Judit Gerendas Kiss

Narradora, ensayista, crítica literaria y profesora universitaria venezolana

Los asientos verticales

Este cuento forma parte del volumen Cuentos de aeropuerto, aún inédito, de Judit Gerendas

En el avión los pasajeros habían sido colocados en asientos verticales. Los tripulantes de cabina, como dando a entender que ellos no tenían ninguna responsabilidad en cuanto a esa situación, caminaban con aire de inocencia en medio de toda esa gente que viajaba de pie, sujeta con correas a las barras. Una aeromoza le dijo a los pasajeros que podían considerarse afortunados por habérseles dado la oportunidad de hacer trasbordo a esta nave. Centenares de viajeros se habían quedado en tierra. Habían sido advertidos con anticipación, pero se habían negado a creer que, teniendo boleto comprado desde meses atrás, no se les garantizaría cupo en el vuelo que les correspondía. Cuando se dieron cuenta de que era cierto, que se habían quedado fuera definitivamente y que ningún milagro se produciría, se negaron a desalojar la sala e iniciaron una ofensiva contra el personal de tierra. Pero éstos no se inmutaron. Una muchacha de elegante uniforme apretó un botón, con el inmediato efecto de provocar la entrada de un montón de hombres armados con ametralladoras, los cuales se colocaron en sitios estratégicos en la sala de espera. Entonces los múltiples proyectos que motivaron a los viajeros (a los aspirantes a viajeros) a emprender su vuelo (a tratar de emprenderlo) de golpe fueron sustituidos por un único e idéntico objetivo que homogeneizó a todos los presentes: no pasar a convertirse en definitivos ausentes, de una vez y para siempre.

En el interior del avión, algunos de los pasajeros que iban a viajar en posición vertical rechazaron la opción de hacerlo de esa forma tan inhumana e intentaron salir de la nave, dispuestos a devolver su pasaje y a aceptar que lo anularan. Pero los tripulantes contestaron que eso era imposible y negaron de plano la posibilidad de que se abriera la puerta para ellos. Algo que iba en contra de toda lógica, puesto que mientras tanto abajo toda una multitud se manifestaba por viajar en las condiciones que fuera.

El muchacho, que acababa de contemplar los amplios y confortables asientos de primera clase, con suficiente distancia los unos de los otros, miró a una chica que tenía cerca y vio que estaba llorando. La muchacha tendría unos diez y siete años. Se hallaba colocada de pie, ya amarrada con las correas, al lado derecho de otro puesto de iguales características. Él la miró asombrado, como asombrado lo tenía toda la situación en la que se encontraban. Ella bajó los ojos, avergonzada de que él la viera así, aunque no había sido su elección ir de esa manera degradante. Él le rozó una mano y luego se la apretó, sin decir nada, porque qué se podía decir.

¿Cómo soportará las largas horas que durará el vuelo? – se preguntó, abrumado.

Constatar que un avión prestase un servicio tan infame y tan infamante lo llevó a preguntarle a un hombre de uniforme que parecía el piloto, cómo podía suceder algo tan cruel.

El piloto le contestó con toda naturalidad:

– Es la única manera de garantizar que el vuelo resulte económicamente viable.

Al muchacho le provocó caerle a patadas, pero el tipo no le dio tiempo, porque siguió hablando, sin levantar en ningún momento la voz, elegante y aséptico:

– No podemos dar explicaciones. Más valdría que usted también se colocara en el lugar que le corresponde -. No dijo asiento, al menos tuvo esa decencia. Luego dio por cancelado el intercambio de palabras, que en ningún momento llegó a ser un diálogo.

El muchacho pasó en medio de atractivas jóvenes de uniforme que comenzaron a repartir refrescos de cola roja a los pasajeros que ya se hallaban colocados en sus puestos, apretujados los unos contra los otros.

Un individuo con aspecto de boxeador en la cúspide de su carrera surgió del fondo de la nave. Con mirada experta clasificó a los viajeros, que ahora parecían todos iguales, gente que vivía generando desorden, cada cual con la esperanza puesta en sus diversos proyectos personales. Pero él sabía detectar detrás de las máscaras a los sospechosos que podrían provocar problemas.

La suave voz con la que explicó, sin alterarse en lo absoluto, paciente y didácticamente, que el precio que ellos habían escogido pagar sólo cubría esta alternativa, no se correspondía para nada con la ferocidad de su aspecto.

El concepto del muchacho acerca de la funcionalidad de los aviones sufrió un grave deterioro. Miró de nuevo a la muchacha amarrada y de pie, y entonces entre los dos se estableció un vínculo sin palabras, con sólo el trenzado que se generó a partir de sus miradas.

Otro pasajero, indignado al constatar la existencia de los “asientos” verticales, también decidió bajarse del avión. Pero por más que argumentó, sus razones no fueron aceptadas. Entonces suplicó, pero igualmente fue en vano. Una mujer se unió a él, para insistir también en su deseo de salir de ese siniestro avión, pero los empleados, que entraban y salían sin problemas todo el tiempo, dijeron enfáticamente que eso era imposible. El tipo con aspecto de boxeador, ahora con los ojos cargados de una densa amenaza, se acercó a los que pretendían bajarse.

Afuera alguien disparó y desde las ventanillas se vio cómo un hombre caía desde la segunda planta. Con sus pies hizo como si estuviera pedaleando en el aire, antes de estrellarse contra el piso. Una cámara de televisión captó el momento.

Un joven lideró a un grupo de pasajeros que se había quedado en tierra. Su equipaje había sido embarcado antes de que se diera la información de que para ellos no había lugar dentro del avión. El grupo fue aumentando aceleradamente y confluyó en dirección a una rampa inclinada.

Dentro del avión, el muchacho logró rodarse un poco más cerca de la chica, con ese innombrable artefacto que en verdad no se podía llamar asiento. Producía una rara sensación encontrarse en semejantes circunstancias. En vez de yacer en unas literas como aquellas de las cuales hablaban las novelas de antaño, ahora, en lo que parecía ser el ocaso del placer de volar por los aires, intentaron prestarse mutuo apoyo, de pie y amarrados, en medio de una gran cantidad de personas que viajaban en las mismas condiciones.

Afuera, con el poder de la policía, se logró controlar a los que esperaban en tierra la posibilidad de embarcarse, cuya protesta fue cortada en seco ante la muerte de otro de los candidatos a viajero. Viajero al más allá, eso fue lo único que logró ser.

Antes de que se produjera la comunicación del piloto de que estaban a punto de levantar vuelo, el muchacho pensó en rescatar a la chica, y a sí mismo también. Casi no se habían hablado, pero sintió que, a falta de un contrato social en el mundo, iba a ser necesario establecer contratos individuales y luchar contra el concepto de abaratar la vida de los seres humanos a costa de lo que fuese.

Claro, eso en estas condiciones resultaba una idea inverosímil, utópica del todo, puesto que en la posición que les habían obligado asumir, probablemente una piedra tendría más opciones de movilizarse que ellos.

Luego del despegue, el piloto se volvió a comunicar con los pasajeros. Les notificó que el avión estaba en venta y que acababan de informarle por radio que, después de un largo período durante el cual nadie se interesó, se había presentado un grupo de compradores y el negocio estaba a punto de cerrarse. Era posible que en pleno vuelo el aparato cambiara de propietarios.

A medida que el avión seguía ascendiendo, la cúpula de la catedral, la casa de un Dios que se había vuelto mudo, se veía cada vez más pequeña.

El avión sobrevoló la costa, en la cual en la superficie de la arena parecían vislumbrarse letras con las que la gente había pretendido decir algo, era como una furtiva utopía dejada ahí, tal como se dejan las huellas de los pies, signos apenas que a nada comprometen, como si los que los hubieran trazado hubiesen supuesto que el blanquecino resplandor de la arena, que vibraba bajo la luz rosada de la tarde, podría remitir a la fiesta con la que habían soñado, o a la música que desearían escuchar los que tendrían que mantenerse de pie durante la larga noche que marcaría el tiempo, el cual transcurriría gota a gota.

El muchacho se imaginó a los compradores acercándose ya por el aire, saltando de nube en nube, para tomar posesión del avión. Les había gustado y lo habían comprado. ¿Qué tenía eso de particular? Seguramente estaban convencidos de que el espíritu humano era emprendedor, el de ellos, claro, y considerarían a los viajeros sólo como inquilinos temporales a quienes no debía sorprender el hecho de que el aparato hubiera sido vendido con los pasajeros adentro. Como si fuera una finca a la que se compra con el ganado incluido. Alguien habría obtenido una buena comisión, sentado cómodamente en el muelle sillón de su oficina, sin pensar ni por un segundo en los que viajaban de pie, encadenados a unos paneles para no irse de bruces. En aquellos que estaban sujetos a los muros de una mazmorra volante, en lugar de contar con un confortable asiento, o al menos con uno de esos de un tiempo no tan lejano, que ya no eran tan confortables, sino estrechos y pegados los unos a los otros, pero en los cuales, al menos, era posible todavía sentarse.

La felicidad estuvo ausente del viaje. Probablemente la sentían sólo los altos ejecutivos en tierra, los cuales, con la operación financiera que habían cerrado, habrían obtenido para la empresa, y de paso para ellos mismos también, varios miles de millones de dólares.

El muchacho percibió las tenues llamadas que los ojos de la chica le estaban mandando. La tenía cerca de sí, aunque ambos seguían en sus incómodas e idénticas posiciones.

Un hombre pidió ir al urinario, y tuvo que esperar a que el sobrecargo le desatara las correas. El integrante de la tripulación llegó con su aire de superioridad, mientras el pasajero susurraba un por favor que casi ni se oía.

El muchacho trató de acercar su “asiento” vertical un poco más al de la chica, la cual ahora parecía estar meditando. Él le hizo un comentario y luego le tendió su mano y volvió a apretar la de ella.

El instante fue interrumpido por la caída de un ordenador portátil que una mujer con aspecto de ejecutiva había subido como equipaje de mano, pensando ingenuamente que podría trabajar durante el largo viaje. Ahora, de pie y amarrada, como los demás, el portátil se había deslizado de sus manos y se hallaba en el piso, evidentemente roto.

Las azafatas y los sobrecargos daban vueltas, con su máscara de amabilidad puesta, como si estuvieran haciendo relaciones públicas con pasajeros que podrían haber sido viajeros de algún tenebroso cuento del siglo XIX, seres entre la vida y la muerte, más bien más cerca de la muerte que de la vida, versión moderna de invisibles pasajeros de naves fantasmas que no se detenían nunca, surcando los mares (o los cielos) como condenados al infierno.

El siguiente rito no tuvo nada de amenazante, todo lo contrario, sorpresivamente el personal se dedicó a servir un vaso de cognac a cada uno.

El muchacho observó cómo la chica, ya cansada, aunque apenas había empezado el vuelo, se apoyaba en la parte delantera del armatoste que la tenía sujetada.

Otro hombre pidió ser liberado para ir al lavabo. Cada vez que alguien lo hacía era todo un proceso.

De repente se escuchó la voz del piloto por el altavoz:

– La aerolínea acaba de perder la mitad de todas las rutas nacionales e internacionales, y sólo podremos disponer de un volumen mínimo del espacio aéreo.

Los pasajeros, dentro de su indefensión, se volvieron hacia el personal de a bordo, pero todos andaban muy de prisa, de una punta a otra de la parte interna del vehículo, mirando de frente, nada dispuestos a volverse hacia los lados, donde se hallaban almacenados los pasajeros, como en un depósito.

Con las cabezas inclinadas, desistieron de todo acto de resistencia. Ahora ya lo único que deseaban era que el vuelo llegara lo más pronto posible a destino, en las condiciones que fuera y por cualquier espacio aéreo, por limitado que fuese.

Nada parecía real, todo resultaba poco menos que un siniestro pasado medieval trasladado a la tecnología más moderna, que se materializaba como representante de otra historia, la de unos seres que habían ingresado a este lugar sin tener una idea exacta acerca de las condiciones del viaje, en ese entonces, claro, porque ahora sí la tenían, y clarísima.

El muchacho intentó bromear con la chica. Trató de mantener el espíritu en ella, en esa pequeña proximidad que habían logrado. Volvió a hacer un gran esfuerzo de acercamiento físico y entonces la chica sintió que realmente estaba presente y quizás algún día podría pedirle que no se alejara nunca. Bajó lentamente la mano, y afirmó, con suavidad, lo que era obvio, que todo viajero tenía derecho a un sillón y que eso no era mucho pedir:

– Lo que nos hacen no es justo. Esto no puede ser verdad.

– Yo estoy dispuesto a soportar cualquier cosa, si esto es lo que me ha permitido conocerte.

Se hallaban parados a ambos lados del pasillo, en el avión atestado de gente, todos aglomerados en un mismo sitio, como si aquello no fuera un avión sino una especie de galpón congestionado, algo del todo improbable en relación a una aeronave. Los estrechos “paraderos” se amontonaban uno tras otro, uno junto al otro. Y ahí estaban ellos, comprimidos, volando por el aire.

Un sistema que procesaba los datos iba chequeando la cantidad de espacio disponible. El equipo electrónico recomendó reducir aún más la distancia entre los “paraderos” y presentó el diseño de un modelo que corregía las fallas y evitaba las pérdidas de centímetros cuadrados. Era un equipo electrónico que desprendía un hálito malicioso, como una voluntad personal de estrechar el lugar, de negar cualquier alternativa.

El muchacho cada vez estaba más cerca de la chica y, curiosamente, la tripulación, que se desplazaba con velocidad de un lado a otro, no se dio cuenta de la irregularidad. Juntos recibieron la infame cena que la aerolínea repartió como una limosna.

La mayoría de los pasajeros dejó la comida sobre la bandeja. La carne sabía a cartón y la salsa a una mezcla de agua con algo de grasa. El mal aspecto de la comida sólo era equiparable a su carencia de sabor y al sinsentido global.

– Cuando lleguemos a tierra, lo primero que haremos es ir a mi casa – dijo el muchacho.

La chica se sobresaltó. Ni siquiera sabía cómo se llamaba el muchacho, ni él sabía el nombre de ella. Pero él siguió hablando, omitiendo un sinfin de pasos intermedios:

– La vuelta a casa es el destino de todo viajero, ¿no es así? Ahí al menos nadie dispondrá cómo tendremos que ubicarnos.

La gente, incrustada en la pared, colgaba de su sitio de cualquier manera, sin lograr descifrar la estructura a la cual tenía que adaptarse. Algunos alucinaban con desplegar unas sillas y colocarlas en la posición más adecuada, como en la playa, esas sillas de extensión en las que uno se reclina y luego estira despreocupadamente las piernas.

Cuando trajeron la comida no fueron capaces de consumirla, agotados y agarrotados, sin fuerzas para mover las manos y sujetar la bandeja que se les ofrecía. La azafata esperaba un momento y luego seguía de largo.

Poco a poco, lentamente, cada cual trataba de enderezarse y de mover los miembros ya dormidos y entumecidos, flexionar los dedos de las manos y poner en funcionamiento sus organismos en la medida de lo posible.

Muchos tenían ganas de hacer sus necesidades, pero se contenían, evitando la humillación de ser desamarrados y amarrados de nuevo.

En la mano del muchacho una navaja resplandeció como un diamante. No se notaba lo desvencijada que estaba. Parecía de plata. Se la había comprado luego de leer un cuento de uno de sus autores preferidos, Brett Harte, uno que se titulaba “Los desterrados de Poker Flat”. El naipe que el protagonista había clavado con su navaja en el árbol bajo el cual se sentó a morir fue una imagen que nunca olvidó. Era casi un niño todavía cuando salió a comprar esa navaja, a la cual consideraba su amuleto.

– Te hablé en mis sueños – le dijo a la muchacha – y te miré en la oscuridad y vi tu figura, tu regazo, que ahora está siendo tan maltratado, tan estirado. Y pensé que no era justo que estuviésemos en este avión, en el que sólo funcionan las matemáticas básicas: mientras más pasajeros se logre aglomerar en su interior, mayores serán las ganancias.

El personal de la aerolínea pasaba exhibiendo sus cuerpos, para que los viajeros se dieran cuenta de que eran ellos el prototipo de seres atractivos y seductores que con mayor frecuencia recibían alguna señal de alguien del otro sexo, o del mismo sexo, quizás, para un fugaz encuentro que a nada los comprometía. Pero cuando llegó la información por la radio del avión de que los nuevos propietarios habían decidido rescindir los contratos de todo el personal, la gestualidad de la tripulación dejó de manifestarse y los pasajeros hubieran podido certificar que no volverían a presumir de su físico y, quizás, ni siquiera volverían a volar.

En ese momento el muchacho, con ayuda de la navaja, logró zafarse de sus correajes y dijo que iba a empezar a abrir todos los cerrojos y los broches de las ligaduras que sujetaban a los pasajeros. La primera a la que se acercó fue a la muchacha. Cuando la vio sin todos esos arneses, se quedó un instante inmóvil delante de ella. Después no sólo fue quitándoles a los demás pasajeros todo el aparataje con el que los tenían amarrados, sino que en cuestión de segundos se apoderaron de la aeronave y tomaron cautivos a los tripulantes.

El muchacho, con su navaja en la mano, entró a la cabina de los pilotos, junto con la chica. Escuchó que la radio estaba informando que la aerolínea se había declarado en bancarrota, y entonces conectó la transmisión de manera que fuera oída por los demás pasajeros.

La acción fue muy rápida. Revisaron todos los implementos y algunos de los viajeros, que habían piloteado avionetas, se hicieron cargo de la situación. Con voz serena, susurrante casi, uno de ellos informó por radio que el combustible con el que se contaba alcanzaba para un viaje mucho más largo que el itinerario que tenían previsto, que podían llegar a alguna isla lejana, separarse de los aeropuertos y conservar el avión del cual se habían apoderado. Pero antes de que nadie pudiera reflexionar sobre la inesperada propuesta, los improvisados pilotos introdujeron descuidadamente la nave dentro de una tormenta eléctrica, a la cual fueron incapaces de evitar. Al cabo de unos segundos un fuerte golpe de aire lanzó a la muchacha de vuelta a la cabina de pasajeros. Todos los viajeros se aglomeraron en un mismo lugar, lo cual produjo un considerable desequilibrio. Los maletines de mano volaron de los depósitos de la parte superior, cuyas tapas se abrieron violentamente. Un reguero de objetos personales se desplazó de un lado a otro por el piso del pasillo y por los aires. Entre otras cosas corrían monedas con rapidez por el piso y volaban billetes a nivel del techo.

La gente empezó a gritar ante la inminencia del accidente. El avión siguió recorriendo kilómetros a una velocidad inverosímil.

La muchacha se levantó, toda magullada, y le propuso al muchacho, de quien ya en ese momento sabía que se llamaba Harold, y él sabía que el nombre de ella era Leonor, que no atendieran a la radio, cuyos intentos de comunicación eran cada vez más insistentes. Él estuvo de acuerdo y lo desconectó. Luego, entre sacudida y sacudida, trató de organizar al grupo. El piloto, el copiloto y los demás miembros de la tripulación ya se encontraban fuertemente amarrados.

Un chico de unos doce años creyó que se trataba de un videojuego:

– ¡Seguro que lograremos llegar hasta el final! ¡Yo quiero ser el piloto! ¡Necesitamos armas, más energía! ¡Matemos a los malos!

Excitado y alucinado, siguió gritando:

– ¡Hay que recoger todos esos objetos que ruedan por el piso! ¡Esos son los elementos auxiliares que nos van a permitir dominarlos!

Los supuestos elementos mágicos continuaron desplazándose de un lado a otro.

Leonor señaló que los pasajeros recibirían un plan de vuelo que Harold y el copiloto, que se había pasado a su bando y al que habían desamarrado, estaban preparando.

Un grupo de personas, hombres y mujeres, se dedicó a organizar las bandejas de comida. Aunque de por sí ya era poco lo que contenían, los fueron separando por porciones, en previsión de que el viaje resultara más largo de lo previsto. Pero luego encontraron un sinfín de exquisiteces para la primera clase, la cual estaba casi vacía. Esa inesperada abundancia los tranquilizó, al menos en cuanto a comida. Pero cuando uno de los motores empezó a fallar se sintieron desarmados ante la posibilidad de una catástrofe. Los que estaban en la pequeña cocina trataron de mantener el orden en ese minúsculo lugar, cuyos equipos y enseres estaban a punto de desmantelarse. Dos mujeres sostuvieron con toda su fuerza los estantes de metal que empezaron a descolgarse en dirección al suelo. Un hombre le tocaba sin mayor disimulo el sexo a una mujer, por debajo de la falda.

Cuando el avión logró posarse suavemente sobre el mar, gracias a la pericia incuestionable del copiloto y a que el avión tenía recursos técnicos para ello, el niño pensó que se trataba de un nuevo flash del videojuego y comenzó a gritar otra vez:

– ¡Hemos llegado a la última fase! ¡Ahora necesitamos implementos submarinos!

Estaba muy confiado, puesto que tenía mucha experiencia con los videojuegos y pocas veces dejaba de lograr los objetivos que se le proponían.

El soplo del viento levantó las olas. Harold, el copiloto y otro grupo de personas estudiaron la situación. Se hallaban en alta mar, en un lugar del planeta de cuya ubicación sólo intuiciones tenían, y no se habían hundido porque el copiloto había sido capaz de hacer amarizar la nave.

Desde el avión convertido en barco vieron acercarse la noche, y entonces el temor se asentó en sus corazones. El copiloto decidió intentar volver a conectar la radio y comunicarse con la torre de control, a pesar de que a la mayoría de los pasajeros no les gustó la idea. El proyecto aprobado por todos había sido independizarse por completo del sistema. Pero el copiloto los reunió. Su cara ojerosa hablaba por sí misma, pero sus palabras fueron firmes:

– En este momento nadie puede saber cuál alternativa es la mejor, seguir por nuestra cuenta, con todos los riesgos que eso implica, o volver a un sistema caótico e inflexible que no dejará de usar todo su poder contra nosotros.

Luego agregó, lentamente:

– No somos los copilotos y los pilotos y las aeromozas los responsables de que en este avión no haya un asiento decente, de que ustedes hayan tenido que viajar parados.

Después de un tiempo de consultas, desataron a los demás miembros de la tripulación, los cuales se mantuvieron muy quietos y de bajo perfil.

Leonor yacía en el suelo, junto a Harold. La mayoría de la gente se había sentado en el piso.

– Decidiremos entre los dos y nos quedaremos juntos – dijo ella.

– No nos separaremos – contestó él, evidentemente sin la ilusión de ella, consciente de que seguían sobre el mar y de que la situación era en extremo peligrosa.

Ella, jugueteando con los objetos que estaban tirados por todas partes, recogió unas cuantas monedas.

– Vamos a prohibir el uso del dinero – dijo el muchacho, aunque su mente estaba en otra parte, en aquello que sus ojos veían, el ocaso del día. No lo dijo, pero pensó que sería imposible que se salvaran. El avión no podría seguir flotando en medio de las aguas por tiempo indefinido y, además, quién podía saber qué clase de feroces animales acuáticos los estaban rodeando en este momento. Se sintió terriblemente frustrado, porque entre todas las mujeres que había conocido, Leonor parecía ser la que representaba su destino, y ese destino justamente estaba a punto de finalizar. Habría que inventar algún intento de salvamento, pensó, pero nada viable se le ocurrió.

La gente escuchaba con atención al copiloto, mientras la noche seguía llegando y afuera se levantaba un violento oleaje que amenazaba con cubrirlos y arrastrarlos.

El contacto con la radio no se había podido restablecer. Entonces el copiloto planteó a su auditorio esperar hasta que amaneciese y, ya de día, pasar a los botes inflables, con los chalecos salvavidas puestos.

Sólo el niño estuvo de acuerdo, puesto que pensó que con ello accederían a un nivel más alto del juego y lograrían aproximarse a la meta. Por fin su mamá le dio una cachetada y lo hizo callarse, para seguir escuchando al copiloto:

– Nos hemos quedado sin uno de los motores. No sé si sería prudente intentar levantar vuelo.

– Pero aquí abajo hace mal tiempo – lo interrumpió la madre del niño – y ni siquiera sabemos qué temperatura hay ahí afuera.

Casi todos estaban a favor de quedarse en el interior del avión, pero sin probar alzar vuelo. Se imaginaron estar protegidos dentro del vientre de la nave, donde todavía había comida y una temperatura aceptable. La idea de salir de ese ámbito les resultaba insoportable. Al imaginarse esta opción se vieron a sí mismos como a minúsculas criaturas, formas vivientes poco evolucionadas, insignificantes en sus botes a su vez minúsculos, prácticamente invisibles sobre la vastedad del mar, condenados a no ser observados por los aviones que hubieran salido en su busca, si es que lo habían hecho, los cuales pasarían de largo, luego de confundirlos con la espuma de las olas.

La muchacha mantuvo sus ojos clavados sobre la masa de agua, con olas cada vez mayores, que golpeaban a las ventanillas y a la endeble estructura del avión, como si fueran peñones que se precipitaran sin cesar sobre ellos.

El sesgo que estaba tomando la situación se hizo cada vez más inquietante. El mundo se les estaba escapando o, más bien, eran ellos los que, sin querer, se estaban escapando del mundo, que a su vez intentaba expulsarlos con toda la fuerza de su agresividad. Pero en cierto momento a Leonor le pareció que el mar comenzaba a retirarse. La tormenta estaba amainando y las oleadas de agua ya no pretendían entrar por la ventana. Entonces nació en ella una pequeña llama de esperanza. El niño a su vez comenzó a gritar:

  • ¡La victoria será nuestra! ¡El juego está ya casi ganado!

Evidentemente el chico vivía toda la situación como si se tratase de un juego virtual. La gente empezó a observarlo con más detenimiento, y se mostraron cada vez más preocupados por ese niño, que confundía a la realidad con una pantalla. El tipo con aspecto de boxeador, que desde hacía tiempo había perdido ese aspecto, se le acercó y, tomándolo de la mano y abrazándolo por los hombros, trató de hacerle comprender que había un mundo tangible y que merecía la pena palpar con la mano los materiales que estaban ahí, sentir su textura.

Harold también se había levantado y estaba participando del intento de hacer regresar al niño del ámbito en el que se hallaba encerrado. Antes de hacerlo le entregó la navajita a Leonor.

– ¡No! – gritó en ese momento el niño – ¡No me van a engañar! ¡Ustedes son mensajeros de los agentes que me han secuestrado! Yo ya jugué este juego antes y lo gané, resolví todos los conflictos que ustedes provocaron, yo soy el héroe y los volveré a clavar contra los paraderos.

Estaba indignado de que lo rodeara tanta gente. Lo que ellos pudieran decirle para nada le interesaba. Estaba blindado contra sus argumentos.

– ¡Yo soy el mejor jugador del mundo! – gritó -. ¡Ya verán cómo resuelvo todo este asunto!

La situación parecía no tener salida. La gente, desanimada, volvió a sentarse en el suelo y así fueron pasando las horas. Algunos pensaron en sus familiares, mientras que otros se quedaron con la mente en blanco.

El copiloto intentó comunicarse de nuevo por la radio, pero no tuvo ningún éxito. Probó de todas las maneras posibles, pero el milagro no se produjo.

Las personas a bordo contemplaron cómo un nuevo temporal se gestaba allá afuera. Las imágenes titilaban en la penumbra. Sobre el fuselaje se habían depositado toda clase de conchas marinas, grandes valvas calcáreas y ostras de todo tamaño.

El niño competía ahora, en la más reciente carrera que creía que se le proponía, contra un sinfin de obstáculos. Sabía que no le quedaba más remedio que organizar a los demás pasajeros, sin ayudantes no llegaría a la meta.

Fue en ese momento cuando olas más grandes que todas las anteriores surgieron del mar.

– Este juego está mal diseñado – dijo el niño -. Hay demasiados elementos apretujados.

Harold comenzó a pensar en cómo dejar un mensaje, para dejar constancia de los acontecimientos. No tenía ni idea de cómo hacerlo llegar a algún destinatario desconocido, una dramática señal como el naipe de póker y la navaja del cuento de Brett Harte. Leonor se inclinó hacia él y, en un tono bajito, para que nadie más lo oyera, le dijo:

– La vida se nos está escapando – comenzó a decir, pero en ese momento un estruendoso ruido indicó la entrada del agua en el avión, una avalancha que ingresó destruyendo a los que llevaban tanto tiempo esperando salvarse. Como un río avanzó, con toda su fuerza, y los botes salvavidas produjeron una última imagen, como si la orquesta del Titanic todavía estuviera tocando, mientras la gran nave se hundía, es decir, el avión, haciéndole la competencia al famoso buque.

Leonor y Harold se miraron, y la felicidad huyó de su lado. No hubo tiempo de clavar ningún mensaje con ayuda de la navaja, ningún árbol llegó a brotar de las aguas en ningún momento. Los pasajeros no venían de Poker Flat ni eran jugadores de póker. El mensaje se disolvería en el mar, no era un naipe ni había un pino en el cual pudiera ser clavado. El sonido de la radio de pronto insistió en expresar su vocación de sonar, mientras el avión se volteó hacia la derecha, como una ballena herida, y entonces, de golpe, el agua se los tragó a todos.

 

 

Anterior

2.- Separaciones: La Abuela Jolán

Siguiente

El humor y la ironía en los cuentos de Ricardo Waale

7 Commentarios

  1. Judit Gerendas

    Gracias por tu lectura, Adriana. Eres una buena crítica literaria. Muchas gracias por tus palabras.

  2. Adriana

    Es la segunda vez que leo este cuento, y debo decir que volví a vivir la maravilla y el asombro, la desazón y el temor, como si se tratase de la primera lectura. Me encantan muchas de las imágenes, son sencillas e impactantes. Gracias por el deleite, profe!

  3. Alejandro Gerendas

    Muy ingenioso al igual que tus otros cuentos de la serie Aeropuerto.
    Felicitaciones por tu nuevo blog. Muy bello.

    • Judit Gerendas

      Gracias por tus palabras, Alejandro. Esto de los asientos verticales, que parece tan kafkiano o de película de terror, es una realidad que, aunque no se ha puesto en práctica todavía, está en los proyectos de gran cantidad de líneas aéreas. Pero el cuento en sí es ficción, claro.

  4. Judit Gerendas

    El cuento “En busca de Agatha Christie” dialoga con este

  5. Judit Gerendas

    Querido Peter, me alegro (de que te tuve en suspenso: esa era la idea, aparte de otras). Gracias por tus palabras.

  6. Peter Lauterbach

    Gratisima experiencia leerte querida Judith, me tuviste en suspenso hasta el final. Gracias

Deja un comentario

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

© Judit Gerendas Kiss, 2018 & Desarrollado por ¡G! | CCS - VZLA

000webhost logo