En el protector de pantalla de mi computadora aparece una figura humana geométrica, sin cara, solo hay un círculo donde deberían estar los ojos y lo demás del rostro. Es malabarista, va lanzando pelotas, cada vez más alto, y las atrapa todas. Es una figura blanca sobre el fondo oscuro de la pantalla, su tórax es un triángulo invertido, su abdomen otro triángulo más pequeño, pero en sentido contrario, y entre los dos hacen una figura en X. Las pelotas son verdes. El muñeco cada vez las tira más alto, parece que se fueran a salir del marco de la computadora. A algunas las hace rebotar contra el piso, es decir, contra el marco inferior, y luego ascienden de nuevo, o las hace rotar a nivel de su cara vacía, lentamente, implacablemente. Las variaciones parecieran ser infinitas. Ahora la figura cruza los brazos y es así como lanza las pelotas, impertérrita, inexistente, pero tan real en su condición virtual. Ya hasta le tengo cariño, aunque no tiene ojos y no puede mirar, ni tiene boca, así que tampoco puede sonreír.

Ahora una pelota se pierde en la nada, más allá de los límites de la computadora. Otra más se sale también, pero de pronto regresa alguna, en caída libre, y el muñeco la agarra, no faltaba más.

Creo que este programa es infinito. Me siento Dios, paso la mano por el teclado, y toda esta maravilla desaparece, probablemente sin posibilidades de retorno.


Esta entrega la componen los siguientes escritos: