Las trepidantes narraciones marcadas por la comicidad, del escritor venezolano Ricardo Waale, recogidas en Memorias en la laguna (Caracas, Monte Ávila, 2003), nos atrapan por su humor continuado y por su contradicción fecunda, ya que el desparpajo de la escritura no oculta el dolor que también está presente en estos cuentos, signando una realidad que frecuentemente no cumple con las expectativas.

No hay compasión en estos textos, ni crueldad tampoco. Hay una risa que lleva a la comprensión o a la crítica, a la simpatía o al rechazo, a veces a la desmesura y, en algunos de los mejores cuentos, a un impecable manejo de lo fantástico. Y hay en estos textos también una fascinación por la palabra, por el hecho de narrar y por la imagen. Estos aspectos se asocian con situaciones simples y cotidianas, a los cuales el escritor contempla con mirada irreverente. En cuanto a todo eso, vale la pena recordar que, según los románticos, el humor se refiere a lo finito tratando de descifrar lo infinito, propuesta, evidentemente, difícil de materializar, puesto que es necesario manejarse en un doble registro sin que se vean las costuras, es más, ni siquiera debieran haber costuras: los dos grandes polos que se encuentran en la propuesta de esta corriente literaria (y artística y cultural) deberían estar fundidos en uno solo, tal como sucede en la obra de los grandes humoristas, y como se encuentra también en muchos de los textos de Ricardo Waale. Por otra parte, hay matices que diferencian sus cuentos de la línea romántica, en el sentido de que su humor nace del buen humor, valga la aparente redundancia. Sus comentarios, ya sean irónicos, ya se valgan de la comicidad risueña, de la autoironía, de los retruécanos, del “vacilarse” sus propias contradicciones, nacen de un espíritu alegre, del ingenio y de la imaginación. Algunos de sus personajes podrían pertenecer al conjunto de Los Tres Chiflados, y las trepidantes escenas cinematográficas se suceden unas a otras, mientras que algunas imágenes, entre la ingenuidad y la cursilería buscadas deliberadamente, pudieran pertenecer al cine mudo, con su infaltable efecto cómico. No hay una ideología detrás de esta obra, pero sí una visión del mundo, un compromiso con lo humano, con el individuo en su fragilidad enfrentado a la grave condición de ser adulto en un contexto para el cual nadie lo ha preparado. Los diversos personajes narradores, en la mayoría de los cuentos, asumen con coraje esta fragilidad.

Se trata de una refinada escritura que juega con éxito, en el filo de la navaja, a la vez con lo más humanamente cotidiano y con el absurdo más insólito, sin que se noten las marcas que indiquen el paso del uno al otro: su fusión es imperceptible. Waale trata temas fundamentales para el individuo, en el registro risueño, no con abstracciones filosóficas, sino con la representación de hechos concretos, cotidianos, materiales. También hay situaciones atemorizantes, hitchcockianas, incógnitas, seres enigmáticos, todo lo cual se va entretejiendo con inteligencia, creando con recursos inéditos lo extraño, y su aceptación como algo normal, con personajes que son, aparentemente, seres comunes y corrientes.

Hay un cierto registro menor en el estilo, el cual, a partir de ahí, logra crear una atmósfera grandiosa, pero sin pathos, carente de prepotencia, a la vez que sin complacencias con el lector, sin chistes baratos ni elementos agregados sin necesidad. El autor sujeta su propio talento, no le permite desbordarse, y conduce la materia narrativa firmemente hasta los desenlaces que cierran impecablemente sus historias.

El gusto por la palabra, por las asociaciones inesperadas y por los juegos, va generando un efecto poético a partir de simples y elementales afirmaciones, las cuales a la vez explican y ocultan lo que está pasando, o lo que ya pasó, en cada relato. En numerosos casos las múltiples asociaciones, acumuladas una tras otra, causan perplejidad en el personaje narrador, y un efecto de comicidad en el lector. En casi todos los cuentos este personaje narrador se muestra descolocado frente a las situaciones que se le van presentando, incompetente ante ellas. Y entonces el narrador se deconstruye a sí mismo, a su permanente errar el tono -queda claro que nos referimos al personaje, no al autor-, con un humor a veces dulce, a veces acre, pero con un lenguaje que siempre fluye con desparpajo.

Las estrafalarias historias, el hilarante absurdo, la tenue cursilería deliberadamente buscada, todo eso es lo que se encuentra en este volumen, así como una novedosa construcción de personajes masculinos, en cuyas características se subraya su forma de ser elemental, mientras su atención es con frecuencia atrapada por un momentáneo objeto del deseo: seres enredados, paradigmáticamente, en los distintos quehaceres de su pene, como le sucede al protagonista narrador de “Tarde en Las Mercedes”: “Me distrajo tanto que me olvidé de mi urgencia por orinar y, cuando ya me tuve que bajar la bragueta prematuramente y en carrera apenas logré apuntar a las baldosas del urinario, la miré de paso en medio de mi apuro” (p. 71). El deseo forma parte de la voluntad de absoluto del ser humano, pero el autor lo hace aterrizar –o estrellarse, más bien- en una situación de la realidad concreta, lindando con lo grotesco, en el buen sentido del término, en el bajtiniano. Lo alto y lo bajo giran como la rueda, van ocupando sucesivamente el mismo punto del espacio, y cambiando de posición hasta convertirse en un sólo movimiento rotatorio, carnavalizando el mundo, detonando los valores de la armonía clásica y generando la risa y su efecto benéfico.                  La caracterización de sí mismo del narrador personaje del cuento “Florencia”, con su tono risueño y cómico, quizás me ayude a mostrar lo que quiero decir: “pero, manteniéndome siempre muy caballeroso, decidí mejor no contarle que en ese tiempo no sólo vivía sino que estaba en mi naturaleza vivir en la calle con frecuencia” (p. 45).

Estos personajes masculinos, construidos a partir de la mirada humorística, no se eximen de mostrar su temor ante los seres femeninos que intentan seducirlos, sin soslayar, siempre en el orden de la contradicción fecunda, la intensa presencia del deseo, produciendo, con todo ello, nuevamente, situaciones frecuentemente desternillantes, que van en crescendo, potenciándose así el efecto. Historias que se construyen en un tono juguetón, en las que no es raro encontrarnos con un muchacho vagabundeando por el mundo, en actitud lúdica, a veces marcado por un tenue cinismo o por las reflexiones propias de un pícaro y, al mismo tiempo, colocado en situaciones cotidianas muy concretas, aparentemente lejos del absoluto y de lo cósmico, pero que, a partir del humor, nos muestran las contradiciones de las grandes constantes de la existencia humana.

Lo subjetivo y lo objetivo se confrontan en medio de estas contradicciones, algo así como un quijotismo y un sanchopancismo presentes conjuntamente en un mismo personaje.

La mirada irónica sobre la sexualidad marca la palabra en primera persona de algunos de los personajes narradores masculinos, palabra desde la cual se ejerce la autoironía y mediante la cual se desmitifica la posición machista, situados estos personajes en conflictos eróticos de los cuales no pocas veces salen mal parados; a veces ejerciendo sin recato alguno papeles dignos de la picaresca, o mostrando sus flaquezas, con todo lo cual nos traen reminiscencias de las figuras de las comedy capers y del gran Charlot, frágiles seres lanzados a situaciones inverosímiles.

Es necesario recordar que el humor es uno de los recursos estéticos más difíciles de manejar en literatura. Ricardo Waale lo logra notablemente, dándole forma, en los diversos textos, a una comicidad que, como todo humor de buena ley, intenta llegar a un cierto sentido profundo de los fenómenos, en el registro de la gracia, del decir ligero, liviano, risueño. Su mirada es perspicaz para descubrir el absurdo dentro de lo cotidiano y convertirlo en materia narrativa, a partir de la minuciosa puesta en escena de detalles y datos del microcosmos de sus personajes, con lo cual logra producir en numerosas oportunidades efectos hilarantes con los cuales, sin la mirada satírica de un Jonathan Swift o de un Voltaire, sin pesimismo ni condición de desengaño, nos ofrece un universo narrativo paródico construido a partir de una mirada cálida, afectuosa, levemente burlona, solidariamente crítica.

Los misterios del quehacer diario humano son objeto de un risueño narrar, a lo cual contribuye un lenguaje también cotidiano, que le permite al autor relativizar la densidad de sus historias, agregando significantes que nada añaden al tema relatado, pero que marcan radicalmente el tono del relato: “digamos”, “ni qué decir”, “compréndase”, “quién quita” y tantos otros shifters que intensifican, valga la paradoja, el anticlímax que el autor incorpora permanentemente en las historias que nos cuenta, con el fin de detonar las escenas violentas, serias o dramáticas.

Esa mirada amorosa destierra de los textos toda condición negativa, a lo cual contribuyen también los cortes distanciadores a cargo de los shifters mencionados, así como los diálogos inverosímiles, en la mejor tradición de los equívocos de la alta comedia clásica. El narrador no se enfrenta a sus personajes ni a las situaciones en las que los ha colocado con una visión de denuncia, sino con los juegos de lenguaje que le permiten llevar adelante regocijantes enredos en torno al erotismo, a la identidad y a los desencuentros, para lograr, en la mayoría de los casos, unos cierres de trazo rápido y certero, construidos con pulso firme, y que nos descolocan, como lectores, ante desenlaces sorprendentes e inesperados.

Todo ello está al servicio de la mirada que desautomatiza la compleja realidad inmediata, para lo cual el autor se vale también del recurso de la cursilería, deliberadamente escogido para desenmascarar una realidad mediocre o trágica. En sentido inverso, hay también una visión irónica de la cursilería, tan presente en cierto sector de nuestra cultura.

El narrador crea protagonistas que hablan en primera persona, pero que, en general, no intuyen los problemas en los cuales se van introduciendo. Este narrador, al mismo tiempo, posee una notable capacidad para elaborar complejas motivaciones afectivas, problemas existenciales angustiantes y contradictorias situaciones de difícil resolución, sin grandilocuencia alguna, sin solemnidad, deteniéndose en los diversos matices, para a partir de esa visión conjugar conceptos que no se corresponden entre sí, lo que produce el efecto cómico, la risa puesta al servicio de la desmitificación de los estereotipos y de los lugares comunes.

Adentrándonos en la temática del volumen, llama la atención el papel primordial que tiene en varios de los cuentos el motivo del correo, la fascinación por todo lo relativo a lo postal. La escritura ejerce su seducción desde su materialidad expresada en cartas, desde la oficina de correos que sirve de mediadora entre emisor y destinatario, desde los sobres, a su vez sugestivos y misteriosos, contribuyendo todos ellos a un mundo muy peculiar. En el brillante cuento fantástico titulado “Manuscrito”, con el que se abre el libro, una misteriosa carta y un sello postal exótico vinculan al personaje narrador con un mundo insólito. Esta misiva forma parte de un conjunto de cartas que no llegan a destino, en varios de los cuentos, y que tienen destinatarios inciertos. Pero lo que interesa en este cuento (¿en este libro?) no es el mensaje de la letra, sino el signo, la materialidad del significante, en este caso el sello, que es lo que termina generando el mensaje. De tal manera que lo importante no es el significado, no es el hecho de la comunicación, sino la sustantividad del objeto: “Recuerdo que en un principio no me pareció importante abrirla, sólo conservarla intacta como la recibí”, (p. 5), nos dice el narrador.

En “Misiva para Kenia” nos encontramos de nuevo con la pasión por las cartas y el correo. En parte la historia transcurre en una oficina postal, y las cartas cerradas representan una forma de los juegos de azar. También aquí lo que interesa no es lo que se comunica, sino la materialidad del documento, la escritura como proceso en sí mismo, el texto como manuscrito: “los tipos de letra, la calidad de los sobres, la forma ordenada de elegir y colocar las estampillas de nuestra fauna o flora” (p. 29).

En este cuento se produce un viraje en relación al canon occidental predominante desde comienzos del siglo XX en cuanto a la burocracia, corriente que llega a su culminación, sin lugar a dudas, con Kafka: aquí, en un proceso de sentido contrario, se produce la humanización del correo, su transformación de ente institucional en vivencia personal individualizada, en campo para la creatividad personal. La preocupación del personaje narrador de este cuento se refiere al hecho de que la comunicación de la cual es portadora una carta en particular probablemente no se cumpla. De alguna manera considera a la carta, al correo y a la comunicación misma a algo similar a lo sagrado. A partir de este hecho se produce la hilarante anécdota del funcionario postal que va a visitar a la remitente de la carta, haciendo una investigación en torno a ésta, cual crítico literario, a sus signos, a su destinataria, a las posibilidades de su transmisión.

En “Florencia” hay cartas y tarjetas postales que se cruzan, que traen, esta vez sí, un mensaje, recuerdos de lo que se ha vivido, aunque en el destinatario, que esta vez es el propio personaje narrador, no hay voluntad de respuesta, ni de articulación con lo que ahí se rememora. En “Carta al alcalde” la comicidad se produce en relación a las características del discurso, y encontramos también en este cuento la formulación de una especie de poética, tal como estamos caracterizando el tema de lo postal, en el sentido de que “la carta en cuestión no abría canales de comunicación y entendimiento” (p. 110). Finalmente, en “Historia encontrada en altamar” se cierra el ciclo de cartas que no llegan o no generan información o son esperadas inútilmente.

Previamente, en el segundo de los cuentos del volumen, “Extraña vecindad”, el cual forma parte del conjunto de los relatos fantásticos, desde una situación de muerte en vida, las cartas quedan inconclusas: ahí empezábamos ya a percibir que detrás del tono humorístico y festivo se escondían sombríos dramas humanos, como el de la incomunicación, que deja de estar enmascarada y sale a la luz pública, tan logradamente metaforizado luego en varios de los relatos del volumen.

Otra importante característica de estos cuentos es su cosmopolitismo. Los narradores personajes andan casi siempre en lugares exóticos y se vinculan con objetos igualmente exóticos, como la estampilla de la carta de “Manuscrito”, en la cual se encuentra representada la sala hipóstila de Karnak. A su vez, el manuscrito está fechado en una ciudad llamada Mahalla al-Kubra, y lo que se narra en el cuento sucede en Berlín. Un enigmático personaje pronuncia alguna palabra en griego, todo lo cual crea una sugestiva atmósfera, la cual se potencia con la familiaridad con la que nos son presentados estos lugares, sin distanciamiento intelectual o afectivo alguno. Una frase incidental que no aclara nada establece la incógnita: “Aunque no hablamos de ella directamente (,,,)” (p. 6), abriendo el enigma acerca de esa “ella” que sólo al final sabremos quién es, o, más bien, qué es. El exotismo se intensifica al develarse el misterio: la historia ha girado en torno a la famosa escultura de Nefertiti, y a la eterna seducción que ejerce.

En “Plataforma dos”, quizás el mejor de los cuentos del volumen, nos encontramos en la ciudad de Stuttgart, cuyos espacios el autor logra llenar de vida con solvencia. Este magnífico cuento comienza situándonos dentro de lo fantástico, aunque todavía no lo sabemos, caracterizando un cierto tiempo: “En el tiempo de la vida todo se olvida”. El texto, cuyo final tan logrado no vamos a revelar, está marcado por unas amorosas imágenes que remiten a los cuadros de Chagall, los cuales a su vez nos remiten a lo poético, pero también nos van vinculando ya con la muerte, con la imposibilidad de la comunicación y con la pérdida: “una serena muchacha saluda en un campo la silueta de un hombre que se pierde a lo lejos dentro de un fantástico juego (…) (p. 84).

El dato escondido y el consiguiente final sorpresivo están excelentemente trabajados, al igual que en “Manuscrito”, del que ya hablamos, y en “A Cleotilde”. En “Plataforma dos” la construcción y el desarrollo de este dato se manejan sin desperdicio. El suicidio del que se habla pareciera no tener mayor importancia, a partir de un nudo narrativo muy bien amarrado. Es brillante el tramado del cuento: nada se nos ha explicado, y el sorpresivo desenlace, con su tono neutro, es impecable. La ambigüedad de lo fantástico se mantiene constantemente en el registro de lo real, en una excelente construcción arquitectónica, en la cual, en retrospectiva, todos los elementos encajan significativamente, aunque de una manera imperceptible en una primera lectura. El narrador personaje nos ofrece una dramática visión sobre el vivir y el morir, entre los cuales el límite es sólo una delgada línea. Percibimos en este cuento el constante coquetear con la muerte, la voluntad de investigar sobre ella, así como un espíritu de desapego de la vida. En cierto momento se produce el giro narrativo hacia lo fantástico, aunque, una vez más, los lectores todavía no lo sabemos, a pesar de la excelente acotación subjetiva, entre paréntesis, como debe ser, que concentra tanto dolor, aunque nosotros seguimos sin saberlo: “Afirmaron testigos atentos (yo estaba tan distraído …) que el cuerpo con el impacto dio una vuelta en el aire cayendo luego sobre la plataforma” (p. 83). Aquí, en este momento, ya se ha producido plenamente el hecho fantástico, que solo se develará en la última línea del cuento.

Así como el narrador del primer cuento, “Manuscrito”, se embelesó por la Nefertiti, el segundo, en “Extraña vecindad”, lo hace por algo tan extravagante como una tos escuchada desde el otro lado de la pared, en una suave burla al romanticismo. Como en el famoso texto de Oscar Wilde, El fantasma de Canterville, también en este cuento los fantasmas se desplazan por el mundo con naturalidad, participan de la vida, y van cambiando de hábitos, hasta que finalmente asistimos al afantasmamiento del propio narrador, y terminamos por llegar, una vez más, a un sorpresivo y logrado detonante final.

La parodia al romanticismo está aquí, como en tantos otros detalles, muy lograda. De las patéticas historias de mujeres tuberculosas ahora solo queda una tos. Se trata de nuevo de una brillante construcción arquitectónica, en el que todos los elementos cuadran. El autor actualiza el romanticismo más extremo: “En fin, que el amor del héroe por la muchacha caída es incompatible con los principios morales de una sociedad burguesa (pensé: ‘Si Dumas hijo la oyera?)” (p. 18).

Dentro de este contexto, en “Extraña vecindad” se van produciendo ausencias incomprensibles, sobrenaturales, y se termina llegando a la soledad. Desde la muerte en vida, ahora las cartas quedan inconclusas. Lo fantástico instalado en el edificio, en lograda parodia de lo que es un condominio, en un espacio aséptico e impersonal, la cotidianidad y lo fantástico se funden. El edificio cada vez tiene más apartamentos vacíos, cada vez desaparecen más personas, al igual que en la vida, de la cual se van desprendiendo los muertos, aunque algunos fantasmas se van quedando, para continuar sus historias. Dentro de la parodia del romanticismo, resulta significativo el papel de las flores, a tal punto que el personaje narrador recibe una, cada mañana,   de un fantasma. Al lado de lo sublime, que es también característica central de lo romántico, convive la irónica mirada realista, que hace estallar en fragmentos la fábula de lo grandioso, al terminar equiparando lo sobrenatural con el aseo cotidiano, simplemente: “tanta limpieza por todos lados, y entonces claro, la higiene siempre tiene algo de sobrenatural cuando llega a niveles inmaculados” (p. 13).

La apuesta final de este cuento es central para el libro, cuya propuesta más profunda, sin entrar en contradicción con el humor, sino emergiendo de él gallarda y airosamente, consiste en postular la libertad del no existir, o de existir en otra dimensión, cortazarianamente, bajo el imperio de otras leyes. El logro está, como ya hemos dicho, en que todo lo sobrenatural transcurre con entera naturalidad, sin elemento místico alguno.

La fascinación por la palabra, por el hecho de narrar, por la imagen, todo ello en torno a lo cotidiano, es la constante de estos textos. Y no olvidemos que el autor ha titulado su libro Memorias en la laguna, nombre que no remite a ninguno de los cuentos del volumen, como es lo usual, sino a un nuevo y sugestivo juego de palabras, mediante el cual éstas últimas colman el vacío y le dan un sentido al olvido, en un nuevo giro del significante, para producir un nuevo significado: evidentemente el título se refiere a la conocida frase “lagunas en la memoria”, a la cual Ricardo Waale vuelve del revés, como si de un guante se tratara, deconstruyendo, una vez más, los estereotipos.

La vida es un audaz juego en contra de la muerte, a la vez que contiene dentro de sí la seducción por esa misma muerte, el perenne coquetear con lo ineludible. En este sentido, de nuevo una frase estereotipada, tomada de “Extraña vecindad”, la de “ganarse la vida”, lleva sobre sí un sentido macabro que no entendemos en el momento de leerla: solo al final nos daremos cuenta de que, por el contrario, se ha “perdido la vida”.

La pasión por la vida adquiere, igual que en “Plataforma dos”, un carácter paradójico, todo lo cual está siempre centrado en el sujeto que narra, ese yo construido por el autor, que nos habla desde cada cuento situado en medio de desencuentros, mostrando la forma frágil del ser, la sensibilidad subjetiva enfrentando con humor un mundo inexplicable y absurdo.