela. Esa bala faltante explica en la novela de Valér el destino de Tamás, el protagonista. Esa bala faltante segó una vez una vida humana, y el recuerdo de este muerto le echa sombra a la vida de todos los personajes de la novela. Ahora lo entendí, y confieso que me sentí mal.

5

Luego Valér se fue – dijo el escritor -. Ya nunca más volví a saber de él. Solo cuando leí en el periódico la semana pasada que se había disparado un tiro a la cabeza. La prensa describió con detalles las circunstancias del suicidio. Se disparó a la cabeza con una anticuada pistola belga, y la pesquisa policíaca estableció que de las seis balas faltaban dos. También este pequeño detalle fue mencionado por los periódicos como punto de interés. Y señalaron que el famoso escritor se mató de un solo disparo.

¿Lo entiendes, ahora?

Sí, tienes razón, yo tampoco lo entiendo del todo. Cuando estoy despierto, no lo comprendo bien. Es una casualidad, pienso, Valér estaba mal de los nervios, le gustaba fantasear. Despierto no quiero creer en todo esto. Pero Pascal dice -¿te acuerdas de ese trozo conmovedor, que produce opresión en el corazón, de los Pensamientos? -, que la vida es luminosa, que esa mitad de ella que transcurre en la vigilia tampoco es otra cosa que una especie de sueño, tal como cuando uno en su sueño sueña que está soñando … Hay muchos espejos detrás de nosotros, y de cada cual nos hace un gesto una cierta grotesca y conocida fatalidad … ¿Qué es la escritura? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la vigilia y qué el sueño? … ¿Qué es el mundo y qué la fantasía? Somos escritores, eso es nuestro trabajo, responder a esas preguntas. ¿Puedes creer que no es solamente el escritor el que configura la vida de la novela, sino también la novela la que configura la vida del escritor? Según Nietzsche, el remolino profundo vuelve la mirada sobre aquél que lo mira por demasiado tiempo … Pero esto ya es un lugar común. ¿Puede que el protagonista de una novela alguna vez vuelva la mirada sobre el escritor, que despertó en torno a él las sombras de todas esas existencias mágicas y, retrospectivamente, influya con su destino onírico sobre el destino del creador? ¿Coloca un arma en manos de aquél que ha colocado un arma en las suyas? ¿Se venga de aquél que lo ha hecho surgir del submundo de la nada y le ha otorgado una cierta vida y un cierto destino? ¿Es posible todo esto …? Durante el día no es posible, en el café. Pero entre el día y la noche hay un cierto espacio … ¿entiendes ahora? Es el espacio de la magia. A veces tengo un poco de miedo en ese otro mundo.

Se calló. Luego, malhumorado, agregó:

Habría que escribir algo risueño. Acerca de seres humanos felices, que tienen dinero y navegan en un hermoso barco hacia costas cubiertas de naranjos. Algo así. La vida no me da eso a mí, al escritor. Pero quizás me lo dé la magia … ¿O crees que no hay una magia tan fuerte en el mundo, que sea capaz de otorgar felicidad a los seres humanos? Pascal, que era un excelente escritor, creía que sí. Aunque es verdad que –agregó, suspirando-, se murió a los treinta y nueve años.

 

(1941)

(Traducción del húngaro de Judit Gerendas)

Presentación

La escritura de Sándor Márai (1900-1989) representa una exploración a profundidad en los más ocultos estratos de la psique humana. Sus novelas constituyen un tratado de las pasiones, lo cual contrasta, logradamente, con el carácter peculiar de esta escritura: temas candentes y dramáticos narrados en un lenguaje sereno y a través de una original construcción del texto. Con gran frecuencia se trata de una conversación entre dos, en la cual uno de los interlocutores es el que habla y el otro solo ofrece unos shifters, unos embragues que permiten continuar el relato. El personaje que escucha, el narratario, suele ocupar un lugar privilegiado en la condición de espera que caracteriza la existencia del personaje narrador, un tiempo que se convierte en espacio, en sustancia de la historia. El ejemplo más brillante es la novela, ampliamente conocida, que se publicó en español con el título de El último encuentro, en mi opinión insuficiente para todo lo que implica esta obra. El título original, en húngaro, es una bella aliteración que yo en español me atrevería a traducir como Las velas arden hasta los cabos.

Una problemática que se constituye en un serio interrogante dentro de la obra de Márai y, en particular en las traducciones, es la palabra polgár, la cual en húngaro tiene dos significados: burgués y ciudadano (y sus derivados civil y cívico). En mi opinión, en la obra de Márai se suscita frecuentemente una oscilación entre estos dos significados, lo cual no adquiere la representatividad necesaria en las traducciones. La Primera Guerra Mundial, de la que se ha dicho que es la que realmente inicia el siglo XX, lleno de horrores y de maravillas, hace estallar el llamado Imperio Austro-Húngaro y las formas de vida inherentes a él. “’Justo en medio de nuestras vidas’, escribió Sándor Márai acerca del disparo que dio inicio a la Primera Guerra Mundial, asesinando al Archiduque Franz Ferdinand de Austria”[1]. Ese punto de quiebre genera, por una parte, una corriente cultural marcada por una fuerte nostalgia hacia formas de vida que existieron hasta ese entonces, pero, por la otra, suscita un intenso impulso de transformación, que en el mundo cultural húngaro fue notablemente promovido por la revista Nyugat, (Occidente). El espíritu democrático, republicano, ciudadano y civilista marcó grandes períodos de esta publicación, la cual se contrapuso con obras de alto nivel al mundo aristocrático predominante en un país con un campesinado extremadamente pobre, en esa Hungría que era solo socia menor y nominal en el llamado Imperio Austro-Húngaro.

Es en este marco que resulta importante señalar que la obra que en español se conoce con el nombre de Confesiones de un burgués, en inglés fue publicado con el título de Confessions of a Citizen. Y vale la pena recordar que también Sándor Márai fue colaborador de Nyugat.

Citemos por la Enciclopedia Cultural Fazekas:

Durante la guerra (la Segunda Guerra Mundial, J.G.) se hizo cada vez más fuerte su convicción de que la antigua Europa había recibido una herida mortal, y que la gran pregunta era acerca de qué y cuánto conservaría “lo nuevo” de sus valores tradicionales. Fue la formulación de esta pregunta la que lo impulsó a la escritura de su Diario, comenzado en 1946. En su primer tomo representó los sucesos de 1943 y 1944, y expresó su opinión y sus ideas, a partir de los hechos, con inexorable sinceridad. Continuó desarrollando este género hasta el final de su vida; el Márai escritor de diarios es tan importante como el novelista[2]. 

Márai fue un escritor prolífico, autor de numerosas obras que, de un modo trágico, vio quebrados su modo de vida y el proceso de su escritura a raíz de su exilio de Hungría a partir de 1948. Pero, notablemente, para ese momento mucho de lo más importante de su narrativa (no así sus significativos diarios) ya estaba escrito, en plena juventud. En sus novelas aparece el concepto burgués/ciudadano con una calidad literaria y conceptual brillante, siempre oscilando entre las dos acepciones del término húngaro. No es el caso de El último encuentro, la cual claramente se refiere al mundo aristocrático y terrateniente al que pertenece Henrik y a la aristocracia venida a menos de la que proviene Konrád, cuyo padre es barón y su madre pertenece a la nobleza menor polaca. El honor, la lealtad y la traición, temas centrales en la narrativa de Márai, son asediados en esta obra en el ámbito de la aristocracia, que es el mundo del que trata con maestría la novela.

Es imprescindible citar en extenso de nuevo:

Márai consideraba que fue la burguesía europea la que creó las posibilidades para que el ser humano pudiera formular preguntas libremente y para que pudiese dudar. Pero al masificarse la burguesía y desarrollarse su afán de poder, se vuelve cómoda y obtusa. Se conforma con respuestas heredadas, ya listas, o con dudas vacías, carentes del sentimiento de que falta algo realmente importante. El que ofrece su confesión al mismo tiempo asume el nombre de burgués, en calidad de descendiente de la burguesía de tiempos anteriores, aquellos que establecieron las bases de las nuevas opciones. A pesar de todas las distancias que ya lo separan de ella. No vio nada mejor, no experimentó nada más logrado que el estado de derecho burgués, la capacidad de iniciativa de la sociedad burguesa para la organización del trabajo, el comportamiento humano social-liberal de la burguesía[3].

Su obra puede resumirse como el drama de la pérdida del mundo burgués, tal como él lo percibió, y la fidelidad a lo que consideraba que eran sus valores, así como a la tensión que logra generar en sus textos entre estos dos polos fundamentales.

El peculiar ritmo del lenguaje creado por Márai brilla de forma inusitada en obras como Música en Florencia, El último encuentro, La herencia de Eszter, Divorcio en Buda o La amante de Bolzano.

Márai escribió pocos cuentos. Es muy notable entre ellos “Magia”, el cual podría decirse que contiene el ars poetica del autor. Adquiere la clásica estructura que inventó Márai, la del diálogo centrado en una voz que predomina y otra que acota y en la que son más las preguntas que las respuestas. Pero, además, en el corazón del relato se produce un viaje a la semilla, a eso que era el valor más grande para el autor: la exploración de la literatura, su vínculo “mágico” con la vida. En el registro de lo fantástico, en este cuento eminentemente borgiano, los personajes de la ficción y sus actos se salen fuera de las páginas del texto al que pertenecen y llevan a cabo actividades en la vida real. Ahí radica el ars poetica de Márai: la pasión indoblegable por la literatura y su capacidad de vincular vida y literatura (lo cual se hace evidente en los diarios), su amor por el libro, por el hecho físico de la escritura, lo que lo vincula también con Borges, a quien remiten también, con una presencia fugaz, en este cuento, los espejos, los crucigramas chinos y los sueños en los que se sueña que se está soñando.

En El último encuentro Konrád no llega a disparar su arma. En este cuento el personaje de ficción y el escritor ficcionalizado sí lo hacen. Tal como lo hizo Sándor Márai, de un tiro en la cabeza, en 1989, cuando percibió que la degradación de la vejez y de la soledad ya no le permitirían seguir existiendo con honor y con dignidad, los valores fundamentales de su literatura. Y de su vida.

Es en la literatura en la que Sándor Márai encontró la independencia. No participó de grupos literarios ni de debates, se mantuvo ajeno al mundo social de los escritores. Esta actitud formó parte de su concepto de libertad, uno de sus más altos valores. Esa libertad que, según su punto de vista, para los descendientes de los burgueses fundadores de un modo de vida ya se había reducido solo a gestos vacíos, a los que manifestaban los jóvenes convertidos en rebeldes sin causa, que recorrían las carreteras mientras los valores eran banalizados.

El último diario, que abarca el período final de su vida, entre 1984 y 1989 es, además de profundamente conmovedor, un ejemplo de la dignidad, de la independencia, de la libertad de elegir, de asumir la soledad serena y elegantemente. Se trata de los valores acerca de los cuales escribió Márai a lo largo de toda su vida, en sus novelas, en sus ensayos, en sus diarios. Su decisión final, de no caer en manos ajenas, sin poder valerse por sí mismo, degradado por la vejez y la enfermedad, rubrica de forma dramática la verdad contenida en toda su vasta obra, con el disparo con el que pone fin a su existencia, tal como lo había anticipado poco antes en su diario con su estilo reflexivo y firme de siempre, calmo y sin titubeos. Ya su compañera de vida a lo largo de sesenta y dos años, Lola Matzner, con quien se casó en 1923, había muerto cuatro años antes, “una mujer a la que reiteradamente califica con los mismos adejtivos que caracterizaron su propia prosa: ‘elegante’ y ‘noble’”[4].

En 1990 se le otorgó el Premio Kossuth de forma póstuma. En 1995 se estableció en Hungría el Premio Sándor Márai. De Las velas arden hasta los cabos (El último encuentro) se ha filmado una película en Hungría, con el título de Parázs (equivale a brasa, ascua o rescoldo), y se han hecho numerosos montajes teatrales de la versión dramática de esta obra, escrita aún por el propio Márai, ya en el exilio. En 2006 esta obra teatral fue representada en Londres con el título de Embers y con Jeremy Irons en el papel protagónico, el de Henrik, el general.

Judit Gerendas.

[1] Ágota Steinert and Zsófia Szilágyi.”Sándor Márai”. Budapest, Translation Fund of the Hungarian Book. (Traducción del inglés de J.G.).

[2] http://enciklopedia.fazekas.hu   (Traducción del húngaro de J.G.)

[3] Tétel.info; http://tetel.info/ Márai Sándor (1900-1989)

(Traducción mía, J.G.).

[4] Antonio Lozano. En: http://www.que-leer.com

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2 Commentarios

  1. Judit Gerendas

    Ingrid, por lectoras como tú vale la pena el esfuerzo de seguir sosteniendo este blog, a pesar de las constantes caídas de Internet. Hay quien piensa que hablar de literatura en estos tiempos difíciles no es admisible. Contesto con el verso de un célebre poema de Hölderlin: ¿Para qué poetas en tiempos de miseria? (miseria en sentido espiritual; a veces se traduce también como de penuria, en igual sentido). Es una pregunta irónica, evidentemente. Porque sin poetas, sin escritores, sin arte, si una cultura renegara de todo eso, el empobrecimiento la llevaría a una muerte espiritual, a una robotización, a perder algo esencial al ser humano.

  2. Ingrid Chicote

    Me reconcilia con el oficio de escribir… Gracias por compartirnos este trabajo. Qué belleza….

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