Entre 1958 y 1960 tuvo lugar en Venezuela una espléndida actividad que a mí –y a muchos de los que también fueron jóvenes en ese entonces- me impactó y me fascinó, todavía la recuerdo como si hubiera sido un sueño que se pudo materializar.

Se trataba de un amplio y bien organizado proyecto que había surgido en Perú, donde ya habían tenido lugar cuatro eventos del Festival del Libro Peruano. El proyecto fue concebido y llevado a la práctica por el poeta y narrador peruano Manuel Scorza; en Venezuela el director fue el poeta y ensayista Juan Liscano.

He encontrado poco material de investigación relativo a algo que fue, ciertamente, una revolución cultural, sin que el término en este caso tenga una connotación política. Tendré que apoyarme en mi memoria para algunos de los datos que mencione. Y en las imágenes visuales que vienen a mi mente cuando recuerdo ese gran festival, esa fiesta.

Los libros venían en paquetes de a diez. Tenían todos la misma portada, aunque no el mismo color. Colores fuertes, con un semicírculo blanco que ocupaba todo el espacio, incorporando dentro de sí el título del libro. Fuera del semicírculo estaba el nombre del autor. En la contraportada, a la derecha había una franja vertical del mismo color que la portada, con un logotipo, la silueta de la cabeza y el torso de un lector. Esa franja ocupaba aproximadamente un tercio del espacio; los otros dos tercios llevaban un texto que le servía de presentación al libro.

Creo recordar que antes del Primer Festival del Libro en Venezuela (o quizás simultáneamente) habían llegado al país los libros –igualmente en paquetes de a diez y con el mismo diseño- que correspondían al tercer y cuarto festivales del Perú de 1957 y 1958. Estaban constituidos por los siguientes libros, información que tomo de Internet, aunque tengo la impresión de que la lista no está completa. Ya aquí la selección no se limitaba a lo peruano, como en los dos primeros, sino que incluía también a clásicos de la literatura latinoamericana. Esta sería la tercera serie:

El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría

Los de abajo, de Mariano Azuela

Martín Fierro, de José Hernández

Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga

Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos

Huasipungo, de Jorge Icaza

El reino de este mundo, de Alejo Carpentier1

La vorágine, de José Eustasio Rivera

 

La cuarta contenía un volumen titulado Los mejores cuentos americanos, una compilación de Aníbal Quijano:

Jorge Luis Borges. “Hombre de la esquina rosada”

Jorge Icaza. “Barranco grande”

Julio Cortázar. “Las puertas del cielo”

Julio Ramón Ribeyro. “Los gallinazos sin plumas”

Augusto Roa Bastos. “El trueno entre las hojas”

Juan Rulfo. “¡Díles que no me maten!”

Estaban, además, Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes

Cantaclaro, de Rómulo Gallegos

Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma

20 poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda

y Alturas de Macchu Picchu, de Neruda, también.

En alguno de los festivales peruanos se incluyó el clásico del Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales, así como ensayos de José Carlos Mariátegui y poemas de César Vallejo.

Entre 1958 y 1960 hubo cuatro festivales en Venezuela, todos los cuales fueron coordinados por Juan Liscano, el cual también realizó la selección de las obras que se incluyeron. El trabajo de imprenta se hizo en Perú, donde resultaba más barato; toda la logística fue llevada a cabo por Manuel Scorza. En la primera edición se publicaron, nada más y nada menos, que 300.000 ejemplares. Las obras fueron:

Rómulo Gallegos. Cantaclaro.

Teresa de la Parra. Memorias de Mamá Blanca.

Arturo Uslar Pietri. Las lanzas coloradas.

Alejo Carpentier. El reino de este mundo.

Mariano Picón Salas. Los días de Cipriano Castro.

Miguel Otero Silva. Casas muertas.

Los mejores cuentos venezolanos.

Arístides Rojas. Leyendas históricas de Venezuela. T. I.

Satíricos y costumbristas venezolanos. T. I.

El segundo festival tuvo un tiraje de 250.000 ejemplares. Los títulos fueron los siguientes:

Las mejores páginas de Simón Bolívar. Antología de Arturo Uslar Pietri.

Los mejores poemas de Andrés Eloy Blanco.

Los mejores cuentos de José Rafael Pocaterra.

Antonio Arráiz. Puros hombres.

Ramón Díaz Sánchez. Cumboto.

Enrique Bernardo Núñez. Cubagua.

Mariano Picón Salas. Pedro Claver, el santo de los esclavos.

Rufino Blanco Fombona. El hombre de hierro.

Arístides Rojas. Leyendas históricas de Venezuela. T. II.

Satíricos y costumbristas venezolanos. T. II.

El tercer festival de nuevo fue de 300.000 ejemplares. Estaba dedicado enteramente a Rómulo Gallegos:

Reinaldo Solar

La trepadora

Doña Bárbara

Cantaclaro

Canaima

Pobre negro

El forastero

Sobre la misma tierra

La brizna de paja en el viento

Los mejores cuentos de Rómulo Gallegos

Quisiera recordar, por si hiciera falta, que todas estas publicaciones aparecieron en los festivales de Venezuela hace unos sesenta años y que veníamos saliendo de la dictadura de Pérez Jiménez, durante la cual muchos de los autores mencionados se encontraban exilados. Lo digo porque hoy en día podría pensarse que son títulos más que conocidos y quizás alguien podría considerar que son textos envejecidos. Aunque de ninguna manera compartiría semejante concepción, por si acaso me permito subrayar que la mayoría de esos libros no era conocido por el gran público, ni tampoco por los jóvenes, y que fue una gran experiencia el leerlos, un verdadero placer al que nos entregamos con pasión.

La fabulosa experiencia llevada a cabo por Manuel Scorza, con entusiasmo y capacidad organizativa, creo que no tiene precedentes en ningún lugar del mundo. Creo que tampoco se volvió a repetir en Latinoamérica, lamentablemente, en ningún otro momento.

Con una mente capaz de sistematizar los puntos álgidos de un problema, Scorza detectó dos aspectos del vínculo entre el libro y el posible lector: edición y distribución. A ellos se abocó para modificar el proceso, poniendo su principal énfasis en la venta, para lo cual llevó a cabo una audaz y valiente decisión: prescindir de las librerías. La venta de libros se llevó a cabo en las calles, en las plazas y en los quioscos. Estos lugares de las ciudades se llenaron de ejemplares de atractivos colores y tuvieron el efecto psicológico del contacto directo entre el que era irreprimiblemente atraído a curiosear los volúmenes y los libros.

Aclaro: yo no estoy en contra de las librerías, cómo voy a estarlo. A los 10 años iba ya sola a la Librería Suma, muy cerca de dónde vivíamos, y escogía mis libros. Pero ahora se trataba de un festival popular, dirigido a gente, según las propias palabras de Scorza, que a lo mejor en su vida había entrado a una librería, y que probablemente no sabría cómo manejarse dentro de ella, cómo y qué escoger, y con el temor de no tener suficiente dinero para realizar el pago. En cambio, en la calle se movía como pez en el agua, era su sitio natural, todo se le facilitaba.

El costo de la edición, a su vez, se reducía considerablemente, tanto por la modestia del papel que se utilizaba, como por el alto volumen del tiraje, otra apuesta audaz de Manuel Scorza, con la cual también acertó: los libros se agotaron en su totalidad. El precio para el público era baratísimo.

Aparte de Perú y de Venezuela, el Festival se llevó a cabo también en Colombia, con la colaboración del escritor Jorge Zalamea Borda y su hijo, el diplomático Alberto Zalamea Costa, así como en Cuba, con Alejo Carpentier. Creo que también en Ecuador, aunque no he encontrado detalles al respecto.

El impresionante éxito obtenido, la capacidad de modificar una actividad que hasta entonces había sido netamente comercial, no podía pasar desapercibido para las grandes transnacionales, como de hecho no pasó. Ni podía quedar impune.

La influencia que ejercen esas entidades no se refiere solamente al aspecto comercial, sino, y esto es mucho más grave, tal como lo dice Silvia Marcela Graziano:

(…) Cuando el alto grado de transnacionalización de la industria editorial define campos de lectura, modela lectores y segmenta lectorados (…), result(ó) oportuno recuperar iniciativas diversas en las que autores, libros y editoriales contribuyeron a tender lazos culturales entre las distintas regiones del continente, además de conformar/ampliar un público lector capaz de interpelar la compleja realidad latinoamericana2 .

La autora contextualiza el valioso evento que desarrolló Manuel Scorza, apoyándose en un importante artículo de Ángel Rama:

Tras distinguir entre el fenómeno de incorporación del libro al mercado de consumo y nueva narrativa en “El boom en perspectiva”, Ángel Rama (1983) se detiene en algunas cuestiones (…). Me refiero, como sabemos, al rol que le cupo a aquellas editoriales a las que Rama llama “empresas culturales”, a la búsqueda de identidad como impulso constitutivo de un nuevo público lector (…).

Con la denominación de empresas culturales, Rama hace alusión a un conjunto de editoriales (estatales o privadas) que, contradictoriamente a la normal tendencia comercial de una empresa, publicaron obras poniendo por delante su calidad artística y no el posible éxito de ventas. Destaca Rama la responsabilidad cultural con que los equipos intelectuales que asesoraban o dirigían esas editoriales contribuyeron al desarrollo de nuestra literatura publicando obras “nuevas y difíciles” con la intención de dar respuesta a las inquietudes de un público “mejor preparado y más exigente”.

(…)

No es intención de este trabajo reexaminar los debates que el boom produjo. Sí, a partir del ya canónico artículo de Rama, nos proponemos reposicionarnos en el panorama literario y editorial latinoamericano de los años 50-60, [… en función] del nuevo público que, en palabras de Rama, “creció en América Latina desbordando el estrecho cerco de las élites lectoras”, al mismo tiempo que estimulaban la producción literaria y contribuían al fortalecimiento de lazos culturales entre las distintas regiones del continente.

3

Como ya tantas veces en nuestra historia, valiosos proyectos que habían demostrado que podían lograr un éxito brillante, fueron derrotados por las fuerzas que ejercían el poder. El propio Scorza había advertido a Juan Liscano, en una carta personal del 26 de febrero de 1959, la cual se encuentra en el archivo particular del poeta, que “La campaña contra el Festival del Libro tiene un origen comercial, de competencia. Los organizadores tienen que escoger entre un libro caro fabricado en Venezuela, y un libro barato fabricado fuera del país. No hay que confundir los intereses de los dueños de las imprentas, con los intereses básicos, con la necesidad de cultura del pueblo venezolano”.3

Alejo Carpentier denominó el evento el “Milagro Scorza”, adecuado término, si tomamos en cuenta que en los países nombrados se pusieron en circulación, en cuatro años, cerca de cuatro millones de ejemplares de autores latinoamericanos, con un total de ciento veinte títulos.

La magnitud del milagroso evento no podía dejar de traer una respuesta de una magnitud aún mayor, aunque nada milagrosa, más bien “maldita”:

Como no podía ser de otra manera, el “Milagro Scorza” -como lo llamó Alejo Carpentier- inquietó a los gerentes de empresas comerciales que embistieron contra las editoriales que publicaban “libros extranjerizantes”. La publicación de La ciudad y los perros enfureció al ejército, que procedió a la quema pública de ejemplares en el “Leoncio Prado” (…). Desde los púlpitos, se lanzaron sermones contra Populibros. El alcalde de Lima suprimió los permisos de venta callejera mientras los diarios rechazaban avisos pagos (Ortega 1968: 85). Aún los sectores más progresistas de la Universidad de San Marcos objetaron la experiencia.4

Uno podría decir que por mezquindad, por estrechez de mente, fue destruido un proyecto vital para la cultura y la educación latinoamericanas, en el perenne afán de mantener en la ignorancia y en la miseria material y espiritual a las grandes masas, al pueblo. Pero no fue por eso, o no fue solo por eso: se trataba del feroz accionar del capitalismo, con sus socios de costumbre –Iglesia, medios, poder burocrático- en contra del abaratamiento de los productos y, no en último término, en contra del conocimiento, a través de la literatura y de otros textos escritos, todo lo cual lleva a la apertura de la mente, al desarrollo de la agudeza del pensamiento, de la imaginación y a la capacidad creativa.

Años después, Manuel Scorza, de espíritu apasionado y solidario, escribió cinco novelas, vinculadas entre sí:

Redoble por Rancas, 1970.

Historia de Garabombo, el Invisible, 1972.

El jinete insomne, 1977.

Cantar de Agapito Robles, 1977.

La tumba del relámpago, 1979.

El conjunto, como colección, se conoció con el título de La guerra silenciosa. Las novelas tuvieron un enorme éxito, sobre todo las dos primeras. Han sido traducidas a más de cuarenta idiomas.

Sin embargo, la tragedia esperaba a este escritor e intelectual tan valioso. El 27 de noviembre de 1983, cuando Scorza tenía 55 años, el Boeing 747 de Avianca, que venía de París e iba a levantar vuelo en Madrid, para desde ahí iniciar viaje a Bogotá, donde iba a celebrarse el Congreso de Balance sobre la Cultura Hispanoamericana, (se celebró de todas maneras, en un ambiente muy distinto al previsto) se estrelló en Barajas, donde ya había recogido, junto a otros pasajeros, a un grupo de destacados y valiosos intelectuales y artistas: Manuel Scorza, Ángel Rama y su esposa Marta Traba, el novelista mexicano Jorge Ibargüengoitía y la pianista catalana Rosa Sabater. El avión se desintegró y se incendió. Todos murieron.

1 Alejo Carpentier vivió en Venezuela entre 1945 y 1959, participó activamente en la vida intelectual venezolana y tenía una columna fija en el principal periódico de la época, El Nacional, titulada “Letra y Solfa”.

2 Silvia Marcela Graziano. “Libros por tres soles. Manuel Scorza y la Organización Continental de Festivales del Libro”. En: www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.8657/ev.8657.pdf

4 Silvia Marcela Graziano. Ob. Cit.


Esta entrega la componen los siguientes escritos: