Judit Gerendas Kiss

Narradora, ensayista, crítica literaria y profesora universitaria venezolana

En busca de Agatha Christie

Este cuento forma parte del volumen Cuentos de aeropuerto, aún inédito, de Judit Gerendas

Era posible que fuese a viajar otra vez, pero en este momento estaba decidida a no hacerlo nunca más. Aunque no le gustaba reconocerlo, lo que terminó de llevarla a esta decisión era el tremendo agotamiento físico que estaba sintiendo. Ella era todavía joven, pensó, ¿por qué se hallaba tan cansada? Claro, había hecho dos horas de cola para chequear su maleta y su pasaje y tres más para pasar por los controles, las supervisiones y las pesquisas legales a los que en estos tiempos los pasajeros se hallaban sometidos. Y ahora se encontraba empotrada en el estrecho y breve asiento que le había tocado, con los labios resecos, el peinado deshecho, una sed insoportable, prácticamente al borde de la deshidratación. Las azafatas y los sobrecargos pasaban a toda velocidad por los pasillos, ida y vuelta, y luego otra vez, por lo que sus débiles intentos de comunicarse con ellos resultaron del todo infructuosos.

Se acordó, aunque hacía tiempo que las había leído, de que varias de las numerosas novelas de Agatha Christie, que tanto le gustaban, transcurrían en aviones. En esas obras los pasajeros simplemente tocaban un timbre y entonces de inmediato se acercaba un auxiliar de vuelo, trajeado con una elegante chaqueta blanca y, solícito, le preguntaba al viajero o a la viajera, qué era lo que deseaba.

Echó la cabeza hacia atrás y respiró inhalando profundamente por la nariz y exhalando despacio por la boca, intentando oxigenar su organismo de esta manera. Recomenzó una y otra vez, pero el cansancio que sentía le impidió alcanzar la regularidad que hubiera necesitado.

El avión levantó vuelo y sobrevoló el aeropuerto. Todos los pasajeros estaban desplomados en sus asientos, al igual que ella, lo cual la llevó a la reconfortante constatación de que no se trataba de un hecho inherente a su edad.

Si fuera pasajera de uno de los aviones que describía Agatha Christie ahora le pediría al auxiliar de vuelo que le enviara a su doncella, la cual viajaría aparte, en otra sección, y ella vendría al instante y le daría un buen masaje en el cuello y en los hombros. Se reprochó a sí misma tener pensamientos semejantes, ella, que era una mujer progresista y de sensibilidad social, pero a su conciencia los reproches le importaron un bledo, ante la rigidez que sentía en el cuello y los nudos de tensión concentrados en los hombros. Sí, sería magnífico, pensó ya sin ningún sentimiento de culpa, que una doncella, una mucama, o simplemente una mujer del servicio doméstico, hiciera su aparición, deferente y solícita, y le diera un buen masaje, que le produjera el alivio que tanto necesitaba.

La doncella, probablemente, conociendo a los personajes habituales de la escritora inglesa, sería una muchacha francesa, vestida de negro, la cual se acercaría cada vez que ella la mandara a llamar, trayéndole una cosa y otra, cualquier objeto que requiriera.

– Madeleine – le diría ella – tráeme el maletín encarnado – y entonces la chica iría a buscarlo en el sitio reservado para las doncellas y los enseres de sus amas, las cuales no tendrían que llevar el maletín en sus rodillas o en el piso, incomodándoles los pies, como le estaba pasando a ella en este momento.

Hizo caso del letrero avisando a los pasajeros que podían desabrocharse los cinturones de seguridad. La voz del piloto les ofreció la información sobre las condiciones meteorológicas, la distancia a recorrer y el tiempo del vuelo, pero ella no prestó atención, dedicada como estaba a fantasear con la llegada del auxiliar de chaqueta blanca, el cual se inclinaría a su lado, toda gentileza y buenas maneras, ofreciéndole la carta con el menú, la cual ella estudiaría con detenimiento, mientras él esperaría, paciente y amable, hasta que ella decidiera su pedido:

  • Comeré lengua fría.

Una azafata pasó rauda y veloz, lanzando a cada viajero la misma pregunta, que no variaba desde años:

  • ¿Carne o pasta?

Mientras ella reflexionaba qué sería menos desagradable de masticar, suelas de zapato o trozos de cartón, ya la aeromoza andaba lejos, y ella no hizo ningún esfuerzo por alcanzarla, que le trajera lo que quisiese, de todas maneras daba igual.

Siguió sentada inmóvil en su asiento. Como nadie le había traído la bandeja con su comida, volvió a invocar a Agatha Christie y se imaginó de nuevo al auxiliar principal, con su chaqueta blanca, ofreciéndole un vaso de soda y unos delgados bizcochos con queso. Luego ya eran dos los que servían, juntos, alternándose, así recordaba haberlo leído. No era una plana bandeja lo que le entregaban a los viajeros, sino comida verdadera en vajilla verdadera: la sopa, luego la carne, las verduras y las ensaladas y después los dulces.

En ese momento por fin le trajeron su bandeja de comida. Ella desplegó la mesilla que tenía delante y comprobó que el almuerzo era tan asqueroso como se lo había imaginado. No pudo impedirse a sí misma recurrir de nuevo a los vuelos de Agatha, en los que se podía elegir trucha, o cualquier otro tipo de pescado, y entonces ponían los cubiertos indicados para ese tipo de alimento. La sal no se servía en papeletas, sino que se colocaban saleros para cada pasajero.

En un pequeño cubículo, poco tapado, se localizaban los restos de alimentos que sólo desconfianza podían generar. Trató de girar hacia otro lado, para ocultar a su vista el repugnante espectáculo, y pidió una botella de agua, para deglutir con más facilidad los así llamados alimentos.

Lo primero que haría al llegar a su casa sería prepararse una comida decente. Envolvió de nuevo la bandeja en el papel celofán en el que había venido, sin poder continuar tragando bocado. Prefería morirse de hambre antes que comer lo que le habían servido. A su memoria se asomó de nuevo el mesonero de las novelas de Agatha Christie, lo vio servir el café y colocar dentro de cada taza la cantidad de azúcar solicitada, así como ofrecer leche, la cual por algunos era aceptada y por otros rechazada, y lo vio servir bizcochos y dulces de nuevo.

Sintió que las piernas se le dormían. Se le estaban durmiendo por completo, desde los tobillos hasta los muslos. Se paró y empezó a caminar por el pasillo, el cual, en verdad, era mucho más corto de lo que uno se imaginaba. Pasó por el business class y por la primera clase, dio la vuelta por el otro pasillo, llegó hasta la cortina detrás de la cual estaban las aeromozas y los sobrecargos, aunque faltaban los auxiliares de vuelo de Agatha Christie. Retomó de nuevo la misma vía, caminando cada vez más rápido, a la final corriendo suavemente, mientras el avión seguía avanzando en medio del aire, por el espacio del cosmos, desde el cual le pareció que se asomaba la cara burlona de una señora mayor, mordisqueando una manzana.

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4 Commentarios

  1. Edikem

    Me ha encantado. Es lo que tienen las obsesiones compartidas, en este caso la Christie y los vuelos. 😛

    • Judit Gerendas

      Claro que sí, Eduardo. Con qué gusto volaría para allá, con un buen lote de libros de Agatha.

  2. Alejandro Gerendas

    Excelente cuento, igual que tu narración, como siempre. Felicitaciones

    • Judit Gerendas

      Muchas gracias, Alejandro. Los disfruté mucho, mientras los escribía. Todos fueron escritos en aeropuertos o en aviones, son una verdadera fuente de inspiración …

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