Uno de los poemas más extraordinarios de Hanni Ossott es el titulado “Del país de la pena”, perteneciente a El reino donde la noche se abre. Creo que marca un momento en la poesía venezolana, una ruptura decisiva, quizás de una naturaleza similar a la que señaló “Derrota”, de Rafael Cadenas, en 1963, aunque no dejan de ser profundamente diferentes.

La construcción anafórica es la que le da el tono al poema de Cadenas, tan rítmico y sostenido, logrado a partir de esos que-s que se suceden uno tras otro, iniciando cada verso, señalando la fugacidad y el desamparo del hablante, hasta los tres últimos versos, que retoman la idea de precariedad con la que se caracterizó al sujeto del discurso y cierran el poema completando esa imagen.

En el poema de Hanni hay una reiteración también, pero aquí, en lugar del registro afirmativo, nos encontramos con un trémulo ¿quién soy? interrogativo que abre el texto, pero que no se queda fijo en el inicio de cada verso, sino que se moviliza ocupando distintas posiciones dentro del discurso, contribuyendo a generar el tono de asombrada exploración, de perplejidad, de reverencia ante el insondable misterio ontológico de la existencia, del ser vacilando al borde del abismo, interrogándose extrañado en medio del fluir del tiempo.

¿Quién soy?, se pregunta Hanni Ossott una y otra vez, a lo largo del extenso poema, que abarca once páginas del volumen que lo contiene. La pregunta, titubeante, se desplaza por el espacio textual, se contamina de otras interrogantes, se reitera, se refuerza con preguntas acerca del adónde, del dónde estás, del qué soy, del quién está allí, y de otras que se van agregando, en este poema que no es letanía, ni plegaria, ni elegía, aunque tiene algo de todo eso. Es, más que todo, la expresión de una voz solitaria y desnuda que asciende, conmovida, en un momento de intensa extrañeza y recogimiento.

No hay aquí apelación a un otro, sino la despojada soledad del sujeto que vuelve la mirada sobre sí mismo, aunque el mundo está ahí también, en medio de esa noche durante cuyo transcurrir la poeta emprende ese gran viaje, a lo largo del cual la acompañamos, sobrecogidos.

El poema se abre con el verso:

¿Quién soy? … “La luz que ilumina esta verja, esta tierra?”.

Y luego del largo periplo realizado, termina con los dos versos siguientes:

Suficiente.

Es la luz de la Luna lo que hoy me ilumina

Con la palabra suficiente la hablante le pone punto final al largo proceso interrogativo por el cual la hemos seguido, como saliendo deliberadamente del estado de transporte, de lúcido sueño en la vigilia. La reflexión ha finalizado, la poeta ha refrenado el amplio fluir de la palabra, ha dicho suficiente y ha colocado el punto. Junto con ella, salimos del embeleso y constatamos que, de alguna manera, ella ha logrado encontrar una respuesta a tantas preguntas. Al primer verso, en el que se interrogaba acerca de si era ella la luz que iluminaba una verja, le opone el verso último, en el que logra separar su ser, su identidad, del mundo circundante, con el cual al principio se había confundido. Ahora lo subjetivo y lo objetivo se han diferenciado, la luz pertenece a la luna y es la hablante lírica la que está siendo iluminada.

Poco después de haber escrito esta parte de mi ensayo, releyendo Las olas, de Virginia Woolf, por uno de esos enigmáticos azares que tanto le gustaban a Hanni, me encontré, sorprendida, con que en uno de los discursos de Susan, una de las protagonistas, ella dice: “Pero ¿quién soy yo? ¿Quién es ésta, apoyada en la verja (…)? A veces pienso (…) que no soy una mujer, sino la luz que ilumina esta verja, esta tierra”.

Asombrada, revisé de nuevo el poema de Hanni, y me di cuenta del bellísimo juego intertextual que ella formulaba en los versos que enmarcan su poema, un juego del que había dejado sus pistas, específicamente las comillas del primer verso, así como la referencia a la novela de la escritora inglesa en el verso “cada ola me dicta una continuidad”, y también en el que indica el más famoso de los ensayos feministas de Virginia Woolf, Una habitación propia, al decir, en otro, que “Estoy en mi cuarto, en mi ‘cuarto propio’”.

Un rapto, como dijo alguna vez la poeta, un trémulo interrogarse que se va desplazando a lo largo de toda esa asombrada exploración, pero también un homenaje, reverencial, inteligente, pensado, a aquello que más amaba, la literatura.


Esta entrega la componen los siguientes escritos: