La majestuosidad de los coros, la exaltación de las voces femeninas, la reciedumbre de las varoniles y la masa coral polifónica de El Mesías, de Haendel, todo eso contribuye a producir el espíritu de felicidad que el compositor ha logrado expresar, su sentimiento acerca de lo que considera un momento de revelación y de dicha para el ser humano.

Las posibilidades de la voz humana se manifiestan aquí en todo su esplendor, en este oratorio compuesto en el siglo XVIII, en el cual la presencia del coro contribuye poderosamente a la expresividad de la representación, a lo que hoy en día llamaríamos el montaje. El conjunto entero, música, libreto, solistas, orquesta y coro, está en función de lograr una obra en la que la Pasión es solo una etapa más de una larga historia, en la cual no es el martirio de Jesús lo que coloca la marca decisiva. Tal como lo dice Julian Herbage:

En la segunda parte entramos en la Pasión, no como en una tragedia del presente, sino como en un drama eterno. Aquí están descritos los sufrimientos espirituales, más que la agonía del cuerpo, y es a través de esta cualidad purificadora de los sufrimientos que la resurrección tiene lugar. El sacrificio finaliza con la Ascensión. Las naciones que fracasan en el aprendizaje de esta lección, las que continúen combatiéndose los unos a los otros, serán destruidos por su propia locura. “Así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos vivirán”[1].

Vale la pena subrayar algunas de las ideas que agudamente ha destacado el investigador musical en este párrafo, tales como el hecho de que nos hable de sufrimientos espirituales y no de la masacre de la carne, el que no se detenga en esos sufrimientos sino en su cualidad purificadora, en el sentido aristotélico del término, referido a la tragedia, cuya función profunda, ya lo dije, es suscitar primero el horror y luego la compasión, para finalmente llegar, desde la confrontación dialéctica entre ambos, a una síntesis superior, la catarsis, análoga a la purificación de la cual habla Herbage. Es notable también su señalamiento de que no nos quedamos meramente en el sacrificio, sino que a éste le sigue la ascensión, es decir, la resurrección, tal como la narra la mitología cristiana, ese episodio altamente significativo que la mediocre película La pasión de Cristo, de 2004, de Mel Gibson, desestimó, con seguridad debido a que no encajaba dentro de la violencia y el sadismo de su versión cinematográfica.

La música de El Mesías enaltece al que la escucha. Es una música celebratoria, una festividad que conmemora el nacimiento, la existencia, y aquello que proponen los Evangelios como creencia, la resurrección después de la muerte: lo que el cristianismo llama vivir en Cristo para siempre, subrayando la promesa de la redención de los seres humanos.

El hilo dramático del oratorio se desarrolla a través de tres actos con numerosas escenas, lo cual lo hace más cercano a las óperas que a los oratorios tradicionales. Si a esto agregamos el hecho de que Haendel estrenó su obra en un teatro y no en una iglesia, podremos estar de acuerdo en que todo ello contribuye al carácter humano y universal de El Mesías.

La obertura con instrumentos de cuerda y de viento, el recitativo posterior, con los violines sosteniendo la voz del tenor, la orquesta cantando y el coro en toda su grandeza, con las rítmicas voces femeninas narrando la historia y las masculinas contestando, todo eso da inicio a la prodigiosa composición de Haendel.

Un niño ha nacido para nosotros, nos dice el coro, siguiendo en esto al Libro de Isaías, donde se afirma que “su nombre será Maravilla, Consejero, Dios poderoso, Padre eterno, Príncipe de paz”. Es de subrayar que se está hablando del nombre del padre (se supone que es padre para los seres humanos, aunque hijo para Dios), el que impone la ley humana internalizada en la psique, y que se está hablando de un proyecto de paz. “Enjoy”, reclaman los cellos, y los violines responden con júbilo. La música salta, danzando, expresando la alegría del coro, mostrando un entusiasmo en registro muy humano, con el ritmo subrayando la intensidad del momento. Como en una obra teatral, o en una ópera, la expresión narrativa logra una puesta en escena que sobrepasa con creces las posibilidades de cualquier otro oratorio.

La obra es una apelación a la paz y a la convivencia de las naciones (siguiendo en ello al texto de los Salmos) y le habla al pueblo, convocándolo a la unidad, con el tono alegre y entusiasta del coro.

La estructura musical de El Mesías sostiene la intensidad emocional a través del ritmo y la melodía. Más allá de las palabras bíblicas del libreto, reconocemos que se trata de una música humana, de gozo, de alegría. Y del texto lo que es valioso rescatar es que recorre toda la vida de su personaje, Jesús, desde la anunciación hasta la resurrección. No es la pasión lo que interesa, sino la felicidad del natalicio, la celebración de la llegada de un niño: la exaltación de la vida, no la crueldad del martirio. La música parece danzar, cabrillea, y la obra nos habla de la justicia humana, a través de las sugestivas metáforas del primer aria del tenor, el titulado “Every valley” (“Todo valle”), el cual expresa melódicamente la idea del Libro de Isaías: “Every valley shall be exalted, and every mountain and hill … made low … the crooked … straight and the rough places plain”. Hay que rehacer el mundo, se nos dice poéticamente, alzar lo que está en lo hondo y rebajar las cumbres. El coro entra rítmicamente, expresando su ilusión y su euforia.

Estas son algunas de las razones por las cuales El Mesías ocupa un lugar tan preeminente tanto en el favoritismo del público como en la aceptación de los especialistas y los críticos.

El Libro de Isaías profetiza el nacimiento de un niño que será llamado Emmanuel, nombre que significa “Dios está con nosotros”. Es un nombre genérico; el específico será Jesús. El recitativo de la mezzosoprano, “Behold, a virgin shall conceive”, con las flexiones de la voz y la riqueza sonora de la orquesta, así nos lo dice.

A pesar de todo ello, en cierto momento la figura de Jesús se vuelve problemática para los escuchas actuales del oratorio, aunque seguramente no resultó así para los contemporáneos que lo oyeron en el siglo XVIII y posteriormente durante las siete primeras décadas del XIX, hasta la aparición de Dostoievski y de Nietzsche. Hagamos un breve paréntesis.

En 1991 José Saramago publicó su novela El evangelio según Jesucristo, cuya presentación al Premio Literario de Europa de ese año fue vetado por el gobierno de Portugal, por considerarla ofensiva para los católicos, hecho que motivó que el escritor abandonara su país, para radicarse en Lanzarote, Canarias.

En esa novela, Saramago coloca en el centro de la historia que nos narra, la idea del sacrificio, no como una abstracción ideal, sino como un hecho concreto, material. Nos muestra el horror de tantos animales llevados al Templo, para ahí ser sacrificados en el altar: bueyes, pájaros, corderos y tantos otros. Sobre todo, corderos. Percibimos las imágenes de los altares y de los escalones cubiertos de grasa y de sangre, con todo lo cual el templo se nos va convirtiendo en matadero.

Como Agnus dei se denomina a Jesús en la liturgia cristiana: cordero de Dios. Según la perspectiva de Saramago, el Dios ahito de sangre exige el sacrificio, incluso el de su propio hijo, Jesús.

Pero no hemos llegado todavía a la novela de Saramago, a la cual le dedicaré un capítulo más adelante. Ahora estamos aún en 1741, cuando Haendel compuso, en el increíble tiempo de tres semanas, esta obra maestra que es El Mesías, cuyo ritmo y tonalidad, cuyas voces corales e individuales, junto a la orquestación, generan un efecto de felicidad y de entusiasmo por el excelso don de la vida. Pero el oratorio termina con este texto, compuesto a partir de diferentes versículos del Apocalispsis por el libretista Charles Jennens. Cito por la versión en español:

Digno es el Cordero que fue inmolado,

y que con su sangre nos ha redimido para Dios

de recibir poder, y riquezas, y sabiduría,

y fuerza, y honra, y gloria, y bendición.

Bendición y honra, gloria y poder

sean a Aquel que se sienta en el trono,

y al Cordero, por siglos y siglos.

Amen – Amen – Amen.

 

La grandiosa presencia musical del coro, en este final cuya sonoridad eleva el espíritu y genera el placer que produce una obra maestra, no nos permite detenernos en el texto cuando escuchamos la música. Solo a posteriori, pasada ya la exaltación, podemos revisar las palabras que han sido cantadas, las que coronan la obra magna que hemos escuchado. Y entonces nos damos cuenta de que ciento cincuenta años antes de que Saramago hubiese colocado en el centro de su novela el tema del sangriento sacrificio exigido por Dios, El Mesías, esa obra fundamental de la cultura occidental, postula en su apoteósico final la idea de la necesaria inmolación, y reitera el nombre dado a Jesús, el de Cordero, el animal paradigmático para ser llevado al sacrificio. La sangre derramada, la muerte otorgada, tienen por fin el purificar a los que presentan el sacrificio, el liberarlos de culpa, redimirlos, a partir del hecho de que sobre la cabeza del sacrificado recaen las culpas todas, para que, de esta manera, a través de la víctima propiciatoria, el pueblo logre expiar esas culpas y sea redimido por aquel que termina siendo, de esta manera, su redentor.

Según este texto – algo que no sucede en el de Saramago – el Cordero así sacrificado reinará junto a Dios –Dios él mismo, también- por todos los tiempos.

Durante la segunda parte del oratorio (“Ministerio y pasión de Cristo”) ya se había expresado la idea del sacrificio del cordero:

Todos, como ovejas, nos hemos extraviado,

cada uno se ha vuelto por su propio camino.

Y el Señor ha puesto en Él

la iniquidad de todos nosotros.

El texto, tomado del Libro de Isaías, culpabiliza a todos los seres humanos, los cuales no serían más que unas ovejas extraviadas. Pero garantiza que el Señor –el padre- colocará en la cabeza del hijo la iniquidad de hombres y mujeres y lo llevará al sacrificio, para expiar a través de él todas las culpas.

El nombre de Mesías viene del hebreo mashíaj, que significa “el ungido”. A Jesús se le llama Ungido en la Segunda Parte, en una de las arias del bajo, cuyo texto es tomado de Salmos 2: 1,2.

¿Por qué las naciones se reúnen con tanta rabia?

¿y por qué los pueblos piensan cosas vanas?

Los reyes de la tierra se levantan,

y los regidores juntos se ponen de acuerdo,

contra el Señor y contra su Ungido?     (Antoined, en inglés).

 

Y el coro contesta:

Rompamos los lazos del Señor y de su Ungido

y también quitémonos y tiremos sus yugos.   (de Salmos 2:3).

Según la página web “Yaohushua, O Caminho, a Verdade e a Vida”, el mensajero que apareció en sueños para anunciar el Nombre que el Mesías recibiría, no se limitó a informar el Nombre en Sí, sino también explicó la razón de ser de aquel nombre que estaba siendo informado. Él lo explicó de la siguiente forma: “Porque él salvará a su pueblo de los pecados de ellos”. Queda muy claro que el Nombre de Mesías tiene, obligatoriamente, relación con la salvación[2].

En El Mesías, desde el primer recitativo que entona el tenor, la dulzura de la música había resonado pidiendo compasión para el pueblo. La voz humana entró en diálogo con la orquesta, y formuló la solicitud, en la bella fraseología del inglés antiguo: “Comfort ye, comfort ye my people, saith your God”.

El “Aleluya”, a su vez, estuvo ahí en-sí-mismo, con su presencialidad indescriptible, indecible. En él el coro suena magníficamente, el ritmo se subraya y se expresa la alegría y la felicidad por la llegada del reino de Dios. Es en el nombre del padre que se canta –King of Kings, and Lord of Lords- ese aleluya que se remarca tan reiterada e intensamente. Algo nos conmina a ponernos de pie, como lo hizo el rey Jorge II de Inglaterra cuando la obra fue estrenada, lo que obligó a sus súbditos a hacer lo mismo, tradición que subsistió hasta nuestros días, al menos hasta hace poco.

La percusión subraya al “Halleluyah”, mientras toda la orquesta está apoyando las voces, las cuales continúan dando lo máximo de sí, más allá de lo imaginable.

La grandiosidad de este trozo impone, una vez finalizado, un silencio más largo que el usual.

Luego, la música se suaviza y la voz de la soprano se alza, dando testimonio de su confianza en que el redentor está vivo y de que volverá a la tierra el último día de los tiempos. El soporte del cello contribuye a la suavidad de la música, así como el de los otros instrumentos de cuerda en su contrapunto. El coro, que nos habla de la resurrección desde la muerte, va surgiendo suavemente, hasta estallar en todo su esplendor. La música expresa el triunfo sobre la muerte, a través de un coro siempre vivaz, entusiasta, musicalidad pura viviendo la felicidad del canto. Rítmico, profundo, resonante, transmitiendo alegría y entusiasmo, el canto melódico le permite pasar, entre sus intersticios, a la dulzura de la música orquestal, a la festividad a la que contribuye también, intensamente, el corno inglés.

Un solo de violín, muy tenue, le da entrada al final del oratorio, al estallido del coro, mientras las excelsas voces femeninas ascienden, antes de ese “amen” final repetido tres veces, con gran fuerza, cerrándose de esa manera el mensaje universal de El Mesías aunque, como hemos visto, insistiendo el texto en la inmolación del Cordero, en el sacrificio humano. (Recordemos que Jesús, entre uno de sus nombres, tiene el de Hijo de Hombre).

 

 

[1] De la presentación del CD “Haendel, Messiah”, de Telarc Records, 1984.

[2] http://yaohushua.antares.com.br/onome05_esp.htm