Decir que Martha Kornblith fue mi alumna es solo un decir. Siempre llegaba tarde, ya iniciada la clase, y entraba como de soslayo, de medio lado, tangencialmente. Se sentaba al borde, en algún pupitre marginal, a la orilla, y me miraba con sus ojos grandes y vulnerables, ya vulnerados, me miraba intensamente, duramente. Unos ojos como de actriz dramática de las de antes, como los de Sarah Bernhardt, o los de Theda Bara, como exigiendo algo, o quizás rechazando algo. A mí me perturbaban y me angustiaban, se me dificultaba dar la clase, hasta que lograba mirar hacia otro lado, y entonces ya mis palabras fluían naturalmente, aunque sabía que su mirada seguía ahí, inexorable.

Siempre deseé hablar con ella, intentar escuchar su voz, a la que no conocía, puesto que nunca intervenía en clase. Hubiera querido decirle algo que apaciguara su mirada, solicitarle que se diera un respiro, preguntarle para qué venía, si ni siquiera estaba inscrita en el curso. Pero nunca pude hacerlo, porque así como llegaba tarde se iba antes de que la clase terminara, yéndose de soslayo también, como si solo hubiera sido un fantasma de grandes ojos que hubiera hecho repentinamente su aparición y, en determinado momento, se hubiese esfumado, disolviéndose en la nada, sin haber formulado ninguna pregunta, sin haber aceptado ninguna palabra. Ella instauraba una ruptura en mi clase, ruptura que solo yo percibía, porque era en mí en quien tenía clavados sus ojos, y era yo la que observaba el gesto previsible que antecedía a su sigiloso levantarse del asiento y su rápida y tangencial salida del aula.

De manera que, en verdad, no creo que pueda decir que Martha Kornblith hubiese sido mi alumna. Sí puedo afirmar que tuvo una presencia en mis clases, y una ausencia aún más marcada.

Ese diálogo que no se dio es el que pretendo entablar aquí con la extraordinaria poeta que fue Martha Kornblith, a partir de los tres brillantes libros que nos dejó: Oraciones para un dios ausente (1995), El perdedor se lo lleva todo (1997) y Sesión de endodoncia (1997), estos dos últimos, ediciones póstumas. Textos de títulos dramáticos y extraños, en los que la autora reunió aquellos objetos que más amó y que fueron el motivo de su existencia: los poemas que escribió, las palabras que no pronunció, pero que organizó en composiciones que constituyeron su presente, ese tiempo vital que fue el único que reconoció, luego de desechar el pasado y de clausurar las opciones para el futuro, tal como durante mis clases, en las que expresaba de manera física la falta de continuidad, un presente siempre renovado que aparentemente no conducía a ninguna parte, aunque a fin de cuentas ella llegó, al margen de esas clases, a las que quizás ni siquiera escuchaba, sólo miraba, a la escritura de estas tres obras perdurables, situadas en el fluir del tiempo, desprendidas del presente imposibilitado del vínculo con el antes y el después que fue el tiempo de ella como ser humano. Son trabajos de construcción, de estructuración orgánica, esos tres volúmenes con los que Martha triunfó sobre la dislocación y el mutismo que marcaron su trayectoria existencial.

La poeta, nos lo dicen sus textos, está consciente de este triunfo, sabe que ese es el único camino que puede recorrer antes de despeñarse en el vacío, y por eso mismo explora el proceso de su escritura, una y otra vez, para comprender que sólo ahí puede fundar un espacio en el que todo lo hasta entonces inexpresable adquiera cuerpo mediante la palabra:

Hoy termino de aprender

que no hace falta

sólo un íntimo comienzo,

la palabra conclusiva

que lo vincule

y lo enlace todo,

que para escribir un poema

(dulce y ahito recodo)

hace falta fundar

en las estrofas

un lugar donde permanezcan

nuestros silencios 1.

La construcción del poema es un reto que ella enfrenta con coraje y sabiduría, con una increíble capacidad de intuir su propia verdad:

adentrarse en el punto decisivo

en que se cruza el verbo y

la mirada.

De este valor y de este profundo conocimiento de sí misma nace su orgullosa y apasionada visión acerca de sus poemas, dentro de los cuales se gesta el tiempo que se transforma, aquello que se le escapaba en la existencia.

En un logrado y escalofriante dominio del lenguaje poético y de su composición firme y segura, entremezcla los elementos que representan la cotidianidad del poema con aquellos que remiten a la cotidianidad del suicidio, un proceso que se constituye en hilo central de muchos de los textos que leemos, sobrecogidos.

El horror del mundo está ahí, aullando, y ella no se escurre, lo enfrenta, demuestra la profundidad de su cultura y de su sentir, y participa como tercera voz en la polémica entre Theodor W. Adorno y Günter Grass acerca de si es posible o no seguir escribiendo poemas después de Auschwitz. Con su mirada fría e irónica habla también de los poemas sobre las infancias, a los cuales desecha, me imagino que sin parpadear siquiera, para luego abocarse a fondo, crudamente, a la exploración del mundo de una clínica psiquiátrica, en el lúcido y alucinante poema titulado “Clínica Monserrat”.

Pero su objetivo principal, siempre, es la construcción del poema, el poner un orden personal en el caos que ofrecen las palabras. En lo que podría ser su ars poetica, nos dice:

invento nombres de ciudades, no porque signifiquen, sino

para darle un ritmo al poema (p. 72).

Al que luego completa de una manera mucho más feroz:

(…) un café citadino. En él varios poetas se

interesan por el suicidio como una elección personal de la muerte.

Martha Kornblith va analizando también el vínculo entre sueño y poema, siempre en función del proceso de creación de este último. Y llega a una dramática conclusión: son los poemas los que han de vivir, no la poeta. El valor más grande para ella es ser como el hilo de una metáfora y sostener la fe en la escritura.

En Sesión de endodoncia, su último libro, también se lleva a cabo, de una forma más extrema aún que en los dos anteriores, con la honestidad y el dolor que caracterizan a esta escritura, la exploración del poema. Hasta el final es por él la apuesta, aunque el penúltimo poema de su último libro contiene ya una tristísima despedida:

Adiós, poema, adiós

he tratado de explicarme el cielo

he bailado con un poeta

en noches ebrias.

Adiós, poema, adiós.

Nunca más seré poeta

nunca más seré poeta2.

El perdedor se lo lleva todo, tendríamos que decir, angustiados ante el inexorable final, repitiendo el título de ese volumen tan logrado, tan unitario y orgánico, en el cual la poeta lleva a pulso, en un tono de apostador avezado, el hecho de ser una existencia frágil lanzada a un mundo falso, aunque seductor y atractivo, ese Las Vegas que es metáfora del mundo entero. Una existencia arrastrada por un perenne juego, aunque no lúdico, sino el del duro confrontarse del póker o el del azar deslumbrante y hueco de la ruleta.

El falso mundo artificial del casino ofrece consuelos también falsos para tanto dolor, en medio de las luces y el glamour. Detrás del brillo todo está devaluado, incluso la belleza de la poeta, la cual apenas serviría para ser canjeada por una ficha más.

Este original y audaz universo ficcionalizado le da unidad y carácter narrativo a este poemario tan logrado, de profundas resonancias psicológicas y filosóficas que se confrontan con el ámbito voraz, hipócrita y excluyente de Las Vegas, hecho para aturdir a los seres humanos, triviales y obsesionados, que concurren ahí ávidos de dinero y de emociones artificiales. Todo eso representa la vida y el mundo a los que la poeta no quiere pertenecer, un vacío saturado de apostadores alienados, que aceptan las reglas de un juego perverso que les viene ya dado y que ellos no cuestionan.

Las Vegas expresa la ruptura con la realidad, pero no por parte del individuo, sino de parte de la sociedad, la cual ofrece un mundo artificial –la locura organizada – en bandeja de plata.

Camino a Las Vegas va la poeta, para incorporarse a ese mundo falso, irreal y egoista, construído por los seres humanos de espaldas a una realidad otra, aquella en la que no hay qué derrochar, ni se alimenta frívolamente con dinero, no a las personas, sino a las máquinas tragamonedas.

El conjunto de seres superficiales y triviales que ahí se han reunido ostenta un lujo obsceno, que remite a la decadencia del imperio romano, un lujoso mundo corrupto, falso y explotador, dirigido por mafias poderosas. Un mundo en el que se apuesta por el todo o la nada, en el que no hay matices.

La poeta se enfrenta a este universo, puesta en abismo del mundo entero, el que está más allá de Las Vegas. Asume con valor el jugarse el destino, como en la vida, y sabe que va a perder, puesto que lo ha apostado todo. Mientras tanto, el casino sigue haciendo su llamado, similar al que hace la vida:

Pierdan Hagan sus apuestas3

Martha Kornblith era una persona muy culta. Nada es casual en sus poemas, nada surge ahí de una manera inconsciente o irreflexiva. Por eso no estoy de acuerdo con lo que dice Fernando Yurman en su ensayo “De ruletas y desiertos”, aparecido en la revista electrónica Kalathos4 , en el que, hablando de El perdedor se lo lleva todo, afirma que

Ese pequeño poemario, casi casual, permite admirar la desprevenida y aguda percepción social que reciben las fronteras del alma, la lucidez que tiene en sus límites la subjetividad. Desde ese mirador descuidado, fuera del tiempo, parecen advertirse las lontananzas mayores de una sociedad, el verdadero rumor sordo de la historia.

Casual y desprevenida, nos dice el escritor, autor de tantas obras brillantes. Pero si recordamos que Hemingway publicó en 1933 un volumen de cuentos titulado El ganador no se lleva nada (Winner take Nothing), el cual contiene catorce relatos, ninguno de los cuales lleva por nombre el del libro, tendremos que convenir en que el libro de Martha de ninguna manera es casual ni desprevenido, todo lo contrario, es un deliberado diálogo con lo que más valorizaba, con la literatura, y con un texto muy poco conocido, a pesar de que su autor lo es en demasía.

Los cuentos de ese volumen de Hemingway, entre los cuales no está ninguno de sus más valorizados, tratan de seres solitarios, algunos de los cuales luchan sin éxito contra el azar; otros se suicidan porque están desesperados, como lo narra el personaje de “Un lugar limpio y bien iluminado”, el que, cuando alguien en el café en el que se encuentran le pregunta que por qué el protagonista estaba desesperado, se limita a contestar que “Por nada”.

El pesimismo y el nihilismo recorren las páginas de este texto de Hemingway, en el cual la palabra más reiterada es nada, a tal punto que hasta el Padre nuestro se reescribe de esta manera: “Nada nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre, nada a nosotros tu reino y hágase tu nada así en la nada como en la nada”5.

La visión disolvente (válida, por supuesto) de esos textos no aparece en el volumen de Martha Kornblith, la cual construye con el material que ha imaginado en torno a Las Vegas un universo coherente, visto con una mirada crítica e irónica. Su ironía comienza con el título mismo, al tomarlo de Hemingway, en brillante demostración del manejo de la intertextualidad, y lo vuelve del revés, como un guante que se voltea, y le da otro sentido: connotar el mundo que ella narra por medio de su poesía, un universo falso, automatizado, corrupto, prostituido, cursi, sin valores y vacío. Su libro no es una sumatoria de poemas, sino un texto orgánico, estructurado con mano firme y una lograda composición, por medio de la cual la autora pone en escena un mundo erigido sobre el desierto, la locura social materializada, endogámica, autosuficiente y encerrada en sí misma. La poeta lo ve desde afuera, con su mirada inquisitiva, capta tanto su esencia como sus detalles, y con todo ello su coherente universo, que habla de la locura del otro, de la sociedad que así se manifiesta.

No es el único espacio organizado socialmente que la poeta somete a la crítica y deconstruye despiadadamente. Ya lo había hecho en relación a las clínicas psiquiátricas y a su horror institucionalizado, socialmente aceptado. Ahí mostró la pérdida de la libertad, el encierro, el anhelo de salir de entre esos muros inexorables, el espanto ante los tratamientos y ante los médicos, a quienes les muestra su poesía, la cual dice más verdades, según ella, que el discurso científico.

Constata que ahí nacen sus mejores metáforas y afirma, rotunda y audaz, que es el delirio lo que le permite sobrevivir en ese lugar. Sin embargo, ni siquiera en los momentos más dramáticos ella pierde una visión equilibrada sobre este otro mundo construido por la sociedad, y reivindica algunos aspectos que considera valiosos de la Clínica Monserrat.

A lo largo de su obra se explora la alienación del alienado, en sus dos acepciones. La alienación como dependencia, sujeción a otros, extrañamiento del propio ser y cosificación en manos de sujetos que convierten al individuo en objeto; y la alienación como locura, también como extrañamiento de sí mismo, aunque en otro sentido. La poeta combina sabiamente las dos acepciones, deconstruyendo, sin necesidad de recurrir a Foucault, la relación de la llamada locura con el sistema social, mostrando la cruel condición resultante.

De ahí nace su convicción de que la locura está agazapada en todas partes, tal como lo está en el trasfondo de Las Vegas, y que a la institución del manicomio se llega a causa de que existen instituciones como ese vasto conjunto de casinos.

El haber sido capaz de darle forma a la locura, algo que de por sí carece de forma, el coraje y el talento de materializarla en palabras, le otorga un excepcional valor a estos textos. Así es capaz de decirlo la poeta en El perdedor se lo lleva todo:

Las Vegas es la imagen de un enfermo mental

manejando una máquina automática (p. 16).

Erguida en su coraje, afirma aún que no ha perdido, puesto que tiene todavía su nombre –el que fue pronunciado por el padre- y tiene su camino, al que está dispuesta a asumir, cualquiera que sea.

Es en Sesión de endodoncia, ya citado, en el que la hablante lírica constata, cruda y escuetamente, en brillante poesía, que ha perdido tanto lo objetivo como lo subjetivo:

Hoy

se me ha perdido el mundo.

Es a mi propio extravío

lo que busco6

Y entonces hace su aparición la tenue y frágil condición que separa de la locura, aquello que ya se venía anunciando desde Oraciones para un dios ausente. Ahí comenzó ella a buscar la palabra que salva de la locura, ahí apeló a Van Gogh, con quien compartía el don creador y la locura autoagresiva, haciendo referencia al acto famoso de la oreja cortada. Y ahí nos habló del horror del manicomio, aquel en el que estuvo el gran pintor, al mismo tiempo que rememora el manicomio de la esquina que veía en la infancia. Nos habla de la seducción que sentía por ciertos locos famosos, todo lo cual confluye en uno de los poemas más dramáticos de todo el conjunto de los tres libros, al que ya hemos mencionado, uno de los pocos que tiene título: “Clínica Monserrat”.

En este texto se nos habla de un despojamiento extremo. Aquí sí se ha perdido todo, y el perdedor no se lleva nada. Es un mundo artificial, igual que Las Vegas, del cual se ha extraído todo lo que permite el impulso vital, y se muestra la degradación que puede llegar a sufrirse en una clínica psiquiátrica.

En Sesión de endodoncia la poeta está ya derrotada, y su condición es sumamente trágica. Considera a su propia biografía desdeñable, y avizora un pasado autista. En brillante juego lingüístico, oximorónico, explora el proceso de la pérdida, el cual ya se ha cumplido, ahondando cada vez más incisivamente en su condición, aunque sigue apostando por las palabras hasta el final, por la libre elección que ha hecho en su vida, por la única decisión que ha tomado, la de ser poeta, un antídoto frente a la soledad, una forma de resistencia ante el mundo que excluye, así como ante el mundo interior en desintegración, en el cual todavía su fortaleza psíquica y su aferrarse a la lengua le permite seguir profundizando, sin piedad y sin temor.

La condición de poeta continúa siendo sagrada para ella, y por eso mismo critica acerbamente la decadencia y la degradación de aquellos poetas que han devaluado su palabra, al igual que su existencia. Pero ella sigue nombrando todo aquello en lo que cree. A partir de su visión irónica sobre los poetas su tono se vuelve conversacional, en medio de un choque de fuerzas verbal, durante el cual nunca deja de mencionar el suicidio como una elección válida.

En El perdedor se lo lleva todo en algún momento nos damos cuenta de que los perdedores, a fin de cuentas, son los poetas, pero también de que son ellos los que se lo llevan todo. Es ahí, en ese presente tan avasallante de Las Vegas, donde la hablante lírica logra producir la ruptura del tiempo y rememorar, por fin, aquello que ha perdido, el paraíso de la infancia, el cual reaparece a partir de la palabra poética.

En medio del grupo de seres artificiales, de gerentes obsecuentes, de ancianas y de jovencitas que entran en el trueque de las mercancías, surge una dramática figura que rompe la construcción anafórica en los tres últimos y sangrientos versos de uno de los poemas. El juego de dados ahí ya no es una actividad frívola, sino un hecho de vida o muerte:

y en el fondo un poeta ilustre

jugando a los dados

ebrio en su sangre .7

En “Saga de la familia”, de Sesión de endodoncia, se nos habla de la multiplicación de las poetas, las cuales se hallarían en todas las casas, para cumplir con la exigencia de escribir la saga de la familia, al mismo tiempo que la hablante nos confiesa, dramáticamente, su incapacidad para hacerlo, así como su convicción de que pronto también ella se incorporará a esa saga. Ciertamente, en el angustiante final, se produce el corte de la comunicación y el incorporarse de la poeta a la fila de los muertos.

En Sesión de endodoncia, tan marcada por la derrota y la tristeza, se nos dice que la vida es un lugar común, que lo es desde el momento mismo en el que se inicia, y que es ese lugar común, y más nada, lo que exploran contínuamente los poetas. Algo constituido por la pobreza de elementos, y también por la angustia, aunque

(…) ellos aman los buenos

vinos y las mansiones como a

los libros8.

A este anhelo se contrapone la terrible imagen del poeta como cuervo y la dramática afirmación de que ser poeta equivale a suicidarse, en el desgarrador poema que es su despedida de la vida, dirigida, finalmente, a su madre, a la cual termina por nombrar, sólo cuando ya no hay vuelta atrás, cuando se han acabado las palabras. Aquellas que fueron objeto del sueño, aquellas que nunca pudieron ser pronunciadas. Ya en Oraciones para un dios ausente la poeta nos había contado de su incapacidad para hablar, ni siquiera en el psicoanálisis, al que tanto ha recurrido.

El centro de su universo, aquí, abarca sólo un mínimo conjunto de palabras y a seres que no se definen como sujetos, reducidos a apenas unos pronombres personales (tú, él, ella, yo) que designan a sujetos indefinidos que fracasan en la comunicación.

Ella considera hablar cuando alguien se lo pide, quizás su psicoanalista, y en algún momento nos dice que los poemas se hacen a partir de una palabra, a la cual no quiere mencionar, por el bien del poema, pero del cual intuimos que es la palabra amor. Es la palabra negada, tachada.

La poeta es capaz de anticipar las palabras y las frases, que son el eje central de sus textos, esos significantes que se proyectan más allá de sus significados.

También nos encontramos con la apelación a alguien, probablemente al psicoanalista, para que sea él el que hable, con un “Dime Jessy Jones” anafórico, en un excelente poema, rítmico, dramático y narrativo:

Dime Jessy Jones

¿no crees que mi odio sea analizable?9

La súplica, la exigencia, se manifiesta brillantemente a través de la construcción anafórica:

Dime Jessy Jones,

cuáles son los caminos que conducen a Bridge Town

Lo dramático se entreteje con el tono festivo que otorga el ritmo y con la fecunda creatividad de inventar nombres de personas y de sitios, siempre en el orden de la veneración de la palabra.

El tan logrado estribillo de “Dime Jessy Jones” se va reformulando y es objeto de interrogantes acerca de las limitaciones de los médicos.

La segunda persona del singular se corporeiza en la palabra, en sofisticada comprensión de lo que es el analista, una voz, un discurso, una acotación al monólogo del analizando. Es por eso que la autora reitera dos veces el verso

Tú eres la palabra

para luego terminar el poema de una manera violenta y salvaje:

me apedreas por grosera,

te saco provecho literario,

te quiero joder (p. 74).

El final de este primer libro, Oraciones para un dios ausente, es extremadamente logrado y dramático, puesto que ya ahí se sugiere que la palabra se está hablando a sí misma, comunicación no hay. La autora conoce, con certeza, el valor de las palabras, su capacidad de salvar o de llevar a la condena; sabe de la intensa influencia que generan, como vemos en El perdedor se lo lleva todo, en el cual la tristeza por el desamor lleva a las sílabas a desintegrarse, aunque la escritora continúa apostando por la palabra salvadora, incluso en Sesión de endodoncia.

En contra de la palabra se levanta el tiempo, el gran enemigo, el fugaz instante preñado de peligros –siempre el presente -, con su amenaza sobre la cordura. El tiempo, tal como lo percibe la hablante lírica, no es competente para medir, no es confiable, es variable y no hay manera de asirlo. Sin embargo, y a pesar de todo, ella es capaz de darle forma verbal.

El transcurrir del tiempo histórico, dejando atrás el mundo de la infancia, genera miedo también, y en la clínica psiquiátrica las horas se vuelven rancias, pasan inútiles, en circunstancias en las que la marca del tiempo ya no significa nada.

Al mismo tiempo hay en la poeta una avidez por las horas, a las que intenta anticipar, o dominar de otra manera, demorándolas mientras va haciendo el poema, una exitosa manera de derrotar al tiempo. Sin embargo su dolor y su profundo pesimismo terminan por sobeponerse e instalan su no creer en nada y su convicción de que el tiempo es mudo.

En el artificial mundo de Las Vegas, o del psiquiátrico, la ley del tiempo no se cumple, hay una carencia en cuanto a sus limitantes, el día se funde con la noche y los lunes son iguales a los domingos, en una homogénea uniformidad insoportable, al margen del devenir histórico y de toda variante que produzca un cambio, una transformación en un sentido o en otro.

Ese mundo sin tiempo del casino repele a la poeta, a la vez que la obsesiona la opción de la ausencia de los relojes. Frente a la velocidad que impulsa insensatamente a los seres humanos se alza Las Vegas, la ciudad atemporal, un mundo amorfo al margen de esa cultura humana que tanto detesta la escritora.

En el casino el tiempo está fundido, carece de las marcas que los seres humanos le han puesto. Pero el pertenecer a un mundo artificial, ubicado fuera del tiempo, produce efectos devastadores y conduce a perder la coherencia interna, una situación amenazante que generará el horror y la angustia cuya presencia será ya avasallante en Sesión de endodoncia; serán lo único que quede, todo aquello que acaba con la persona, con el ser. Ya ahí el mundo estará ocluido para la poeta, se habrá terminado la búsqueda de los caminos que conduzcan a todos esos mundos imaginarios de bellos y sonoros nombres que ella había cantado:

Dime Jessy Jones,

cuáles son los caminos que conducen a Bridge Town,

Cinnamon City, Orson Gate,

(…)10

Se ha llegado a un límite, el poema ya no salva, ya la poeta no es capaz de darle forma a la imagen, a la derrota final, a la total incomunicación, a la desnudez absoluta, a la desposesión, a la aniquilación de la memoria y de todo vestigio, para dejar salir, en cambio, los más violentos sentimientos.

En el falso mundo de Las Vegas, donde ya hasta los sueños han caducado, el dolor termina por hacerse omnipresente, tal como luego se desarrolla en Sesión de endodoncia, en donde todo duele, incluso el amor, incluso la vida misma, y se instala el temor angustiante de que falten las palabras definitivamente. Hay llanto en los poemas, y el dramático deseo de saber qué fue lo que pasó; y hay, también, rabia contra un mundo estereotipado, así como la ilusión, el sueño de poder abrir una puerta para ingresar de nuevo al mundo, sea éste como sea, tal como se nos dijo en “Clínica Monserrat”.

La hablante poética siente el anhelo de ser vista, amada y aceptada, pero zozobra en la cotidianidad, naufraga en su soledad, en la carencia de sentido de la existencia, todo lo cual está expresado de una manera muy lograda.

Sin embargo, en El perdedor se lo lleva todo pudo aún hablarnos del orgullo de la identidad de ser poeta y afirmar, con convicción, que

Pertenezco a una legión distinta de ganadores (p.5).

Pero en otra vuelta de tuerca, regresando de nuevo a Oraciones para un dios ausente, reencontramos desde el principio la omnipresencia de la incomunicación, con la cual cerrará su obra toda la poeta. Con el hecho de que todos han muerto, de que no hay seres reales, sólo representaciones y metáforas y fantasmas que no la reconocen, muertos que se reafirman dentro del dolor que generan en la poeta.

El último poema escrito por Martha Kornblith está dirigido a su madre. Su figura está presente intensamente desde Oraciones para un dios ausente, a partir de la nostalgia por lo que la propia poeta no hace: la madre le lleva flores a la suya en el cementerio. Ahí surge el dolor por el otro, no sólo por el sí-mismo, aunque también ello está presente, de una forma entrañable:

Yo me veo frente a su tumba

llorando algún día.

Porque ya no la tengo,

y ella ya no tiene a su niña linda (p. 29).

Aquí se hace visible el centro del dolor de la poeta, la raíz de la cual nace todo su desasosiego y su desapego del mundo: ya ella no es la niña linda para el objeto de su amor, que ya no existe, que la ha abandonado en un mundo hostil e incomprensible. Es ella la gran ausencia, la incomunicación raigal, el origen del desamparo:

Mi madre me entendía.

Conservo de ella su libreta.

Ningún teléfono al que llamar

una huella de su herida (p.35).

Es la madre el objeto de la búsqueda aullante, del llamado incesante para el cual no hay respuesta, para el cual ya no está la que podría responder. Por eso es que el significado está roto y por eso permanece el significante, alzándose reiterado, figura fantástica representada de múltiples maneras:

Colegio, casa, parque.

¿Eras tú, Jessy Jones, o el espectro de la rabia, o del amor,

o de la madre? (p. 73).

Todo ello nos lleva a ese poema tan logrado, tan dramático, titulado “Poema por la falta de mi Madre”, de Sesión de endodoncia, el último de la vida de la escritora, en el cual se expresa el desamparo y el anhelo del cuidado materno, la soledad por la dolorosa ausencia de la madre, el desgarramiento interno por no haber cumplido con su ideal de hija, y luego el terrible final, sin catarsis y sin comunión:

Madre,

he de confesarte

que sola

ahora, apenas

persigo cucarachas

persigo cucarachas

persigo cucarachas

persigo cucarachas (p.30).

Las palabras se han acabado, la poeta ya no tiene de qué asirse. Sólo queda el tiempo infinito, eternamente repetido, desoladoramente degradado, sin punto final, sin signo de puntuación alguno, abierto al horror informado serenamente, ya más allá del dolor, en los versos que anteceden a estos últimos, en el mismo poema:

que me convertí en poeta

que es lo mismo que decir

en poeta suicida

y que por eso

juego y seduzco a la muerte

todas las noches.

1 Martha Kornblith. Oraciones para un dios ausente, Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1995, p. 49.

2 Martha Kornblith. Sesión de endodoncia. Caracas, Editorial Eclepsidra, Col. Vitrales de Alejandría, 1997, p. 28.

3 Martha Kornblith. El perdedor se lo lleva todo. Caracas, Fondo Editorial Pequeña Venecia, 1997, p. 9.

4 Fernando Yurman. “De ruletas y desiertos”. En: http://www.kalathos.com/oct.2000

5 Ernest Hemingway. “Un lugar limpio y bien iluminado”. En: Cuentos, Barcelona, Random House Mondadori, 2007, p. 458.

6 Sesión de endodoncia, p. 9.

7 El perdedor se lo lleva todo, p. 10.

8 Sesión de endodoncia, p. 20.

9 Oraciones para un dios ausente, p. 71.

10 Oraciones para un dios ausente, p. 71.