Con frecuencia leo artículos de periodistas y de escritores en los que elogian a una mujer comparándola con el personaje central de Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht. A partir de ahí nacen estas reflexiones.

Anna Fierling, conocida como Madre Coraje, protagonista de la mencionada obra, escrita en 1938 y estrenada en 1940, ya en plena Segunda Guerra Mundial, es una comerciante que vive de la guerra. Su preocupación permanente gira en torno a la necesidad de adivinar si ésta se acaba o si continúa, para decidir si debe comprar más mercancía o no.

Ciertamente, es una mujer de voluntad férrea, que arrastra su vida, y su simbólico carromato, elemento emblemático de toda la representación teatral, a lo largo de un período de la cruel Guerra de los Treinta Años en Europa: la obra transcurre entre 1624 y 1636. El coraje que tiene esta mujer es de un tipo muy especial, tal como lo formula en uno de los diálogos otro de los personajes, El Capellán: “Realmente la admiro, Coraje. Cuando veo cómo se da maña para ganarse la vida y salir siempre de apuros, comprendo que la llamen Coraje” (Bertolt Brecht. Teatro completo. T. IV. Incluye El alma buena de Se-Chuan y Madre Coraje y sus hijos. Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1967, p. 184).

En este drama, quizás la mejor de las numerosas que escribió Brecht, la protagonista muestra contínuamente su ambivalencia: en ocasiones maldice a la guerra, en otras la elogia. El que se declare la paz es para ella motivo permanente de preocupación, puesto que su objetivo principal es vender su mercancía. Convive, sin problematizarla, con la idea de que los soldados marchan a la muerte, pero lo que le interesa, mientras este final los alcanza, es venderles un pedazo de salchichón y un trago de vino. Anna Fierling, conocida por los soldados, los campesinos y los demás personajes como Madre Coraje, no tiene moral. Su nombre mismo le viene por haber atravesado “el fuego de la artillería con cincuenta panes en la carreta. Ya estaban criando moho, el tiempo apremiaba y no me quedaba otra alternativa” (p. 133).

Con su misal envuelve pepinos y no defiende a sus hijos cuando son insultados, porque eso podría interferir en sus posibilidades de venderles a los ofensores sus productos. Sin embargo, esta obra, que no es maniquea ni panfletaria, muestra también su grandeza, que forma parte de su ser contradictorio y ambivalente. De esta manera vemos cómo se enfrenta con El Reclutador y cómo intenta salvar a sus hijos, argumentando, discutiendo con ingenio, tratando de protegerlos, defendiéndolos incluso con un cuchillo.

Pero lo que no entiende es que ella también forma parte de la guerra. Se considera a sí misma y a sus hijos gente pacífica. Acepta la guerra, como aceptaría, sin cuestionarlo, un cataclismo de la naturaleza. Sus contradicciones giran en torno al rechazo de la guerra y el entusiasmo por beneficiarse de ella. Esa es la contradicción central de la obra.

Cuando finalmente su hijo mayor es reclutado y se incorpora a la guerra, en un encuentro casual, dos años después, le oye decir, sin que él sepa que lo está escuchando, que se dedica a desollar campesinos, a burlarse de ellos y a robarles sus bienes.

Lo que predomina entre los personajes de la obra es la astucia, la traición y el despojo. Una picaresca cruel, como la de La Celestina.

Madre Coraje prospera, apoyada siempre en la relatividad de su moral, y ya francamente de acuerdo con la guerra, fuente de sus ganancias. Su credo consiste en lucrar con ella. Cuando se siente amenazada cambia de bandera, baja una e iza la otra, de acuerdo a las circunstancias, y, ciertamente, nunca pierde su coraje, su tesón y su voluntad de continuar su comercio.

En algún momento creemos asistir a un viraje dentro del drama: cuando su segundo hijo es condenado a muerte, ella se muestra dispuesta a vender la carreta para salvarle la vida. Pero luego, miserable, se arrepiente, y busca maniobras para engañar a los posibles compradores. Rechaza a la persona que le puede dar el dinero salvador, porque no puede desprenderse de esa carreta que es protagonista central de la obra, y, con su ferocidad de costumbre, carroñera que vive de la muerte, ni siquiera ante la posibilidad de que maten a su hijo deja de pensar en el dinero: “Creo que regateé más de la cuenta”, dice, cuando se entera de que el hijo ya ha sido muerto. De esta manera se convierte en una madre asesina e, inclusive, para no comprometerse, se niega a reconocer el cuerpo de ese hijo muerto, a quien, entonces, tiran a la fosa común.

El primer hijo será ejecutado también, aunque la madre no se enterará de ello, solo pensará que se perdió en el tráfago de la guerra. El muchacho era un ser humano simple y llano, que siguió haciendo en uno de los momentos de paz aquello por lo que lo ensalzaban en tiempos de guerra: saquear y matar campesinos. No comprende el cambio de reglas del juego de la historia, reglas que no se sustentan en ninguna moral ni en ninguna lógica, y su acto lo arrastra a la perdición, porque no hay valores, solo cambio de reglas: lo que antes era heroísmo, ahora es un delito.

La historia prosigue, la paz no dura, de nuevo hay guerra, para satisfación de Madre Coraje, quien, definitivamente, es guerrerista, lo que se evidencia en la canción que entona:

De Ulm a Metz, de Metz a Flandes

Madre Coraje sigue en pie.

Siempre que haya pólvora y plomo

El pan jamás le faltará (p. 201).

Sin embargo, en un nuevo giro dramático de la obra, la protagonista adquiere una inesperada grandeza en relación a su hija, Katrin, muda y con el rostro desfigurado a raíz del asalto y ultraje sufrido de parte de unos soldados. Cuando el personaje llamado El Cocinero le ofrece matrimonio a Anna Fierling, poniéndole como condición abandonar a la hija, la mujer rechaza la oportunidad, aunque El Cocinero ha heredado una posada que podrían administrar entre los dos. Madre Coraje no titubea y desprecia la oferta hecha bajo semejante condición. Y tiene la delicadeza de decirle a la hija que no es por ella que ha tomado esa decisión.

La grandeza del drama se centra en estas dos figuras femeninas, Katrin y Madre Coraje, las cuales carecen de hogar y van errantes por los caminos.

Ya al final de la obra, se produce un nuevo giro significativo en la trama: en verdad será Katrin la Mujer Coraje, la Hija Coraje, aunque en ningún momento el texto la nombra así. Los demás personajes la llaman bestezuela, la creen retrasada, la desprecian por su imagen, por su apariencia, y no se interesan en percibir lo que ella es en realidad. Un numeroso ejército llega al lugar donde se encuentran, en casa de unos campesinos que las acogen sin mucho entusiasmo. Desde ahí los soldados atacarán por sorpresa a la ciudad que está enfrente, en la lejanía, en la oscuridad, con todos sus habitantes durmiendo, desprevenidos de la masacre que se avecina durante la noche. Un teniente y los soldados le exigen al Joven Campesino que los guíe hasta el sendero para ir a la ciudad. El muchacho, por razones religiosas –recordemos que se trata de una guerra entre católicos y protestantes-, mantiene una actitud heroica ante la amenaza de muerte. Pero cuando la amenaza es en contra de su propiedad, dos vacas y un buey, cede inmediatamente, traiciona sus ideas, y se dispone a llevar a la muerte a una ciudad entera, en la que incluso viven familiares suyos, entre ellos varios niños. Los otros campesinos, sus padres, asumen la misma actitud.

Ante la espantosa tragedia que se prepara, ante la miserable mediocridad de los otros personajes, que se ponen a rezar, cínicamente (“Ayuda también a nuestro cuñado. Está en la ciudad con sus cuatro hijos (…)” (p. 212), de quién brota el coraje es de la muda, de Katrin, a la que todos desprecian. El hipócrita rezo es interrumpido por el batir del tambor de ella, que se ha subido al techo, para así dar noticia a la ciudad amenazada.

Katrin no cede, aunque los campesinos pretenden apedrearla, para preservar sus intereses egoístas: su tambor continúa sonando. Su madre también está en la ciudad, pero no es a ella a quien quiere salvar, es a todos, sobre todo a los niños. Tiene valores, tiene sentimientos, tiene coraje. No le tiene ese amor a la propiedad que le tienen su madre y todos los demás personajes. Cuando la amenazan con romperle la carreta, no se inmuta, sigue tocando su tambor. Y entonces se produce un nuevo giro dramático: inesperadamente el Joven Campesino se pone de su lado y la estimula a que siga golpeando, a que lo haga más fuerte.

Ante la inminencia de ser muerta a balazos por los soldados Katrin llora, pero sigue golpeando. Ha salvado a la ciudad: mientras muere, comienzan a escucharse los primeros cañonazos que vienen de allá.

La ternura, por fin, brota también de Madre Coraje, que ha regresado y acuna a la hija muerta, cantándole una nana para dormirla, hasta que la realidad irrumpe y La Campesina le hace notar, bruscamente, que la muchacha está muerta.

Sin embargo, y este ya es el final de la obra, con la carreta destartalada, destrozada casi del todo por los soldados, en el centro del escenario, la guerra continúa, arrastrando a todos consigo, mientras Madre Coraje, destartalada también, y ya completamente sola, se unce a su carromato, para arrastrarla a su vez:

Sobre los muertos se fundió la nieve

Y todo aquel que no está moribundo

Parte a la guerra por la carretera (p. 218).

La vida continúa, que es como decir, la guerra continúa, para transformar a los seres humanos en fieras.

La fuerza poética de la obra de Brecht nos muestra a una madre caracterizada por el oportunismo, carente de humanismo, aunque muy humana en sus contradicciones, en una historia que se inicia sin mayores explicaciones y que termina de igual manera, con esa mujer errante por un mundo dislocado, sin tomar conciencia de la tragedia que es su existencia. Las técnicas del teatro brechtiano contribuyen a generar esta dura poesía, en particular con la presencia cambiante del carromato, ubicado todo el tiempo en el escenario, y los implementos bélicos que descienden desde el techo, subrayando el despojado decorado. Cuando en la escena final es ya solo la protagonista la que sigue tirando de la carreta, queda claro que ella pertenece a la guerra.

Brecht presenta a Madre Coraje “cada vez más mísera, cada vez más derrotada, cada vez más sola” (Paolo Chiarini. Bertolt Brecht. Barcelona, Ediciones Península, 1969, p. 184).

Sería útil recordar aquí lo que decía Roland Barthes, en cuanto a que los signos que se emiten –en este caso los que emiten los periodistas- son recibidos por los lectores como si fueran estables, fidedignos, de contenido confiable. Ahí reside la responsabilidad del periodismo. Ya hemos visto ampliamente cómo no se corresponde para nada la Madre Coraje brechtiana, nacida de la ironía socrática que caracteriza al autor, con el prototipo que el periodismo pretende ensalzar. Uno se pregunta hasta cuándo se va a contribuir a la confusión, como en este caso, cuando se pone en relación a la imagen de la Madre Dolorosa con la de la Madre Coraje de Brecht.

Solo queda recomendarles a los que escriben ir a las fuentes y leer a un autor antes de citarlo.


Esta entrega la componen los siguientes escritos: