El libro Escritura y metaficción[1], de Catalina Gaspar, es un brillante ejemplo de cómo un texto eminentemente teórico, que maneja complejos conceptos abstractos, puede resultar, en contra de una opinión lamentablemente demasiado generalizada, expresión de la pasión por la literatura y por el proceso de conocimiento de ella. Es un cabal ejemplo de la fascinante lectura que puede ser una obra de teoría de la literatura y de crítica literaria.

Escrito en una prosa de singular belleza, este libro, al mismo tiempo que demuestra una notable erudición, comprueba que es posible trabajar categorías estéticas y teóricas de evidente dificultad con un lenguaje ensayístico sugestivo y decantado. Por otra parte, el texto de Catalina Gaspar se propone el espléndido objetivo de colmar los vacíos y las negatividades que el discurso narrativo abre para el lector, propuesta con la cual se inicia la audaz exploración de la que participamos a lo largo de la lectura de Escritura y metafícción. Al mismo tiempo, el libro resulta un complejo entretejido de la teoría con el análisis de un texto, en este caso la novela El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, mediante un diálogo permanente entre la construcción conceptual que se va erigiendo ante nuestra mirada, y el estudio particular en el cual resplandece la belleza sombría de la novela del escritor chileno.

Es un hecho cierto que son relativamente pocos los estudiosos que tienen la audacia intelectual de desarrollar aportes innovadores y propios en un campo ya tan rigurosamente cartografiado por la auctoritas académica internacional como lo es el de la teoría de la literatura. Catalina Gaspar asume el reto y, a partir de los aportes teóricos como lo son la deconstrucción, la metaficcionalidad, las teorías del caos, la carnavalización y el rizoma, entre otros, elabora una sólida conceptualización personal, con sorprendente madurez y con un aliento sostenido, que remiten a una organización mental sistematizadora y a una poderosa capacidad de interrelacionar gran cantidad de aspectos diferentes. Su propuesta principal consiste en la categoría de la productividad metaficcional.

Aquello que caracteriza y pone en escena a esta productividad metaficcional es la ambigüedad, la arbitrariedad y la indeterminación, y lo que la define es el hecho de que “La metaficción no reproduce los procesos constructivos del texto -la mímesis del proceso-, es la metaficción en su carácter productivo lo que se genera como un discurso que es él mismo un sujeto en proceso (p. 80). Se trata del proceso textual de “generarse como ficción y (su) fragmentarse en múltiples biseles de un espejo trizado -el de la representatividad, el de la verosimilitud- para narrar su productividad”.

La autora se apoya con gran seguridad en El obsceno pájaro de la noche, en cuya textura indaga con pulso firme y espíritu amoroso, tanto en cuanto a su estructura desestructurada, como en cuanto a su condición de obra que infringe la idea del libro – raíz que produce una imagen del árbol – mundo, para mostrarse, en cambio, como productividad rizomática.

Escritura y metaficción le da continuidad, aunque de una manera mucho más audaz y madura, a la línea de investigación que Catalina Gaspar había iniciado, en La lucidez poética (Caracas, Fundarte, 1991), con la cual comenzó su exploración del fenómeno de la participación fundamental del lector en el proceso creador. Desde ese momento anterior hasta el de este libro que tenemos ahora ante nosotros, la escritora ha avanzado por una trayectoria inédita y de recorrido arduo, la cual le permite moverse con comodidad y soltura en medio del mundo del caos y de la “monstrificación” textual que ha detectado. Adentrarse en el juego de la ficción para pulsar las transformaciones del discurso y entrar en el ámbito del decirse a sí mismo de la literatura.

Si nos remontamos un poco más atrás, constataremos que también el estudio del caos y del diálogo que se establece entre los textos tiene raíces anteriores y responde a una actividad investigativa coherente y sostenida. Ya en su primer trabajo, en el exhaustivo y brillante estudio de la novela Abrapalabra, de Luis Britto García, titulado El universo en la palabra (publicado en 1996, en Caracas, por la Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, pero escrito por lo menos diez años antes), se exploran el fenómeno del caos entrópico, de la pérdida de los límites y de la desintegración de los mundos constituidos. Ya ahí podíamos observar la pasión lectora, el interés por establecer relaciones y por encontrar las rupturas, el fervor por comprender la escritura y adentrarse en los abismos del proceso de creación ficcional.

En esas obras anteriores se vislumbraba la madura mirada con la cual recorre la autora las páginas de El obsceno pájaro de la noche, y la mano segura con la que construye el complejo y sutil entramado teórico de Escritura y metaficción, el estudio que tenemos el privilegio de leer, ese texto que recupera la negatividad que se constituye en elemento fundante del discurso literario estudiado, en proceso dialógico, contradictorio, canavalesco y rizomático, para ir elaborando, tal como he mencionado, lo que es su principal propuesta teórica y su aporte a la hermenéutica crítica, el concepto de la metaficción productiva, la cual “construye diversas figuras que la ‘tematizarían’ sólo para mostrar que narrador (… ) y lector se construyen y deconstruyen en la productividad textual, en el espejo de agua trizado del discurso metaficcional” (p. 188).

Su notable análisis va abriendo los “imbunches” en el texto, los paquetes escriturales envueltos unos dentro de otros, hasta llegar al núcleo central, para no descubrir ahí mas que el vacío, tal cual en los “imbunches” inventados por los personajes de Donoso, esas esperpénticas viejas que guardan debajo de sus camas paquetes cuidadosamente envueltos y amarrados, dentro de los cuales solo hay más paquetes iguales, los cuales en última instancia tampoco contienen nada.

La escritora nos va descubriendo también cómo los personajes mismos de El obsceno pájaro de la noche están a su vez envueltos, como rodeados por contradictorios estratos de significación que se anulan los unos a los otros, configurando, con los demás elementos textuales, esa metaficción productiva en la cual se encuentra “un prisma constituido por plurales mises en abyme cuya especularidad no se limita a refractarla: la constituye como significancia” (p. 80).

El estudio crítico muestra la belleza de la inteligencia y la inteligencia de la belleza: “El discurso de la ficción es rizomático, genera su propio rumor, y su juego de espejos no es reproducción, ciega, mimética refracción: es creación, transformación: monstrificación de lo normado, de la ley del uno y lo mismo, de las identidades y las semejanzas (…), la ficción desterritorializa lo territorializado, lo priva de ‘raíz’”.(p. 103).

La literatura surge, desde la perspectiva del estudio, como productividad significante, como máscara, como discurso, como una carnavalización de las identidades y como un juego de construcción y deconstrucción, de ficcionalización de la escritura, en un impactante despliegue, no gratuito ni pedante, de conocimiento teórico.

La mirada de Catalina Gaspar se concentra en percibir intensamente aquellos rasgos de la escritura que le otorgan a ésta su movimiento, su fluir de contradicciones creativas, su vaivén, en un ir y venir que da cuerpo a la pasión deconstructora del texto literario, lo cual, a su vez, se convierte en el punto de partida de la pasión deconstructiva que alimenta los textos críticos y teóricos de la autora. Con gran seguridad en el desarrollo conceptual, ella teje y desteje la urdimbre de la productividad de los relatos, con una prosa que nunca pierde la belleza de la expresión, tras la búsqueda de lo que denomina el espejo opaco, aquel que no devuelve una imagen, sino que signa la diferencia, y no solo a ella, sino a su puesta en escena.

A fin de cuentas, y tal como lo dice la propia autora, lo que termina siendo “lo desnudado (de la obra) son sus heridas, sus cortes, sus fracturas internas, su carácter de artificio y de exploración, de indagación, su problemático e inacabado proceso constructivo que niega el modelo y el centro” (p. 182). A todo lo cual es, en última instancia, a lo que tenemos el privilegio de asistir a lo largo de esta deslumbrante lectura.

 

 

 

[1] Catalina Gaspar, Escritura y metaficción, Caracas, Ediciones La Casa de Bello, 1996. 230 p.