Soñé que un escritor, que antes fue amigo mío, estaba en mi casa. Se acercaba mucho a mí, mientras mirábamos juntos un escrito mío, que tenía vistosos colores. Él me hacía numerosas preguntas, estaba muy interesado. Yo pensaba que no tenía que tener tanto afán, si yo de todas maneras le daría ese escrito, era para él.

Luego yo iba por un vasto espacio abierto, donde había un gran banquete, con muchos mesones y muchos stands, todos con comidas atractivas, de colores, carnes jugosas y tantas otras cosas. Uno de los encargados me decía que él me guardaría de todo, que no me preocupara. Yo decidía volver donde el escritor para contarle lo que había visto, para invitarlo al banquete.

Me desperté y, en una asociación automática, me dije a mí misma: para tener diálogos socráticos.

El banquete, de Platón, en el cual Sócrates es el protagonista, es una de las obras más sugestivas del filósofo ateniense, y trata del amor, en todas sus acepciones, de la manera más amplia, igual como lo formuló dos mil quinientos años después Freud, para quien también el eros abarcaba toda actitud afirmativa de la vida, la amistad, el trabajo, la creación y tantos otros aspectos.

Una de las tensiones dialécticas de El banquete se genera en el hecho de la soledad de Sócrates, por una parte, y el desencadenarse de los diálogos, por la otra: su soledad mientras habla de amor, desplegando su ingenio y la riqueza de su pensamiento. Una vez que termina su intervención queda como marginado, de modo que cuando llega Alcibíades, al final de la obra, borracho y enamorado del maestro de la mayéutica, el recién llegado, en un primer momento, ni siquiera se da cuenta de la presencia del objeto de su amor, difuminado en medio de la gente. Este final, tan poco “platónico”, tan poco “ideal”, tan material, dionisíaco y carnavalesco, le permite señalar, muy certeramente, a Antonio Rodríguez Huéscar, en su preámbulo a El banquete, en las Obras completas de Platón publicadas por Aguilar en 1966, la función de este episodio: “Faltaba, pues, una voz que sacase la figura de Sócrates de esa oscuridad y aislamiento espiritual en que ha permanecido a lo largo del diálogo, haciendo resplandecer su ejemplar significación precisamente en relación con el tema del eros, y ninguna más apropiada para este fin que la de Alcibíades borracho”.

Evidentemente, resulta muy inconveniente publicar los sueños de uno.


Esta entrega la componen los siguientes escritos: