Una sabiduría de vida contada con una sabiduría narrativa: La obra de Krina Ber

II

La novela

Una novela de aventuras, de amor, de misterio, de crimen, de erotismo, de exploración de las relaciones familiares y de indagación social en la Venezuela contemporánea, todo eso es Nube de polvo1 , de Krina Ber, obra que ha recibido el Premio de la Crítica a la Novela del Año 2015, en Caracas. Y es, además, una historia que atrapa al lector, no le da respiro, al libro literalmente no se le puede soltar de las manos. Vilma, la protagonista adolescente, personaje sólidamente construido, ocupa todo el espacio narrativo, es el centro del acontecer, encadena una aventura tras otra, generando un movimiento cinematográfico que culmina en picos dramáticos que, junto con todo lo ya dicho, llevan hacia adelante la acción de un texto que, más allá de su aire risueño y de su lenguaje chispeante, y también gracias a ellos, se constituye en una magna obra estructurada con mano firme, a partir de una mirada que, cual caleidoscopio, ofrece una visión que va girando, siguiendo el movimiento desencadenado y su permanente transformación.

Nube de polvo, primera novela, y hasta ahora la única, de la autora, se vincula estrechamente con los tres volúmenes de cuentos que ya hemos revisado. Al mismo tiempo, se diferencia de ellos en cuanto al ritmo del acontecer: sosegado en los cuentos, trepidante en la novela. Se trata de una historia de amor, de una novela erótica, pero también de una dura visión de un mundo social corrupto y deteriorado.

Yo, desde que leí esa novela, me enamoré de ella. La obra no se embelesa en su lenguaje: la voz que narra se expresa con él. La fecunda imaginación de la escritora va creando una serie de acontecimientos que se sostienen con gran verosimilitud y se continúan el uno al otro sin pausa, aunque la autora tampoco se embelesa en ellos, con sabiduría va desarrollando un constructo, no pierde de vista la composición que va estructurando.

La protagonista es una chica de una vitalidad excepcional, un personaje de novela inolvidable y paradigmático, que resplandece dentro del acontecer narrativo en medio de otros personajes también seductores, tales como Antonio, su padre, Yurama, su joven madrastra y Jorge Barbosa hijo, “el muchacho”. Pero creo no exagerar al decir que Vilma Sandoval pertenece a una estirpe de figuras femeninas rebeldes, poco convencionales y llenas de coraje como Scarlett O’Hara (de Lo que el viento se llevó) o Catherine Earnshaw (de Cumbres Borrascosas), aunque sin la perversión y el egoísmo de éstas, todo lo contrario, esta muchacha de finales del siglo XX se rige por un código de ética indoblegable, el cual la llevará a chocar con el mundo con frecuencia. Notablemente, además, aparte de combativa, es alguien que es feliz de ser quien es. La felicidad puede consistir apenas en disfrutar del silencio, el cual solo llega al final del día, cuando las gigantescas máquinas demoledoras, propiedad de la empresa Turisteca C. A., dejan de trabajar y de producir su enloquecedor ruido. Entonces, cuando por fin ya se puede oír lo que se dice por teléfono o personalmente, el padre invita a Chinita (apodo con el que nombra a su única hija), a salir de la casa de la bahía, ese último verano durante el cual pudieron pasar sus vacaciones ahí, antes de que la gran empresa comercial se saliese con la suya, para construir en el lugar del paraíso original un infernal complejo turístico que acabará con los entrañables espacios que tanto se amaron.

La demolición nos muestra un hecho que ya ficcionalizó brillantemente Salvador Garmendia en su famosa trilogía –Los pequeños seres, Día de ceniza, La mala vida– y también forma parte del “país portátil” de Adriano González León. Mundos que se convierten en ruinas, para dar lugar a lo que se cree serán nuevos paraísos, para luego frustrarse en relación a esas expectativas.

La novela nos sugiere que la demolición de una casa es como un asesinato y, de esta manera, genera un duelo, una intensa tristeza y una despedida. Por lo demás, vale la pena mencionar también el reiterado tema de la modernidad en la narrativa venezolana como el tiempo y el espacio del mal, de la devastación a partir de la tecnología y de la presencia de las máquinas. Es un sentimiento hondo y estructural, que se percibe como el derrumbe del mundo propio. Se tiende a olvidar frecuentemente que en tiempos anteriores también existieron la miseria, el mal y el deterioro, así como momentos armónicos y de felicidad.

Volviendo a Nube de polvo, pareciera haber en ella un juego intertextual con una película de terror estadounidense, de 1997, que también tiene lugar en la playa y cuyos protagonistas también son jóvenes. Sé lo que hicieron en el verano pasado se titula la película; “y de todo ese verano: sé lo que pasó, conozco los eventos” (p. 20), se nos dice en la novela, en la cual se nos cuenta un intenso pero breve amor, con gracia, con humor, con pasión. Un gran amor, más bien, que solo duró dos semanas.

Se trata de una novela muy honesta, que muestra las contradicciones tanto de los personajes como de las situaciones, en ningún momento se trata de un mundo en blanco y negro, sino de uno que, con logradas atmósferas psicológicas y con la confrontación de lo subjetivo y de lo objetivo sitúa el deseo y lo erótico individuales en el contexto de los grandes intereses comerciales.

Hay también un sugestivo momento de autorreferencialidad: “Los milagros ocurren a veces. Muy pocas veces. Y aquella era una de ellas” (p. 242). Incluso se nos aclara, en oposición al cuento “Los milagros no ocurren en la cola”, al que alude, que “El verdadero milagro estaba en la perfecta sincronía entre el deseo y la realidad” (p. 247).

La novela comienza con el miedo, a la espera de la próxima acción de la empresa, para presionar por la venta de la casa. Es algo que invade la existencia y roe los días, una intensa y predominante sensación. El miedo está agazapado tras la felicidad en la casa, ese último verano.

Pistas importantes están mencionadas como al azar, contribuyendo a una perfecta arquitectura narrativa. Y una narración de excesos fluye con entera naturalidad, protagonizada por Vilma, la cual, como todo adolescente, necesita un mundo seguro. La propia realidad representada le irá demostrando que eso no existe. La madurez consistirá en aceptarlo, algo que, como veremos en los insertos que se refieren a un momento veinte años posterior a los hechos que se van narrando, Vilma habrá logrado.

Nube de polvo

Vale la pena detenernos en el aparentemente poco expresivo título de la novela, en la nube de polvo. En un primer momento pensamos que se trata de la polvareda que se levanta en el pueblo, a causa de la demolición que está llevando a cabo la poderosa empresa que ha comprado, a precios irrisorios, todas las casas vacacionales. Todas menos la de los Sandoval, puesto que Antonio se ha negado a vender. Tendremos que recordar la cantidad de veces que nos hemos encontrado con la polisemia en los cuentos de la escritora y ofrecerle una apertura a la comprensión a ese título, que aparentemente no nos dice mucho. Para demostrar lo contrario, tenemos que volver al texto, en el que hay numerosas referencias a sus significados.

Efectivamente, nube de polvo connota a un mundo que desaparece, que queda demolido. Pero a la vez señala también la pérdida de la confianza, la constatación, desde la mirada de la adolescente, de que los adultos son corruptos, casi sin excepción, en mayor o menor grado.

La devastación genera polvo y se mezcla con el resplandor del sol y con la pureza del aire, convirtiendo la imagen de las personas en figuras cinéticas: “Las siluetas de Margó y de mi padre se dibujaban temblorosas a contraluz en el porche, como suspendidas en un líquido turbio de polvo y de sol” (p. 65). La estela de polvo cubre todo el ámbito que antes fue paradisíaco, pero significa aún mucho más que eso. Dentro de la visión oximorónica de la autora, que ya observamos en sus cuentos, la nube de polvo es también un espacio para la utopía, para los sueños, el lugar del Quijote y de los quijotismos. Ingresa, sutilmente, el gran significado de la nube de polvo, no el real, sino el metafórico, el simbólico, el quijotesco:

El aire cargado de partículas de polvo rojizo planeaba como una nube sobre la tierra reventada de la bahía, recordándole al padre esos caminos terrosos del país de su infancia donde el Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero vieron una vez cómo toda la llanura manchega se les venía encima en una espesa polvareda. Y qué materia más blanda que una polvareda, más cercana al sueño, más apta para dar espacio a las realidades ficticias; ¿y quién podría jurar que son ficticias? Nunca te fíes de lo que ves, Chinita. No te olvides de que desde siempre el hombre ha tenido el poder de darle forma a la polvareda, hasta lograr que surjan de ella ejércitos enteros de nobles guerreros con sus escuderos y caballos y sus armaduras brillantes al sol. (p. 78).

Todo ello forma parte de la cultura de Vilma, cuyo diálogo con el padre, desde la más temprana infancia, le permite manejar referentes de muy diversa índole. La hija entra en el juego literario: ella lo que ha visto son dos manadas de ovejas y carneros. El padre, en otra vuelta de tuerca, considera que lo inverso también es legítimo: la realidad es a la vez ficción. O sea, lo real podría ser una nube de polvo.

La novela, como una de sus líneas argumentales principales, desarrolla la idea de que todo lo que se ha creído en relación a la protección que brinda la casa, y todo lo que ha dicho el padre, son solo una nube de polvo. No debe uno fiarse de lo que ve, el ser humano ha de darle forma a lo amorfo, y cada quien lo hará de acuerdo a sus percepciones y a su manera de ver el mundo. La apuesta del padre, en su diálogo permanente con la hija, la convicción que le transmite es que, en contra de las apariencias, siempre va a ganar el Quijote. Y la nube de polvo, en este sentido figurado, forma parte de la vida cotidiana de ellos dos. Hasta que en un cierto momento esta condición será puesta en duda.

Las nubes de polvo parecen ilusiones y espejismos, como lo es para Vilma la fantasía de poder conservar la casa de la playa tan amada, retomar la antigua seguridad de que estará ahí siempre y de que todos los años se podrá volver a ella para las vacaciones. De modo que la casa misma parece pertenecer ya a la nube de polvo, cuando la protagonista cree ver, como si ya fuesen inexistentes, convertidos en polvo, a los sólidos y entrañables objetos que pertenecen a ella, a los bancos de piedra y al columpio de hierro. En diálogo contradictorio –fecundo- con la imagen anterior, se expresa la desaparición de la nube de polvo, como si la lluvia se pudiera llevar, lavando el aire, todas las nubes de polvo posibles. Pero esto no se cumple, se queda solo en un deseo. En otra vuelta de tuerca, Vilma llega a pensar que es preferible que la casa muera en la juventud y que solo viva dentro de la nube de polvo.

Todas estas referencias a lo que le da título a la novela están dispersas en el texto, dichas incidentalmente, y no se destacan de manera especial en medio de las desenfrenadas acciones que tienen lugar. Solo una visión de conjunto permite valorar el fundamental papel que juegan, comprender por qué la autora, con su sabiduría habitual, escogió un título aparentemente plano, y aplaudir a la Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar por no haber forzado un cambio de título, algo que quizás una editorial comercial sí hubiera hecho.

En cierto momento, anticipando la capa de corrupción que se va a extender sobre prácticamente todos los elementos que se representan en la novela, se produce un giro en la narración, cuando Vilma, convencida por el padre de que está resistiendo en contra de la empresa en cuanto a la venta de la casa no por amor a la vivienda ni por principios, sino para obtener un precio más alto por ella, rechaza la figura del Quijote, lo considera un eterno perdedor que no vale la pena. En ese momento se produce un cambio de contraseña en cuanto a la nube de polvo, que quedaría reducida a un lugar imaginario que nada tiene que ver con la vida real.

La casa

La casa, tan importante en la poesía y en la narrativa venezolanas, en el espacio de esta novela ha sido fabricada por Antonio Sandoval, un homo faber, un hombre de trabajo, un creador. Pero a medida que el mundo se va volviendo cada vez más corrupto, la casa se tambalea bajo el efecto de las máquinas de la empresa que a su alrededor están llevando a cabo la demolición. Solo cuando se detienen y se hace por fin el silencio, el tiempo y el espacio vuelven a ser míticos. A esa casa se asocian todos los recuerdos de la vida de Vilma, a sus catorce años. Casa del pasado, tan amada, sobre la cual pende una amenaza. Desde un principio se nos anticipa que finalmente se materializará.

La casa equivale a la vida y es ahí, y en la playa a la que pertenece, donde transcurre una parte importante de esta obra tan cinematográfica, en la cual se entabla una batalla por una salvación imposible. Era el orgullo del padre, el amor de la hija, la mejor casa de la bahía. La casa abierta al mar, la felicidad de vivir en una playa. El paraíso perdido, la casa de los sueños. Una casa, pero también un hogar.

El padre

Acompañamos a la protagonista, que se ha robado nuestro afecto y nuestro interés, en todas sus peripecias existenciales. Y también acogemos en nuestro corazón a su padre, Antonio Sandoval, profesor universitario de Humanidades, y vivenciamos la intensa relación entre ambos.

Recordemos cuán insistentemente se ha asediado la figura del padre en los volúmenes de cuentos que hemos revisado. Cómo ha sido, más que una presencia, una ausencia, una imagen en la lejanía, objeto de búsquedas frustradas, permanente objeto del deseo.

Tenemos ahora aquí, en cambio, a un padre de presencialidad plena, una figura real en el presente narrativo, no una imagen ni un recuerdo. Su ternura y su delicadeza generan confianza en la hija adolescente. Hay una comunión entre los dos cuando juegan una partida de ajedrez o cuando comentan algún libro, generalmente con su punto de humor. El padre es un ser a la vez protector e impulsor de la independencia de Vilma, un padre prudente y previsor. Un verdadero ídolo para la hija.

Volvamos a la familia de Vilma: son ella, el padre y Yurama, una joven mujer que es la segunda esposa de Antonio, puesto que la primera, la madre de Vilma, que era china, murió en un accidente de tránsito siendo su hija todavía una criatura. Al menos, así se nos dice durante gran parte de la novela, aunque detrás de esa historia hay un dramático enigma. Por lo demás, Vilma siente intensos celos de Yurama.

Es grande y valioso el amor de Antonio por su esposa, y digna de notar la capacidad de la autora de hacernos ver a Yurama diferente a partir de la mirada de él a como la habíamos percibido desde la perspectiva de Vilma. Bien construida, ella no forma parte del mundo de los recuerdos, no pertenece a la casa de la bahía, está dispuesta a venderla desde el primer momento, a no correr riesgos. Es sensata, prudente. Es otro personaje femenino de la narrativa de Krina Ber capaz de actuar con sabiduría.

Superando los intensos celos de Vilma, Yurama, sin forzar ninguna situación, le ofrece afecto, a la vez que conquista el de ella, a pesar de recibir rechazos cada cierto tiempo. Es muy logrado el diseño de la relación entre estos dos personajes. La rivalidad está presente: la adolescente es eficaz y perfecta en todas las labores domésticas, la mujer adulta no. En cambio, es ella la que genera erotismo y destila, sin proponérselo, una capacidad de seducción con su caminar sensual, ver lo cual renueva los celos de Vilma –una delgada adolescente-, desatando sus pasiones. Todo finamente detallado, muy bien llevado.

Al mismo tiempo habrá solidaridad entre Yurama y Vilma, cuando la primera descubra que la segunda tiene vida sexual. Recordemos que solo tiene catorce años. Yurama se horrorizará, pero luego se hará su cómplice, no le dirá nada al padre. Se establecerá un nuevo vínculo entre ellas, una corriente subterránea.

La situación en la bahía se va volviendo francamente peligrosa y Yurama presiona más que nunca para que se regresen a Caracas. Antonio se niega y entonces ella decide volver con Vilma. Pero para su gran sorpresa, también la muchacha se niega, feliz en su interior de dejar fuera del trío a la esposa del padre, feliz de ocupar su sitio, de hacerse cargo de todo el manejo de la casa.

Yurama se va, Vilma vive intensamente su vínculo con el padre. No se da cuenta del resquebrajamiento de la figura paterna, condición importante que se deriva del hecho de que él en realidad no la está protegiendo del peligro. Posteriormente los lectores reconstruiremos que hay una planificación en esta conducta: él, que está aceptando formar parte de un engaño contra la empresa, para presionar por un pago más alto por la casa (tratando de lograr justicia por medio de la puesta en escena de una mentira), engaña al mismo tiempo también a la propia Vilma, ya que sabe que va a necesitar de su concurso en la farsa que se va a escenificar.

Al desarrollar su argumento de esta manera, la autora da un giro radical en su obra. Tras todas las figuras paternas que han desgarrado el acontecer narrativo en los cuentos, dejando abierto con su condición inconclusa el vínculo de las hijas con ellos, en esta novela, en la que ha construido al personaje padre como a un ser noble, solidario, inteligente y valioso –es todo eso, efectivamente-, comienza a deconstruirlo, mostrando cómo también él forma parte, aunque en menor grado, como un mecanismo de defensa más bien, del universo de corrupción que se ha desatado en el ámbito de la playa de la bahía. Comienza a dejar de ser una figura ideal e idealizable, aunque eso solo lo notamos ya bien avanzados en nuestra lectura. Exultante de quedarse sola con él, la hija no se sorprende siquiera del hecho de que, en contra de sus hasta entonces estrictas normas, le permita manejar el jeep, “olvidando” que es menor de edad y que carece de licencia de manejar. No lo sabemos aún, pero está preparando las condiciones para el momento en el que va a tener que conducir ella hasta la casa del abogado Jorge Barbosa padre, cuando se produzca el brutal simulacro que el abogado de Antonio Sandoval ha tramado para chantajear a la empresa, a Turisteca, C. A. Falla en protegerla, la deja permanecer en la casa de la bahía, sujeta al peligro que los amenaza, porque la necesita, forma parte del plan, es un engranaje dentro del montaje que se ha diseñado.

Vilma confía en el padre incondicionalmente. Es lo máximo que hay en su vida, una roca inamovible, un amor a prueba de balas. Jamás podrá traicionarla, es lo que piensa, es su convicción más fuerte. Su gran amor de la adolescencia.

Sin embargo, lo que va a fallar, en el momento central del fundamental episodio que estamos asediando, es el valor más alto que hasta ahora Antonio Sandoval había propuesto para su hija y para sí mismo: la lealtad.

Es interesante constatar cómo este valor ocupa un lugar primordial en algunas de las novelas más sugestivas del siglo XX, que giran en torno a la lealtad y a la traición. Me vienen a la mente tres de las más significativas: El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, de 1925, El último encuentro (cuyo título original en húngaro es Las velas arden hasta los cabos), de 1942, de Sándor Márai, y El largo adiós, de Raymond Chandler, de 1953.

La sospecha late en las tres novelas mencionadas y su presencia o su derrota genera intensas y dramáticas relaciones. Igual sucede en Nube de polvo, aunque es la única en la que una situación semejante se da entre padre e hija. Aquí la tensión dramática se fragmenta en múltiples hechos y circunstancias, no es algo obvio ni fácil de reconstruir. En las otras tres la línea temática es más directa y está más en primer plano. Ni una característica ni otra es mejor o peor: simplemente son diferentes. He recordado a esas tres novelas para contextualizar a la de Krina Ber, para subrayar la intensa nostalgia por la lealtad, en un siglo en el que las traiciones históricas han sido de marca mayor, al igual que en el actual, el cual parece encaminarse a grandes pasos incluso a superar al anterior.

La extraña situación de haber sido criada únicamente por el padre (Yurama ha aparecido en la vida de ellos dos solo recientemente) hace que la relación entre ambos sea especialmente intensa. Y lo que Vilma valoriza más en ella es la seguridad que le ofrece el padre, su constancia, la convicción de poder contar con él, de saberlo de una pieza, no sujeto a caprichos ni a incertidumbres, un hombre fiel a sus conceptos y a sus valores, leal a ellos, leal a su hija. Hasta que sucede algo que hará cambiar violentamente esta condición.

Ahora, lo que sí diferencia a esta novela de las otras mencionadas, lo que la caracteriza más bien, es su carácter risueño y su tono vital, su capacidad de narrar dramas sombríos y hechos graves en un registro de intensidad emocional que no es ni sombrío ni melodramático. Es lo que la hace tan especial, tan seductora y, al mismo tiempo, tan densa, ya que su construcción se constituye a partir de una filosofía, de una visión del mundo y de la problematización de la ética, todo ello convertido en materia ficcionalizada, en el amor y la complicidad existencial puestos en escena en medio del esplendor del vínculo.

La situación edípica

La actitud de Yurama, cuando decide llevarse con ella a la muchacha, es sensata y protectora, una actitud realista. Frente a ella, triunfante, se alza la situación edípica.

Aclaro aquí que sigo la clásica teoría freudiana en cuanto a esta problemática, en la cual se define el complejo de Edipo como el deseo inconsciente de mantener una relación sexual con el progenitor del sexo contrario y de matar o eliminar al progenitor del mismo sexo. Es una representación inconsciente infantil que, una vez integrado en el mundo de la psique, se hunde en el llamado período de latencia, hasta reaparecer en la pubertad, en la que, con la elección de objeto (en términos psicoanalíticos) se inicia la sexualidad adulta.

El término de complejo de Electra pertenece a la teoría de Jung, para separar el fenómeno relativo a la niña del que se corresponde con el varón. No es la única diferencia, naturalmente, entre las dos visiones de la situación, pero no viene al caso desarrollar aquí esa problemática.

La situación edípica estalla sin barreras y con entusiasmo en Nube de polvo, sin sentimientos de culpa ni drama de por medio. Las condiciones de la realidad representada están dadas: del triángulo nuclear de la familia falta un miembro, la madre. Tal como en los cuentos de hada clásicos (“Blancanieves”, “La Cenicienta”), que han sido analizados por Bruno Bettelheim en su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas, la madre de la protagonista muere comenzando el cuento, en el cual solo tiene la función de darle vida a la hija. En el caso de Nube de polvo se da esa circunstancia: cuando la novela comienza, ya la madre ha muerto. Antonio ha hecho las veces de padre y madre, ha criado y educado a Vilma, a su Chinita, la ha impulsado a tener criterio propio, le ha aportado cultura y le ha dado mucho amor.

El rol de la madrastra, que en los cuentos de hadas mencionados es un papel fundamental, aquí está muy atenuado. En primer lugar, aparece tardíamente, luego de que ya la crianza ha sido hecha exclusivamente por el padre; en segundo término, Yurama es una mujer joven, amable, que busca ser aceptada por Vilma, la cual la rechaza, llena de celos, viviendo triunfante su edipo desbordante, acusándola injustamente:

Quería separarla de su padre. Una inesperada violencia la impulsó a oponerse y a gritar que no, que no se iría, que faltaba más de un mes para el final de las vacaciones y que ella se quedaría aquí. Yurama se irguió, los ojos negros de sorpresa. Pero Vilma (p. 47).

Las dos mujeres se enfrentan en torno a irse o quedarse, hasta que el padre impone su autoridad y la hija se queda, en el contexto de las circunstancias de las que ya he hablado y de las que volveré a hablar.

Por otra parte, la historia, según la construcción ficcional, está contada por Vilma veinte años después de los sucesos, momento en el que tomamos nota de que la situación edípica, tan intensa durante la adolescencia, ha sido ya plenamente superada y ella nos dice, displicente, que se trató apenas de que “mi padre y yo nos aferramos a un estúpido pedazo de tierra” (p. 59). Con esta frase desaparecen la magia y la intensidad, pero se expresa también que la protagonista ha integrado su mundo psíquico y ha evolucionado a la condición de adulta, dejando tras de sí todo lo que representaba ese pedazo de tierra, el intenso amor por el padre, que ha sido sustituido por un sereno afecto carente de otras implicaciones.

Pero en ese entonces, una vez ida Yurama, ella cocina, barre, lava, hace las compras y, convertida en ama de casa, se llena de placer al recibir los elogios del padre, por lo bien que hace todo eso.

También el amor del padre por la hija es intenso. Gusta de llamarla puella senex, lo cual es un oxímoron: puella, en latín, representa a la niña eterna, así como puer representa su contrapartida masculina, a una especie de Peter Pan. Senex, a su vez también en latín, simboliza a un viejo sabio. De alguna manera, el término expresa que hay también en Antonio un cierto deseo erótico por la hija, también él se ubica dentro de la situación edípica, puesto que quisiera ver fijada a Vilma a su encanto adolescente, unido a su sabiduría tan sugestiva.

Al mismo tiempo, el tema del sexo, como elemento a conversar entre personas inteligentes y cultas, como lo son Antonio y su hija, más allá de cualquier situación edípica, la cual no está presente siempre, sería empobrecedor que lo estuviera, se expresa de una forma muy ingeniosa y tiene mucho humor, todo lo cual refuerza el carácter principal de la novela, su levedad y su condición risueña.


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La obra de Krina Ber - Segunda Parte - Continuación


1 Krina Ber. Nube de polvo. Caracas, Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, 2015. Las citas se toman de esta edición y se señala el número de página en el cuerpo del texto.