Una sabiduría de vida contada con una sabiduría narrativa: La obra de Krina Ber

I

Los cuentos de Krina Ber, recogidos en tres volúmenes, Cuentos con agujeros1, Para no perder el hilo2 y La hora perdida3 (esta última incluye algunos textos de los dos volúmenes anteriores, junto con otros nuevos), exploran el amor, los deseos, los vínculos de pareja, el erotismo, la sexualidad y la soledad de la mujer, así como la marginalidad y los espacios de la ciudad, sin estridencias, con sabiduría, con una sensible intuición psicológica. En este mundo narrativo los detalles conforman una totalidad, como en una especie de aleph. Saliéndose de los tópicos feministas ya tan reiterados, en el recuerdo, en los distintos cuentos, amor, sexo, vida y muerte, salud y enfermedad, todo se va entretejiendo y diferentes tiempos confluyen unos dentro de otros.

Su ars poetica está expuesto en los cuentos “Amor” y “Los dibujos de Lisboa”. En el primero hace una afirmación que podríamos hacer corresponder, en parte, con su escritura: “como un cuento que no respeta las reglas de la narrativa: un cuento sin transformación de personajes y, sobre todo, sin desenlace” (Para no perder el hilo, p. 42), aunque lo del desenlace es discutible, con frecuencia Krina Ber logra estructurar unos giros narrativos sorpresivos, que cierran sus cuentos de manera inesperada. Y en “Los dibujos de Lisboa”, cuando habla de los objetos que va a seleccionar para dibujarlos, lugares y espacios, la narradora nos dice que necesita ser conmovida por aquello que a la final va a elegir, a la vez que necesita comprobar, a partir del dejarse absorber por los detalles, la totalidad del universo a representar, para, finalmente, explicar que parte de algo real, de lo cual, con brillante seguridad, va surgiendo la ficción.

La autora va trenzando las narraciones, haciéndonos sentir su felicidad de narrar, de abordar las historias desde distintos ángulos, de pulsar las opciones indagando tras varias versiones posibles. Nada hay esquemático en estos textos, los significados son múltiples y la polivalencia les otorga su riqueza.

Hay también en la obra de la autora una constante en un gran número de relatos: la presencia, logradamente puesta en escena, de comunidades que rodean a los protagonistas, en general vecinos, los cuales, como coro griego –de carácter cotidiano, en este caso- comentan los acontecimientos, se plantean interrogantes, formulan pronósticos o, simplemente, chismorrean.

Acerca del amor

“Amor”, de Para no perder el hilo, que ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional en 2007, es recorrido por una pasión asordinada, valga el oxímoron, que sobrevive hasta en la edad madura. Desde un cierto punto en el espacio, la narradora retrocede en el tiempo y nos cuenta el comienzo, cuando ambos –ella, una chica, y él, un muchacho-, eran aún muy jóvenes. Él obtiene una beca para ir a estudiar a Nueva York, pero no se quiere ir, enamorado como está de ella. Sin embargo, termina por marcharse y, un tiempo después, ella va tras de él. Pero no se encuentran en el sitio convenido, la narradora personaje se halla perdida en la gran ciudad estadounidense, puesto que, por el doble despiste de ambos no se han encontrado en el aeropuerto y ella permanece acurrucada sobre su maleta. Cree que él ni siquiera ha ido a recibirla. Mientras tanto, el enamorado desesperado deambula en medio de la indiferencia de la gran ciudad.

Luego la chica se ve obligada, por el frío, a entrar a un bar. Se produce una excelente comedia de equivocaciones, de desencuentros y decepciones, originados en pequeños detalles aparentemente intrascendentes y que conducen a situaciones de desesperación a los dos protagonistas. Pero, como en tantos clásicos de las comedias de equivocaciones, hay aquí un “ángel” que contribuye al inevitable final feliz. La autora juega con sus lectores, puesto que no se trata de nada fantástico, ni mucho menos de algo milagroso. El personaje femenino se refugia en un bar de aspecto sórdido con un sugestivo nombre: Angel’s Place. Ahí se encuentra con un colombiano que la reconoce como venezolana, le habla en español, la protege y le da motivos para la esperanza.

Este cuento se destaca con su intensa, a veces humorística, siempre fascinante historia. El ángel en cuestión se llama Ángel Gutiérrez, es de Barranquilla, y su sueño es ser productor de televisión y tener su show propio. Es alguien que le habla en el español latinoamericano y se interesa por su suerte. Al principio “el ángel” esconde “sus alas”, también cree que el novio la ha dejado plantada, con todo lo cual la escena adquiere un humor que no es muy frecuente en la narrativa venezolana. Siempre con leve ternura, siempre cuidando de no pasar del borde que separa de lo sensiblero, se cuenta el “milagro”, el hecho de que, a partir de un excelente diálogo, el colombiano reconstruye la figura del novio, resulta que lo conoce y le asegura a la protagonista que él vendrá, llegará al edificio en el que vive, que Ángel Gutiérrez sabe dónde queda. Esos son los prodigios del ángel, el darle esperanzas a la muchacha con un entusiasmo vigoroso, en su lengua mezcla de latinoamericano y de inglés de arrabal. Es muy competente: es él el que primero reconoce la derrotada figura del joven que se acerca. Al final, el encuentro dentro de la noche neoyorquina sella esta historia de amor, de la cual el ángel desaparece imperceptiblemente, sin que los protagonistas se den cuenta de ello, ya no lo encuentran en ninguno de los lugares en los que lo buscan. El novio siente una duda razonable acerca de lo que le cuenta la muchacha.

La autora mantiene con mano firme al personaje del ángel, no lo deja caer en la cursilería. El sueño del colombiano se cumple, el de actuar en un programa de televisión: en algún momento, mucho tiempo después, ella, distraída, lo ve en la pantalla del televisor, con un programa propio, titulado El Show de Ángel Gutiérrez. Espectadora lejana, y él “dentro” de la “caja mágica”, separados por el cristal del televisor, en el registro del orden virtual, la protagonista siente que el vínculo entre ambos se mantiene. Hay aquí un final feliz nada edulcorado.

Ha pasado el tiempo, y entonces en el cuento el tema del amor maduro se despliega logradamente. Al mismo tiempo, los objetos van generando su significado con un resplandor propio, a medida que son descritos con dulzura, para ir formando parte viva de la existencia de los personajes. Se aborda la sexualidad femenina con un tenue lenguaje poético. No se trata solo de sexo, sino también de afecto, del decir con el que se dirigen los personajes el uno al otro, del conocer cada cual el cuerpo del ser amado y complacerse mutuamente, en la vivencia de los actos creados por ellos mismos, juegos que diferencian a los seres humanos de los animales.

Es un amor de larga convivencia, un entrañable vínculo en medio de una cotidianidad a veces francamente hostil, pero a la que la pareja, cuyos integrantes se conocen a fondo, logran, cómplices como son, enfrentar juntos. Son un matrimonio feliz, aunque ello sonaría convencional si no nos detuviéramos a pensar que hoy en día lo convencional son las separaciones y los desencuentros.

Es como un viaje lleno de aventuras, un texto en el que los sucesos se van presentando uno tras otro. Esta modalidad de escritura tendrá su máxima expresión años después, en la primera novela de la escritora, Nube de polvo, en la cual una larga serie de aventuras se encadenan perfectamente las unas con las otras, configurando un todo más allá de la especificidad de cada cual. Pero ya hablaremos de ello más adelante.La voz narrativa femenina, desde el tiempo presente, recuerda su amor al que fue ese muchacho, en un lejano pasado, y que ahora duerme a su lado, después de tanto tiempo, y a quien le dice, en su pensamiento: “La única vida que conozco. Tú” (p. 36).

La vida en común es amor, pero también existencia, en todos sus sentidos, incluso de índole animal o biológica, por decir lo menos, como los ronquidos y otras expresiones corporales, que no incordian, porque los dos cuerpos se han hecho uno solo, y las existencias también. En una bella expresión, la autora habla de un “cuerpo amigo”. Se trata de lo corporal compartido, un vínculo en el cual lo que se siente con frecuencia es el desamparo masculino.

El recuerdo de aquella noche en Nueva York retorna una y otra vez, incluyendo al ángel, ese guardián del amor del que ella evita hablarle al esposo, y del cual éste siente unos celos que no obtienen explicación. Pero a altas horas de la noche, cuando el marido ya duerme, la protagonista narradora se dedica a ver en un canal por cable El Show de Ángel Gutiérrez, su ángel barranquillero:

El show trata de amor, por supuesto: también eso se lo había dicho. En éste, casualmente, una pareja joven tomada de la mano se abre paso entre la gente multicolor que pulula en la calle, una toma general devela el inconfundible perfil de la Quinta Avenida. (…) El muchacho lleva el pelo largo amarrado en una cola y chaqueta con el cuello levantado (p. 42).

En muchos otros textos el amor es solo un breve tiempo privilegiado, un fugaz momento de esplendor, algo inapresable y pasajero. En algunos de estos cuentos se subraya de entrada el hecho de que se trata de amores fugaces.

Otro cuento, “El suéter”, del volumen La hora perdida, es radicalmente diferente a este. En primer término, en cuanto a longitud: largo el que hemos revisado, breve el otro. En segundo lugar, en cuanto a que los personajes son todos adolescentes. Y luego, en cuanto al espíritu reinante: un amor feliz y de toda la vida en el primero, que en nada se parece al de “El suéter”, el cual concentra dentro de sí, en su limitada extensión, un poderoso soplo shakespeareano, con su historia de amor, de celos, de hechizos, de cultura popular, de detalles cotidianos y de la irremediable tragedia final.

El espíritu lúdico de dos chicas, dos adolescentes, Edna, la narradora, y su amiga Sigal, las lleva a hacerse confidencias y a desternillarse de risa ante cualquier nadería, todo lo cual no permite anticipar el acontecer dramático del que seremos testigos. Como en tantas ocasiones, más bien como siempre, la sabiduría narrativa de Krina Ber lleva hacia adelante su texto, construyéndolo con los pocos pero originales elementos que van a producir el sorpresivo desenlace final.

Así como lo indica el título, un objeto va a ocupar el lugar central en el desarrollo narrativo, tal como sucede en la obra de grandes escritores como Saramago, Clarice Lispector y el propio Shakespeare. En este caso se trata de un suéter. Ha sido tejido por la protagonista, al lado de su amiga, que también teje y es la que le ha enseñado a ella. Se trata del producto de un trabajo femenino, aunque no se trata solo de eso: es un objeto para el amor. Se elabora con lana gruesa y suave, pero también se entreteje en él un hechizo que la amiga le enseña a la protagonista cómo incorporar.

El texto adquiere la pátina de un cuento maravilloso o de un antiguo cuento popular, a pesar de que todo el tiempo la escritura se mantiene dentro de los cánones del realismo.

El amor de la adolescente es intenso, se siente vulnerable ante Uri, el muchacho que ama, un chico que aparenta ser diferente a los demás, capaz de expresar ternura y de leer libros en los recreos.

Hacia él va dirigido el hechizo, para él se teje el suéter, todo eso que nos hace sentir que se nos está contando una fábula, que estamos leyendo un ancestral poema oral que se recita mientras se va tejiendo.

El hechizo genera la pasión en los dos jóvenes, cuya gran historia de amor se concentra en apenas unas breves páginas. Sin embargo, en cierto momento se produce la separación, por causas circunstanciales ajenas a los amantes, puesto que Uri tiene que viajar fuera del país –Israel- a visitar a su madre en los Estados Unidos, donde ella vive, divorciada del padre. Uri va a pasar las vacaciones ahí. Esta separación, debida a hechos comprensibles, temporal, además, es aceptada con serenidad por los amantes, más bien por la narradora, cuya voz es la que estamos escuchando y cuyo punto de vista seguimos. Sin embargo, en cierto momento entran los grandes temas shakespeareanos: la traición y la falsedad. Uri ha vuelto tiempo atrás de su viaje, pero no ha buscado a Edna, se ha cambiado de colegio y tiene una nueva novia.

Los celos, otro poderoso tema que adquiere sus máximas expresiones en la obra del dramaturgo inglés, surgen en el alma de la protagonista con gran fuerza, violentos y feroces.

Se produce el encuentro entre los antiguos novios y ella constata que en los ojos de él ya no hay amor hacia ella.

Todo se concentra ahora en el objeto, en el suéter, que ella ha tejido para él, con un color gris azulado que se corresponde con el color de los ojos de él. Lo usa Liora, la nueva novia de Uri, a quien él se lo ha dejado para protegerla del frío, pero debido al hechizo entretejido, la chica vive con intensidad su amor por el muchacho.

La protagonista se decide a actuar, y siente como si estuviera cometiendo un crimen. Todos los jóvenes están en un campamento, donde duermen al aire libre, en colchones de excursionistas. La narradora personaje va con una tijera a desbaratar el suéter, en el tiempo de la nocturnidad: “Nadie despertó, nadie me vio, nadie supo lo que hice” (p. 81). De hecho, sí está cometiendo un crimen, aunque ella misma todavía no lo sabe: estamos en el mundo de la tragedia, el cuento shakesperareano se corresponde, a lo largo de toda la historia y con su culminación final, con las grandes tragedias del autor inglés.

Desde el momento mismo en que Edna constató que es la otra muchacha la que lleva el suéter, el drama inició su desarrollo indetenible. Los sentimientos no se dicen directamente, todo gira en torno al objeto, y lo que la narradora le reclamó a Uri es que le dio su suéter a otra. Él contestó con una impersonal serenidad. Es lo que más afecta a Edna, el que lo haya dado, pervirtiendo su función. Otro objeto será el instrumento de la venganza: la tijera. En torno a estas dos cosas, magistralmente, se entreteje el cuento, el desenlace producto de los celos. El suéter, objeto del amor; la tijera, objeto del odio. La tijera se introduce suavemente entre los hilos y los puntos con los que ha sido amarrado el hechizo del suéter, el cual cubre ahora el cuerpo de la otra muchacha, que duerme profundamente, mientras la protagonista lleva a cabo la destrucción, cortando las hileras y los puntos encantados.

El objeto, roto, se convierte en asesino, cuando el viento arrastra sus hilos hasta dejarlos colgados de la rama lejana de un árbol.

El final –que no voy a contar- nos golpea, inesperado, sin preámbulos, con un golpe preciso y certero, decisivo, expresión del talento narrativo de la autora, un trágico final digno del cuento que he llamado de espíritu shakespeareano.

“El secuestro”, de Para no perder el hilo, es uno de los cuentos más bellos de Krina Ber, de alta poesía. Trata de un barco, de un catamarán prodigioso, que representa el amor, la juventud, el erotismo, la libertad, algo que los lectores al principio todavía no sabemos, aunque ya la narradora nos habla, desde el comienzo, de la seducción que ejerce sobre ella el insoportable azul del mar.

Los distintos catamaranes, veleros y lanchas se transforman en un modo de vida para la pareja cuya historia, más que narrar, se poetiza, hasta el momento mismo en que se está ya al borde de la muerte, y los recuerdos se entremezclan con otras imágenes, como las de una película. Todo es como un sueño, un poema, en el que imaginariamente se retorna a la brisa marina, con el cabello largo al viento.

Hay un logradísimo efecto onírico en este cuento, en el cual la autora nos conduce dentro de una atmósfera titilante, oscilante, trágica y de un intenso amor. Qué gran narradora es Krina Ber, tenemos que decirnos al leerlo. El acontecer transcurre en medio de una tenue neblina que crea el universo imaginario por medio de palabras, reiteraciones y datos ocultos.

En el texto –esto lo sabremos al final- circulan personajes que ya han muerto y que conversan con la protagonista narradora.

El cuento se deslastra de todo el costumbrismo tan frecuente (tan demasiado frecuente, tan abundante) de la narrativa venezolana actual y convierte la misma temática del costumbrismo en metáfora, en literatura, en algo independiente, aunque no autónomo del contexto, el cual tiene una presencia, sí, pero sutil, dramática y poética.

Dentro de lo enigmático del cuento, hay un al que apela la protagonista, la cual, en este cuento fantasmal, tiene varios nombres y ocupa al mismo tiempo diferentes espacios. Es ella de “materia incierta”, se nos dice en el texto, haciendo referencia al libro de ese título de la poeta María Inmaculada Barrios: “Materia incierta la vida, los minutos y los días, los taxis que se paran frente a mi edificio y nadie abre la puerta” (p.243). No es un cuento de la cotidianidad, es un cuento fantástico que se desliza de lo real a lo imaginario, en su asedio a la muerte y a la vida. Lo fantástico se yergue a partir de la propia realidad.

Pero la vida irrumpe, la historia se atraviesa en medio de las existencias individuales, la única hija se va, emigra como lo han hecho tantos jóvenes venezolanos en esta época. Y en el contexto del cuento tampoco la escritura salva, las ficciones, lo fantástico, se desvanecen. Solo queda la desesperación por el secuestro que la vida le ha tendido como una trampa a la protagonista, una enfermedad cuya cura, de precio exorbitante, el esposo no puede costear: “Y yo, inventando personajes inciertos, Natasha, Kandela, equis, no me dejen, dejan, dejaron, habrán dejado ya” (p. 244). El lenguaje trastabilla, la sintaxis se enreda, el texto se hace autorreferencial, crítico e irónico.

El secuestro se lleva a cabo: se trata del aproximarse a la muerte, del no haber quien preste auxilio, de la carencia del dinero necesario para el tratamiento. Todo eso es lo que secuestra la vida, lo que impide realizar los estudios que quizás puedan llevar a la curación.

Es un cuento narrativamente muy logrado. La clave está envuelta en el cuento que se cuenta, como en otros textos de la autora, como si de verdad se tratara de un secuestro, con unos delincuentes, con lo cual se produce un doble nivel en la narración, dentro del cual se cuenta la llamada telefónica que los secuestradores le hacen al marido, informándole que tienen a su mujer. El hombre estaba durmiendo, se despierta, no entiende. La mujer se pone al habla también, le ruega al marido, “por favor Sam, sácame de aquí que tengo mucho miedo, está todo oscuro (…)” (p.258), y Sam la sacude para despertarla, a ella que está en la cama junto a él.

Antes de que todo se desmorone, al final, habíamos asistido a la necesidad de comunicarse con seres que ya no están, aunque alguna vez estuvieron, algo que el lector todavía no sabe. Así, vemos, cómo alguien, el personaje Borges Parra, se dirige a la protagonista, cuidándola, protegiéndola. En un recurso de composición que abunda en este cuento vemos una nota al pie de página, aclarando (creemos nosotros que aclarando): “Nuestro vecino de enfrente, quien se la pasa a menudo en el pasillo”. Hasta que al final se devela la condición del vecino supuestamente en el pasillo, cuando el esposo “no acude a Borges, aunque Borges sí pudiera ayudarnos, aunque él sí pudiera llamar o llevarme adonde sea, porque pasaron seis meses ya desde que nuestro vecino Borges Parra se tiró del balcón del piso siete” (p. 260). Es una forma indirecta de mostrar una condición existencial, una situación dramática que la clase media venezolana está sufriendo, sin quejas, sin denuncias, con la pura materia narrativa.

Al final la vida entera se concentra en un aleph, en el que están presentes todos los tiempos y todos los personajes, todos los vecinos, aunque a fin de cuentas solo se trata del marido de la protagonista, llorando, derrotado, con el teléfono en la mano, puesto que las ambulancias no vienen, la emergencia no responde y la ineficiencia y la insensibilidad del mundo van a ejecutar sobre ella la condena a muerte, el secuestro no se pudo solucionar. El secuestro es la enfermedad y la desidia, el crimen del colapso de la salud, aunque todavía no lo sabemos, a pesar de la nota al pie de página: “Sólo falta el TC de la cabeza y la IRM, la resonancia magnética computarizada, pero hay que esperar hasta junio para que reparen la máquina”” (p. 251).

El mundo pasa, los seres humanos también, solo quedan las palabras, los símiles extraordinarios y de alta poesía. Y dentro de la polisemia que tan bien maneja la autora, el amor es una modalidad maravillosa del secuestro, aunque no puede contra el secuestro que genera la vida: “Ya lo sé, dice, créame que lo sé … No necesito que usted me lo diga. Ya sé que es sólo cuestión de dinero. Y no lo tengo. ¿Cree que esperaría tres meses en el hospital público para un estúpido examen? Debería llevarla a Huston, debería llevarla a la mejor clínica de Caracas” (p. 259)

Acerca del afecto en el mundo femenino

En “Los dibujos de Lisboa”, cuento ganador del VI Concurso Nacional de Cuentos de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (Sacven), también en 2007, asistimos a la entrañable relación que se establece entre Adinha, la suegra, y la nuera, la narradora. Se trata de la historia de una larga conversación entre ellas, una modalidad de escritura que hace tan íntimo y humano a este cuento. No se trata de diálogos transcritos, sino del relato que hace la mujer joven de los distintos encuentros que tuvieron en Lisboa, primero durante un año entero y luego intermitentemente a lo largo del tiempo, en los breves viajes que ella hacía desde Caracas, para seguir manteniendo ese vínculo afectivo tan valioso.

Estas conversaciones vienen acompañadas de los dibujos que va haciendo la narradora de las calles de Lisboa, los cuales no son nada accesorio, funcionan como detonantes dentro de la historia que se nos va narrando.

También en este cuento se trenza brillantemente la narración, a partir de esa relación que se establece entre dos mujeres de dos generaciones diferentes. La condición femenina tradicional de Adinha la lleva a valorizar el espacio del hogar y los cálidos detalles cotidianos, una ausencia marcada en nuestro mundo actual, inestable y desarraigado. La joven, una arquitecta que descubre su don para dibujar de un modo “arquitectónico” ante el llamado de la ciudad de Lisboa, dibuja también los elementos de la casa de la suegra, todo aquello que constituye un hogar, la acogedora casa de Adinha. Ambos conceptos, tan estrechamente vinculados, casa y hogar, aunque no siempre, puesto que no toda casa logra convertirse en hogar, ocuparán un lugar central en la novela Nube de polvo, en la que su pérdida, su demolición y todo lo que ello conlleva, conducirá a perder la inocencia.

Asistimos al proceso del dibujar, al aprendizaje de hacerlo de un modo no técnico, y vemos surgir dibujos marcados por lo íntimo. Ahí están algunos de los dibujos, en las páginas del libro, no solo verbalizados, sino trazados, en su presencialidad visual.

El ars poetica de la autora se hace más explícito cuando su personaje nos dice que “el truco de dejarme absorber por los detalles funcionó de nuevo” (p. 151), para más adelante agregar: “Lo que todavía quiero lograr hoy, cuando en vez de dibujar, escribo (…) comienzo por algún detalle ferozmente fiel, eso sí, algo íntimamente real, pero casi inmediatamente la ficción se cuela en el texto creciendo por sus propios caminos” (p. 156).

La narradora personaje de este cuento conoció a Lisboa en su juventud, una ciudad de dimensiones armónicas en la cual se podía ir de un sitio a otro sin mayor esfuerzo, para encontrar rincones llenos de historias. Sus dibujos parecen estar conjurando un mundo hechizado, dulcemente encantado, objeto de un amor que se va renovando con palabras livianas y poéticas.

La escritora va construyendo el fluir del espacio ante su personaje, la hace percibir el rumor de la gente que allí habita, en esa ciudad habitable y que tanta fascinación ejerce sobre ella. Todo esto se nos muestra a partir de una mirada que poetiza el espacio, que descubre tanto su carácter onírico como su atmósfera humana. El vínculo con la ciudad de cada una de las dos mujeres es diferente: la narradora encuentra los espacios caminando errante por la ciudad; en el caso de Adinha surgen de su memoria. El tiempo parece detenido, el pasado retorna a través de los dibujos y, en cada ocasión, impulsada por el azar, la arquitecta desencadena alguna historia que tiene un significado para Adinha y su familia. Escoge los espacios una y otra vez, “sitios que ocupaban lugares precisos en las historias de mi suegra, incluso en las que no me había contado” (p. 172). Así, dibuja la prisión en la que estuvo encarcelado el hijo de Adinha cuando era apenas un muchacho de diez y seis años, trazando la historia política de Mauro, el que es su esposo en el presente narrativo. Ambas mujeres sueñan con una ciudad que ya no existe, que se movía a un ritmo lento y moroso.

Vemos el encierro doméstico de las mujeres de antes, mujeres alienadas, con la escasa libertad de la que disfrutaban, con las familias, hombres y mujeres, irritadas ante el éxito escolar de las niñas, premiadas en el colegio, algo que suscita el rechazo de la familia y hace internalizar en las rechazadas la negación de cualquier iniciativa, asociando ya para siempre el acto de destacarse con algo vergonzoso. Para la suegra de la narradora, un éxito así, cuando tenía doce años, se convirtió en una derrota para toda la vida. Fue aclamada como ganadora del título de mejor alumna del año, en el prestigioso colegio de monjas francés en el cual estudiaba. Corre, desalada, a mostrar su premio a sus padres, un ejemplar de la novela Los miserables, de Victor Hugo, pero solo desvalorización y restricciones obtiene. Sus alas serán cortadas para siempre.

Es una mujer, de ello se da cuenta la narradora, muy superior al esposo, pero al cual la esposa coloca en primer lugar, por encima de ella misma.

Las mujeres de la época de Adinha son machistas sin darse cuenta, inconscientemente, incluso las más valiosas, como ella misma, ya que no pueden salirse de las rígidas limitantes que les han sido impuestas en la infancia y ahora, a pesar de su fondo de inteligencia, no pueden dejar de juzgar negativamente a las mujeres independientes.

El vínculo entre las dos mujeres, entre las cuales, obviamente, no hay lazos de sangre, es más íntimo cuando no está el hombre, hijo de la una y esposo de la otra. La joven jamás deja de sufrir por la trágica condición de la mayor, a la cual nunca volvieron a dejar estudiar después de finalizar su bachillerato. Su ingenio y su talento la llevaron a aprender los más altos secretos del corte y de la costura, a partir de la observación y de la memoria, ya que la dueña del taller en el que trabajaba como costurera a nadie le enseñaba sus conocimientos, negada a transmitirlos. Sin embargo, Adinha se los apropia, gracias a su talento, seguramente nacido para actividades más notables, a las cuales la cultura machista les cerró el camino. Todo esto lo vamos conociendo a partir de la intimidad que se produce entre las dos mujeres: “Esa tenue simbiosis se mantenía estando solas, Adinha y yo”.

En esta narración tan delicada, en medio del drama, suavemente, también se va describiendo la preparación de la comida: “Corta las patatas y las zanahorias, echa los trocitos al agua, los guisantes todavía no, más tarde, añade un chorrito de aceite de oliva” (p. 189).

Más allá de su aguda mirada crítica, en “Los dibujos de Lisboa” podemos percibir cómo son de sugestivas para Krina Ber, y lo sugestivas que las hace para los lectores, las mujeres ya mayores, cuando construye el personaje Adinha, cuya condición amorosa, cálida y humana nace de una sabiduría propia de la vejez, la cual aquí se nos muestra con una dignidad peculiar, un don de gentes que surge de entre los pliegues de la experiencia.

La egregia figura de esta mujer ejerce la misión de conservar, resguardar y mantener la memoria.

Al mismo tiempo, la autora tiene el valor de asumir, en contra de las opiniones predominantes en el medio intelectual más divulgado en la actualidad, lo femenino en su sentido tradicional, aunque sabemos que también denuncia con coraje e ingenio al machismo. En numerosos textos nos encontramos con personajes femeninos que se materializan en una mano amorosa que acaricia a la casa y a sus habitantes. También es algo que veremos luego, al revisar la novela Nube de polvo.

Al final del cuento, que hasta ese momento iba a un ritmo lento y moroso, para una mirada superficial casi más una crónica que un cuento, una historia cotidiana de unas vidas sencillas, surge de repente lo extraño, aparece en los dibujos de la nuera. El cuento finaliza dramáticamente, hay un giro narrativo, un cambio de tempo, de ritmo, una transformación en el personaje Adinha, a partir de una historia que ella siempre había callado. La intensidad de la narración se hace insoportable, la mujer mayor confiesa un crimen que indirectamente ha cometido, para salvar a su hijo de la prisión y de la tortura. Delató a alguien y lo llevó a la muerte. La morosa narración expresa brillantemente el suspenso. Ella sabe los hechos por datos a su vez indirectos, por una noticia de periódico en la que la dirección que se menciona coincide con la que ella ha dado, magnetizada, semihipnotizada por el policía político que la atrapa en sus redes: “Un sujeto subversivo fue abaleado por la policía cuando trataba de escapar” (p. 189). La empatía existente entre las dos mujeres se intensifica, ambas lloran. Pero tiempo después, cuando ya existe Internet, la narradora busca el nombre que le mencionó su suegra, Agostinho Carval (nombre y hecho ficticios, pertenecen al cuento, no a la realidad), y se entera de que fue un miembro importante del partido comunista y que no murió en esa ocasión. Su corazón anhela dar la noticia a Adinha, pero ya no es posible. Ya no se lo puede contar porque los años han pasado y el tiempo ha borrado de la mente de la anciana cualquier recuerdo.

Un asordinadamente dramático final para un gran cuento.


Descargue en el siguiente enlace la continuación de esta entrada:

 La obra de Krina Ber – Primera Parte – Continuación


1 Krina Ber. Cuentos con agujeros. Caracas, Monte Ávila Editores, 2004.

2  Para no perder el hilo. Caracas, Mondadori, 2009.

3  La hora perdida. Caracas, Ígneo, 2015.